No fue una zarandeada, como he oído y leído en la prensa de estos días, sino una masacre. El 7-0 de Chile contra México nos mostró que en el futbol, como en la vida, siempre es posible caer más bajo, desfondar el tambo. Si ya en la eliminatoria para el Mundial de Brasil 2014 nuestra selección se había instalado en un peldaño inferior que parecía insuperable, lo ocurrido en San Francisco dejó ver que, aunque parezca increíble, nuestra selección puede avanzar un paso más hacia abajo y convertirse en el principal hazmerreír de un torneo. Porque es un hecho: la goleada propinada por los araucanos hizo de México el equipo más vergonzosamente humillado de la Copa América.

Cierto que Haití cayó 7-1 contra Brasil, pero este marcador era previsible. Una potencia mundial en futbol, más allá del mal momento que atraviesa, no podía hacer menos que vapulear a los inocentes caribeños que tuvieron, pese a su precario estatus, dignidad para anotar uno, “el de la honra”. México, en cambio, iba contra un rival teóricamente parejo, al menos cercano en capacidad física y técnica. Pese a esta aparente paridad, los nuestros jugaron como si fueran pubertos contra adultos, sin los argumentos mínimos indispensables para hacer frente a un equipo que terminó arrollándolos.

He revisitado todos los goles y en ellos advierto, en efecto, la misma superioridad que se podría notar entre un equipo profesional contra otro amateur. Mientras los chilenos llegaban a todas, mientras intentaban y les salía bien lo que se propusieran, los mexicanos exhibieron una falta de solvencia inverosímil, absoluta. Sin embargo, hay que aclarar esto: un marcador así de abultado no se logra sólo porque un equipo juega como orquesta sinfónica, sino porque el otro deja de jugar y pone el pecho a las balas ya sin dignidad. Más: por un momento pensé que, dada la evidencia, México jugaba a perder tal y como lo hacen algunos equipos cuando los futbolistas se ponen de acuerdo en secreto para que echen al entrenador. Por supuesto que esto puede llegar a ser entendible en los clubes, pero sería el colmo en las selecciones, así que mi conjetura no pasa de ser sólo una apreciación al aire.

La desmoralización llegó, creo, con el tercer tanto, el gol que derramó la portería como la gota que hace lo mismo con el vaso. El 3 a 0 se había dado porque en ningún momento los jugadores se ubicaron en la cancha, porque todos lucían desconectados, como partes de un cuerpo sin coyunturas. Los cuatro goles que siguieron fueron el plus que un equipo bien armado le propinó a otro ya deshilachado del ánimo, indefenso en lo táctico y a merced en lo emocional.

Ahora bien, la goleada fue histórica y sospecho que no refleja lo que somos en el plano futbolístico. México no es una potencia, eso los sabe cualquiera, pero tampoco está para ser aplastado 7 a 0 por Chile. ¿Qué pasó entonces? Creo que en este desaguisado convergieron dos terribles componentes: por un lado, cierto vedetismo de los jugadores “europeos”, futbolistas que desde hace rato, cuando México comenzó a exportar, se ponen demasiados moños para jugar en la selección y cuando alinean trotan a medio gas, como haciendo el favor. Por otro, y a mi juicio esto es aún más importante, el peligroso grado de experimentación que trajo el nuevo entrenador. Eso de modificar incesantemente las formaciones y los sistemas a la larga derivó, aunque muchos no lo previéramos, en lo que padecimos el sábado: la peor golpiza propinada a nuestro futbol.

¿Qué hacer ahora?* No sé. Para mí —aunque digan que sería otra vez lo mismo—, es menester cambiar de entrenador, pues no se trata de un tropiezo nimio, sino el peor, el más penoso de nuestra historia futbolística. Por otro, convocar durante un tiempo razonable sólo a jugadores inscritos en la liga local, pues “los europeos” no han garantizado alguna evolución de nuestro desempeño en competencias internacionales. Sólo así, con un escarmiento fuerte a los responsables de la inaudita masacre, veremos algún día si avanzamos un peldaño hacia arriba y no al revés, como el pavoroso sábado 18 de junio que nos dejó, hoy más que nunca, el prestigio en ruinas.

*Nota. Pedir más —que cambien los dueños del futbol y de la selección— es un sueño guajiro. No pueden cambiar, pues no por nada son los dueños del negocio.

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