El sábado 5 de marzo de 2022, sin duda es una fecha que quedará marcada en la memoria no sólo de la afición al futbol, sino del grueso del pueblo mexicano. Ciertamente, no es la primera ocasión en la que se ven batallas campales en las tribunas de estadios mexicanos. Recuerdo aquella entre aficionados de Tigres y Veracruz, en el estadio “Pirata” Fuente, en la que se afirma lucieron armas blancas; una en la que seguidores de Monterrey arrancaron y quemaron butacas en el estadio Cuauhtémoc, de Puebla; otras entre aficionados potosinos y queretanos, entre otras. Sin dejar de reprobar los actos ahí perpetrados, dichas grescas palidecieron ante lo que vimos en el estadio Corregidora. Golpizas con saña inaudita, sin respetar a mujeres o niños presentes, en las que dejaban los cuerpos inertes y, por si fuera poco, completamente desnudos –algo que, a decir de periodistas de cuestiones policiacas, es propio de miembros del crimen organizado y de peleas dentro de las prisiones–, fueron la nota de varios días, que traspasó las fronteras.

Lo visto en Querétaro, si bien trascendió por haberse visto dentro de un estadio, tristemente no es único. En los estadios argentinos estas escenas son reiteradas en las afueras de estadios. Cierto es que no son cotidianas, debido a las medidas allá implementadas –cercos policiacos, prohibición de acceso a seguidores del equipo visitante, prohibición de venta de alcohol en las tribunas– después de sucesos que desembocaron en muertes de hinchas.

El pasado domingo ingresé al estadio Corona, en donde en el primer filtro se revisó mi Fan ID, previo al torniquete en el que se valida el abono. Por la prensa me enteré de las primeras inconformidades respecto a esta medida. Un colectivo llamado “Red en Defensa de los Derechos Digitales” alega que la recopilación de datos atenta contra la privacidad del aficionado. En mi caso, no tengo problema en identificarme plenamente para ingresar al estadio, ya que no tengo intención de contravenir disposición alguna, ni de causar desmanes. Sé que el resto de la concurrencia también estará identificado, y eso me brinda mayor seguridad. Por mí, quien no desea identificarse, que no vaya al estadio. Tampoco podrá abordar un avión si se niega a proporcionar sus datos.

El pasado viernes, en el programa de Brozo, que se transmite por el canal de Youtube de Latinus, se abordó el tema de la violencia reciente en el futbol con dos invitados que tienen mucho camino recorrido en eventos deportivos alrededor del mundo: los periodistas Alberto Lati y David Faitelson. El primero de ellos contó sobre una plática reciente con el autor argentino Eduardo Sacheri –cuya obra literaria, futbolera o no, recomiendo ampliamente–, quien al abordar en la conversación lo sucedido en Querétaro, le comentó: “vengo del futuro, hagan algo por evitarlo”. Ambos periodistas abordaron la problemática de hace algunos años, cuando el crimen organizado quiso incursionar en el futbol mexicano hace dos décadas, lo cual fue evitado con la desafiliación de Irapuato y Querétaro, así como la aprehensión de los miembros del equipo de Nueva Italia, al interior de las instalaciones del club América, durante un partido que ahí sostenían. Finalmente, Faitelson afirmó: “Yo ni loco llevaría a mis hijas a un estadio de futbol, y mientras pueda, les voy a prohibir hacerlo”.

Aun recuerdo los primeros años de Santos Laguna, cuando era prácticamente imposible llevar a una dama a las tribunas generales del estadio. En 1989, durante el primer año de la escuadra albiverde en la primera división, siendo yo un estudiante de preparatoria, ahorré para invitar a una compañera de escuela al encuentro en el que nos visitaron los Pumas. Si bien yo acudía a la tribuna de sombra general, para aquella ocasión, tras más de una hora de fila me hice de dos boletos numerados. El día anterior al partido, ella me llamó para informarme que sus padres no le dieron permiso de ir al estadio, ya que “unos amigos suyos les dijeron que el ambiente es muy salvaje, y no es seguro que una mujer acuda”. Ni el alegato respecto a la localidad numerada sirvió. Quienes en aquellos años acudíamos a las tribunas recordamos las broncas, la gallina, la víbora, la media con cal, el “agua de riñón”, el “serrucho” a quienes trataban de abrirse paso por las escaleras cuando las gradas se encontraban completamente llenas, entre otras linduras. Era prácticamente un suicidio llevar a una mujer a las localidades generales. Recuerdo en específico en un partido de sábado por la noche en que acudí a la tribuna de sol. Ya iniciado el partido, se asomó un conocido, veinteañero él, quien iba acompañado por dos guapísimas gringas que trabajaban como maestras en el Colegio Americano. Apenas se asomaron por los pocos escalones que había que subir del túnel al pasillo, se activó la jauría. “Llévalas a plateas”, le gritaban algunos. Y si: decidió dar media vuelta y salir. A los pocos minutos apareció enfrente en la tribuna numerada.

Fue hasta el año 1994 en que las mujeres insistieron en acudir al estadio. Insistían en ir a ver al Santos que jugaría la liguilla. Cuando pedían ser invitadas y recibían como respuesta un “está muy feo el ambiente para que vayan mujeres”, ellas respondían: “Por eso. Ustedes nos van a cuidar”. Comenzaron a acudir acompañadas de grupos de varones. Aquellos grupos de fulanos que acudían al estadio a sacar lo más corriente de su ser, fueron alejados del estadio. En ocasiones estos grupos de sujetos, al verse enfrentados, se violentaron, pero recibieron respuesta de los acompañantes de las damas agraviadas, con apoyo de buen número de asistentes. Hoy, me atrevo a afirmar que casi la mitad de quienes asisten al estadio son mujeres. Muchas de ellas son grupos de abonadas que no llevan compañía masculina.

En aquellos años, el ambiente en plazas como el Distrito Federal –hoy Ciudad de México–, Guadalajara y Monterrey, era completamente sano y familiar. Hoy, la situación se ha volteado completamente. En este momento podría responderle a David Faitelson que yo sí llevo a mi hija al estadio Corona, con toda la confianza y tranquilidad del mundo. Para llevarla al Jalisco, al Azteca, a Ciudad Universitaria, sí la pensaría. En la Comarca Lagunera, el ambiente en las tribunas ha cambiado para bien. Así en ocasiones nos quejemos porque el estadio “ya no pesa como antes”. 

Quienes llevamos más de tres décadas acudiendo al futbol en la Comarca Lagunera valoramos lo que actualmente tenemos. A quienes no vivieron aquello, los invito a apoyar y respetar las disposiciones implementadas. La experiencia nos enseña que son por nuestro bien, y el de nuestro futbol.

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