LA FIESTA ESTÁ VIVA

Por: Rafael Cué*

Articulista invitado

Sevilla es una de las ciudades mágicas del mundo, se respira distinto, el color es distinto, la luz y la noche también lo son, como contrastadas son sus rivalidades, nunca agresivas, por ejemplo los del Sevilla y el Betis son antagónicos, pero se dan carrilla con el singular humor andaluz, sin el insulto soez y bajo de talento e inteligencia. En el toreo está la interpretación sevillana y la interpretación trianera, ambas confluyen con la suavidad del color del albero hacia un mismo fin: arrancar el “olé” más profundo del vientre del dichoso aficionado, al que durante una corrida de toros en la Maestranza lo abraza y abruma la magia del lugar.

El flamenco y las sevillanas son música y religión para la ciudad; el dolor y la alegría, ambos caminos contactan con el corazón y el ánimo del escucha.

Se dice que el Guadalquivir separa a Sevilla de Triana, yo pienso que lejos de separarlos les fusiona con suavidad, con la misma suavidad que Curro Romero mecía el capote ante la poderosa embestida del toro cualquier Domingo de Resurrección, donde las mantillas y las corbatas son obligadas para celebrar la Resurrección de Cristo durante una corrida de toros.

Las aguas que nunca golpean las orillas de ambos lados, acarician como suaves palmas el compás de una sevillana, o de manera ronca dan compás a un cante desgarrado que evoca al amor o al desamor flamenco.

Si existe una semana al año en la que todo este amable antagonismo se fusiona en un mismo sentimiento, es la Semana Santa; la religiosidad y fe de un pueblo que venera, como tenía que ser, distintas vírgenes y cristos, que todos sabemos son uno mismo pero que en la dualidad son formas de entender un único sentimiento.

La ciudad se convierte en un hervidero silencioso de procesiones; distintos días y horas para cada hermandad, son 60, en perfecta sincronización y competencia por mostrar la devoción más pura y real.

Se ha convertido ya esta semana en un atractivo turístico; no hay que ser católico para apreciar esta manifestación religiosa y cultural de una ciudad que se muestra en silencio, al compás de los tambores que marcan el paso a las preciosas tallas que llevan a hombros los miles de costaleros.

Esta semana será distinta, el olor a azahar y naranja de la bella ciudad andaluza será más intenso, el rotundo silencio del respeto, sin trompetas, ni tambores, ni saetas.

Dentro de los cientos de “whats” que todos hemos recibido en estos días de confinamiento por la pandemia, quiero extraer algunos párrafos de uno que me pareció conmovedor, real y muy profundo, que habla de esta Semana Santa en Sevilla:

“Hay quien dice y no es verdad,

Que en sureña tierra mía,

Semana Santa no habrá,

Ni un ‘olé’ en la ‘amanecía’ y lo mismo que nos da,

Que Cristo estará esos días contigo en un hospital,

Al lado de un policía, al lado de un militar,

Con los jóvenes que esperan poder volver a abrazar y recobrar su alegría.

Cristo siempre estará contigo en la carretera afrontando el temporal,

Contigo que el alma entregas en esa tienda vacía de un barrio de tu ciudad,

Cristo siempre te espera y en tu casa siempre está,

Sigue viviendo en la mía como un vecino más,

No habrá mejor cofradía, ni habrá mejor hermandad,

Que la que nació aquellos días, Semana Santa bendita, la que se puso el costal,

Sin importar si creía o si sabia rezar,

Y mostró su gallardía, la que ayudó a los demás,

La de Jesús y María, la que no quiso llorar,

Y levantó Andalucía, hija leal, tierra mía, de España y la humanidad”.

Así será, duro ver vacía la ciudad, sabiendo que Cristo y María estarán en la casa de cada cual. Así el toro estará pastando en el campo, esperando el día de poder honrar su esencia, embistiendo ante el percal.

Twitter: @rafaelcue

*Artículo escrito para el diario El Financiero, reproducido por voluntad del autor en Intelisport.