Pasarán los años y no podré dejar de pensar en la injusticia que significa quedar estigmatizado por la falla de un penal. Todo el talento, toda la clase, toda la gloria acumulada se manchó por un disparo desde los 9 metros en el estadio Rose Bowl de Los Ángeles, California. Claro, era la final de un Mundial, el de EUA 94, jugado por Italia contra Brasil. Ese yerro pudo ocurrirle a cualquiera, pero cayó como rayo inmisericorde sobre la persona de Roberto Baggio (Caldogno, Italia, 1967), a mi juicio el jugador más técnico que ha dado la futbolísticamente ruda república donde nació el Renacimiento. Y ya que dije esto, Baggio el magnífico trataba con arte cada pelota que pasaba por sus pies, no por nada mereció un sobrenombre de sonoridad renacentista: Il divin codinoEl divino cola de caballo en español, por su corte de pelo. Este 10 tenía gambeta para los dos lados y disparo preciso a todos los ángulos. Sus goles fueron, la mayoría, proyectiles telescópicos y carreras desde tres cuartos de cancha quitándose gente hasta llegar a la cocina. Fue un maestro digno de Vasari. Para mí, un penal no lo mancha, haya ocurrido donde haya ocurrido.

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