Por: Rafael Cué*

Articulista invitado

La sociedad está conformada por cientos de pequeños grupos que se distinguen por diferentes factores: ocupación, etnia, género, nivel socioeconómico, educación, estilo de vida, religión, preferencia sexual, y así podemos ir segmentando a la población. El principal elemento que mantiene la cohesión en esta gran diversidad es el respeto, por eso es que podemos convivir y funcionar, dentro de lo que cabe, como sociedad.

Con enorme preocupación y algo de horror, me entero de la posibilidad de una consulta para considerar si la tauromaquia, cultura viva y arraigada en nuestro país hace más de 450 años, debe permanecer. El solo hecho de considerar consultar sobre derechos adquiridos y legitimados en nuestra Constitución, así como firmados por México en la Declaración Universal de Derechos Humanos, en 1948, nos puede arrojar a un vacío social, puede ser el principio del fin como sociedad, y no sólo por la tauromaquia, cosa que sería un atropello aberrante, sino que las minorías quedarían indefensas y olvidados los logros adquiridos con tanta lucha y valor, por ejemplo por la comunidad LGBT.

Este antecedente puede ser el fin para las culturas minoritarias de nuestro México tan rico en diversidad. ¿Se imaginan que se les ocurra poner a consulta si la cultura Huichol merece permanecer vigente y protegida tanto por la Constitución como por los derechos humanos?

Otra cosa es el huachicol, aunque distinguidos miembros de la cultura actual no sepan diferenciarlo; eso sí, señores políticos, deben erradicarlo: el huachicol.

La cultura de la tauromaquia es vivida y abrazada en sus valores por una minoría importante, no pequeña, no hay que confundir minoría con pequeñez —casi tan grave como confundir huichol con huachicol—.

Esta enorme minoría a la que me refiero, vive amando al toro y bajo los valores de la tauromaquia. Estos son sólo algunos números: en los últimos 15 años en México se han efectuado un promedio de 592 festejos taurinos al año, la asistencia anual promedio a estos festejos es de 3 millones 582 mil 600 personas (votos, como los políticos lo ven), generando económicamente, solamente en boletaje, 1,527 millones 898 mil 918 pesos; sin contar la actividad taurina en la península de Yucatán, donde se dan más de 2 mil festejos al año, arropados por usos y costumbres religiosos y sociales en esta parte del país.

En números globales la tauromaquia genera un negocio por 5 mil 541 millones de pesos anuales, de manera legal y transparente.

Ecológicamente el campo bravo aporta al país más de 170 mil hectáreas en perfecto equilibrio natural, donde pastan más de 109 mil cabezas de ganado bravo, de éstas, menos del 6%, o sea menos de 6,300 animales, son lidiados en plazas de toros, el resto vive como no lo hace ningún otro animal en el mundo. Diariamente en los rastros son sacrificados más de 3 mil bovinos. La muerte del toro obedece a la culminación de un rito, para luego incorporarse a la cadena alimenticia de consumo humano, siendo su carne de la mejor calidad y sanidad, no tiene hormonas ni agentes extraños durante su desarrollo.

Nuestro país es una explosión de color, cultura y diversidad en todos los sentidos. Las tradiciones deben mantenerse siempre y cuando no violen los derechos humanos.

Envalentonadas veo a algunas activistas políticas acerca de este tema. Recuerden el monumental fracaso, uno más, del Partido Verde con su ley en contra de los circos, dejaron sin empleo a miles de mexicanos y provocaron la muerte de más de 12 mil animales. Así de claro. Les recomiendo legislar para todos los mexicanos, y si sus leyes no benefician a todos, no intenten imponerlas sólo por una cuestión personal o para ganar “likes” en redes sociales, tomen en serio su trabajo.

Twitter: @rafaelcue

*Artículo escrito para el diario El Financiero, reproducido por voluntad del autor en Intelisport.