Cuando Jesús Martinez y su testaferro Andrés Fassi importaron las barras de la Argentina, no midieron las consecuencias que traerían. Las porras mexicanas desaparecieron, pues era más el desmadre de las barras que una buena porra y del ¡dale, dale, etc.!, degeneró en una serie de ruidos con tandariolas y trompetas que no me imagino si realmente los jugadores se sienten motivados por semejante estupidez o por la manita en constante movimiento, el cual corona la imbecilidad del acto. ¿Cuánto dura el ruido? Pues todo el partido, así es que ir al estadio a soportar a estos sujetos es realmente un sacrificio. 

Y después del partido, y dependiendo del odio o desprecio o envidia, del triunfo o la derrota, vienen los ataques, los golpes y agresiones sin importar a quien se lleven por delante. Aquí los vivimos, las barras de Tigres o las de los Rayados, e igual de aquí para allá. La llegada de estas barras significaba asalto a las tiendas de conveniencia, destrozos y ataques a los autos afuera del estadio, y todo rematado por la estupidez de un periodista regiomontano de nombre Roberto Hernández Jr. Jamás dio crédito ni tampoco reprobó los actos. Al contrario, los justificaba. Y así, alimentadas por todos y aprobadas por todos, fueron creciendo estos grupos de animación para atacar. Y como a Pancho López, lo que tenía que pasar pasó.  

Y no hay más culpables que los propios clubes. Ellos los mantienen, ellos pagan las entradas, ellos ponen los camiones para el viaje y consiguen los boletos de visitante. Querétaro rompió el molde. el antagonismo entre Atlas y Gallos era comprobado, y aún así, ni siquiera se preocuparon por la seguridad. En esta desgracia no hay nadie más culpable que los propios directivos de ambos conjuntos, unos por no tener la seguridad requerida y los otros por no exigirla. Debo decir que a raíz del último ataque de la porra de los Tigres en el estadio Corona, siempre se ha aislado a las dos porras, la local y la visitante. Siempre con la seguridad necesaria alrededor de estos vándalos. Afortunadamente, estamos mucho más seguros.

Y me pregunto: ¿Cómo quieren controlar a estos grupos si no pudieron controlar el grito de “Puto”? Y a alguien que tiene la genialidad creativa se le ocurrió cambiarlo por: ¡Grita México! ¡Vaya pendejada! Eso, aparte de que no funcionó, nos costó dos partidos sin gente en el estadio por parte de FIFA. Ahora resulta que Mikel Arriola quiere prohibir las barras visitantes. Sr. Arriola, no se hagan pendejos, quiten las barras y dejen que las porras y el ambiente surja del campo hacia la tribuna. El aficionado se enciende cuando el equipo está jugando bien, no cuando hay inadaptados haciendo un ruido sin sentido. Acuérdese de lo dicho por Don Hermenegildo Torres: “Aquel que diga que no es pendejo, es doblemente pendejo, porque aparte de serlo lo ignora”. ¡Por favor corten por lo sano, ya no hagan pendejadas!

Está por demás hablar de tantos dirigentes de porras, cuando el ¡Siquitibum! sonaba en todo el estadio. ¡Cómo no recordar a Don Ramón Morató con aquella bandera en el centro del campo antes de comenzar los partidos de Laguna como local, todo el estadio de San Isidro, pero todo, gritaba la porra que hacia que el cuero se enchinara! Tienen razón. Son otros tiempos. 

Hasta la próxima.