AL LARGUERO

Por: Alejandro Tovar Medina

Articulista invitado

En aquellas pláticas con café y cognac en el hotel O’Donell de Madrid en 1982, el maestro Fernando Marcos solía poner alcohol en las llagas de todos los comentaristas que le escuchaban, porque su plática era la de un monólogo total, donde con su conocimiento y larga experiencia, imponía el tono y el destino de la exposición. Había frases que son imborrables, como aquella de «los comunicadores deben ser como los educadores, guardianes de la civilización». Se jugaba el Mundial de España y tomábamos «tapas» diversas con jamón serrano y quesos. Vino tempranillo.

Insistía el profesional de voz dulce y precisa, que los hombres del micrófono deben situar al espectador de tv o auditorio de radio y no creer que el público lo sabe todo, por lo tanto explicar y detallar los puntos finos del juego y de los protagonistas, porque la masa se toma en serio lo que le dicen y se queda haciendo preguntas, aunque no todas las verdades son para todos los oídos.

Y comentaba: «Los narradores dicen mil veces Pichichi pero nunca le dicen porqué». Bueno, los fans deben saber que ese mito creado por Rafael Moreno Aranzadi (1892-1922) cumple ya cien años. Nació en Bilbao. Su padre fue un distinguido abogado y funcionario público, incluso alcalde, pero Rafa solamente era un chico revoltoso. Fue su hermano Raimundo quien le puso «Pichichi» porque criaba y poseía pichones en casa. En su barrio todos lo conocieron con ese mote.

Fue rechazado en el servicio militar por estar estrecho de pecho y fue destinado a labores de oficina en el cuartel de Garellano. Se distinguía por ser un tipo despreocupado. Caminaba con las manos en los bolsillos, con la cabeza gacha y silbando, sin fijarse con quien cruzaba en su camino, así fueran oficiales de alto rango, pero jugando futbol, deslumbraba a todos por su gran intuición y facilidad para marcar goles. Golpeaba la pelota con furia con ambas piernas.

Lo llamó el Atlhetic siendo muy joven. Impactaba con sus goles y jugadas, igual por su rara personalidad, porque Pichichi no se entrenaba o lo hacía cuando quería, no seguía régimen alimenticio. Dicen que iba a la cancha, se vestía, jugaba, hacía goles y se retiraba sin bañarse siquiera. En 89 partidos el mítico y ciclónico goleador marcó 83 tantos. Los diarios bilbaínos de esa época decían que tenía rapidez, ímpetu y arte. Jugaba con un pañuelo atado en la cabeza. 

Eso sí, aunque el profesionalismo en el futbol hispano se dio hasta 1925, Pichichi cobraba y bien, aunque lo botaba en parrandas nocturnas con damas y amigos. En los Juegos Olímpicos de Amberes (1920) se fue de juerga y regresó al amanecer al hotel. Ese día jugaban contra Italia. Le dijo al técnico: «usted póngame míster, que yo resuelvo» Y efectivamente, lo hizo. Moreno era un fuera de serie. Comía a deshoras y sin control. En 1922 consumió ostras en mal estado y le vino una fiebre tifoidea a la que no pudo resistir. Murió en la plenitud de su vida (29) el 1 de marzo.

Todos los grandes del futbol tienen una historia que pocos comentan pero detrás de ellos hay sucesos que la masa ignora, porque faltan periodistas con mayor apego a la profesión, dotados del conocimiento, exigencia básica para todo comunicador y generosidad para cultivar también a su público. Un auditorio conocedor hará una mejor afición, con habilidad para subir al último vagón del tren en marcha. El periodista debe estar dispuesto siempre a aprender, porque quienes lo siguen, confían en que les diga y explique todo. Si no, se expone a las llamas del desprecio público.

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