LA FIESTA ESTÁ VIVA

Por: Rafael Cué*

Articulista invitado

Dedico estas líneas a un entrañable amigo, torero de la vida, aficionado al toro, al buen vivir, a disfrutar y trabajar. Hombre ejemplar, padre entregado y amigo de los que se cuentan con los dedos de una mano. Manolo, nombre torero desde “Manolete” a Martínez. Va por ti, querido Manolo, seguro estoy que a este toro que el destino te soltó en el ruedo le harás una faena de las tuyas y terminarás cortándole las orejas y el rabo, porque los buenos toreros ante los toros difíciles triunfan y estoy seguro que así lo harás.

No es este el primer toro resabioso que el destino te emplaza en los medios, a todos y cada uno de los anteriores les has podido, con la verdad del valor, de la entrega y la humildad de los toreros que dando el pecho valientes, le colocan la muleta al toro arrastrada sobre el albero, con serenidad mecen el cuerpo cargando la suerte sobre la pierna de la salida, con la yema de los dedos bambolean la muleta para traer la embestida, resabiosa, instintiva y defensiva para convertirla en entregada y humillada. Así has convertido Manolo, las chungas embestidas que la vida te ha puesto y las has convertido en faenas de entrega, valor y buen gusto. Venga torero, pa´lante.

Te preguntarás amable lector, ¿qué le pasó a Manolo? Un desafortunado accidente en bicicleta lo puso al borde de la muerte. La vida nunca me había puesto en esa situación, entender la dramática importancia del tiempo, saber que puede quedar poco, que en un segundo podemos irnos y que a la vez no hay tiempo para salvar la vida y que hay que actuar con calma.

Así como los valientes se levantan tras ser volteados por un toro y, sin verse la ropa, vuelven a la cara a ofrendar su vida, así volvió Manolo, sin verse la ropa y con la mirada enjuiciando al destino, sabiendo que hay torero para rato.

El tiempo en el toreo, los tiempos del toro, darle su tiempo, no perder tiempo, si el tiempo lo permite… Frases comunes de la jerga taurina.

Durante la pandemia, tuve el gusto de platicar en un “Live” de Tauroagencia con el maestro Diego Urdiales, hablando de los tiempos del toro, me comentaba que en el toreo bueno no hay tiempos muertos, aquellos eternos segundos entre muletazo y muletazo en los que la pañosa queda dormida en el albero y el toro puede escoger entre el cuerpo del torero o los vuelos de la muleta, los llamó “tiempos de diálogo”, nunca tiempos muertos, con el toro el diálogo es constante. Un segundo en la cara del toro equivale a meses de experiencia de vida en otros ámbitos. El toro es sabio, enseña valores para la vida humana, siendo un animal cuyas virtudes enaltecen este arte.

Curro Romero, leyenda viviente del toreo, ha sido de los pocos toreros en la historia capaces de “detener el tiempo”, de convertir un segundo en recuerdo indeleble en el alma de aquellos que tuvimos la fortuna de estar en alguna plaza una tarde de ensueño.

Canal Sur, televisora andaluza, transmitió un documental sobre la vida y filosofía del genio de Camas. Durante cinco capítulos el espectador entra en otra dimensión, la del tiempo de Curro Romero. La despaciosidad, la fidelidad a un concepto de toreo y por ende un concepto de vida. Torear despacio, no pelear con el toro, dominarlo con las caricias de las muñecas privilegiadas, el pecho erguido y el garbo sobrenatural del porte torero.

Romero es esencia, es la verdad incuestionable del artista que no obedece a modas o triunfalismos. Es la fidelidad a una manera de entender la vida a través del toreo y el toreo a través de la vida. Es complejo, es para meditar, tan sencillo y tan claro.

Curro no habla de su toreo, habla de la vida, con sus ochenta años, nos damos cuenta que su vida nos la ha contado toreando y que es ahora cuando le explica a quien nunca lo supo ver.

Descomunal, rotundo y templado. Su dulce mirada, sus silencios, el brillo en sus ojos y su respirar conteniendo la emoción al pisar el albero sevillano, que tantas veces fue el reflejo de su arte y de su historia, son una lección de vida.

Qué maravilla, qué dulzura, qué arte. El hombre dentro del vestido de luces superó al diestro de la eternidad de un lance, del capote reducido, del pecho acompañando la embestida, de la torería inexplicable y gozosa.

Como hacía con sus lances o series de muletazos, los remates fueron los mejores, ya sea una media verónica o uno de tantos trincherazos que antes de ejecutarlos, sabíamos que sucederían y de nuevo nos sorprendían arrebatándonos el alma.

El maestro dice: “Yo quisiera ser eterno…”, uno de inmediato piensa: para ser joven y no dejar de torear los Domingos de Resurrección, a lo que Curro remata: “Para reír, que de gozar no te hartas nunca”.

Deseo amable lector que el toro marcado con el 22, que está a punto de saltar al ruedo, nos permita reír, apreciar el tiempo y gozar la vida trabajando con salud.

Twitter: @rafaelcue

*Artículo escrito para el diario El Financiero, reproducido por voluntad del autor en Intelisport.