LA FIESTA ESTÁ VIVA

Por: Rafael Cué*

El mundo de los toros es el reflejo de la vida. Suce­den las mis­mas cosas: se nace —es decir, uno se hace afi­cio­nado—, se vive y se muere com­par­tiendo los valo­res de esta mara­vi­llosa cul­tura: el res­peto, las jerar­quías, la demo­cra­cia, la sana con­vi­ven­cia, el triunfo, el fra­caso, el dolor y, lo más impor­tante, vivir la vida con pasión.

En el mun­di­llo de los afi­cio­na­dos con­vi­vi­mos, habla­mos, dis­cu­ti­mos, argu­men­ta­mos, nos aguan­ta­mos y nos man­te­ne­mos uni­dos por­que hay un vín­culo fra­terno inque­bran­ta­ble: el toro y el toreo. Hay luchas de poder, vani­dad a rau­da­les, sober­bia y mucha chu­le­ría, lo cual suele ser entre­te­nido, aun­que tam­bién des­gas­tante, ya que los “chu­flas”, como cari­ño­sa­mente se les deno­mina, pulu­lan (pulu­la­mos) por los ten­di­dos y, a veces, hasta por los calle­jo­nes.

Cada gene­ra­ción cuenta con refe­ren­tes de per­so­nas que de ver­dad “cha­ne­lan”, deno­mi­na­ción para quie­nes real­mente saben de toros, entien­den y tie­nen el don de trans­mi­tirlo. He sido afor­tu­nado por con­tar con varios refe­ren­tes en mi vida que me incul­ca­ron el amor por la tau­ro­ma­quia. Mi padre fue el pri­mero, por su pasión des­bor­dada por los toros y por Mano­lete. En la etapa en que mis sue­ños gira­ban alre­de­dor del toreo, mi pri­mer maes­tro, don Rutilo Mora­les, figura de plata, me inculcó el res­peto a las jerar­quías y al ritual de una corrida de toros.

A fina­les de los años ochenta, en mi pri­mer con­tacto con el campo bravo, en la gana­de­ría de Val­pa­raíso, tuve la inmensa for­tuna de escu­char hablar de toros a doña Ana María Lla­guno; a su esposo, don Valen­tín Rivero; a don Che­mel Gara­mendi; a don Paco Madrazo; al Curro de Zaca­te­cas; a mi que­rida Ana María Rivero y a su esposo, don Ramiro Ala­to­rre. Y, a par­tir de ahí, al cono­cer el campo bravo y la vida plena del toro en la dehesa, a todos los gana­de­ros que he tenido la for­tuna de tra­tar.

Vino des­pués mi maes­tro El Colo­rín, junto con su gran camada de alum­nos tore­ros.

En este uni­verso de bue­nos afi­cio­na­dos, sean gana­de­ros o tore­ros, des­taca en mi vida un hom­bre que acaba de hacer el paseí­llo al cielo: mi que­rido arqui­tecto Mario del Olmo Sán­chez. Un hom­bre ínte­gro, capaz, bohe­mio, artista y buen tau­rino.

En sus años mozos vis­tió de luces; fue novi­llero y estuvo siem­pre muy ligado al campo bravo tlax­cal­teca. Cam­bió los capo­tes por la arqui­tec­tura y fue un pro­fe­sio­nal des­ta­cado. Como era lógico, parte de su obra fue tau­rina: pro­yec­tos impor­tan­tes como la plaza de toros de Api­zaco; la remo­de­la­ción de la plaza de Villaher­mosa; la techum­bre de la plaza de toros de Arroyo; así como el recinto sede de la Aso­cia­ción de Mata­do­res en la CDMX, entre otras obras. En el ámbito cul­tu­ral, el diseño del recinto donde cada año se lleva a cabo la Gue­la­guetza, en Oaxaca.

Era una deli­cia estar a su lado en un ten­ta­dero o en una corrida de toros. En las últi­mas ferias de Aguas­ca­lien­tes tuve la for­tuna de estar con él en un bur­la­dero del calle­jón. Vivía con pasión cada deta­lle: cómo iban lia­dos los tore­ros, el paseí­llo, la música, la salida del toro, des­ci­frar su posi­ble com­por­ta­miento, los pri­me­ros lan­ces, la brega, un buen puyazo y todos los mati­ces de la faena de muleta. Sufría cuando a un torero se le esca­paba el triunfo por la espada o cuando un toro era pitado en el arras­tre. Dis­fru­taba como nadie el triunfo del torero y del gana­dero.

Aque­llas tar­des me decía: “Flaco, enciende ya tu puro, que esto va a comen­zar”. Y, a par­tir de ahí, escu­charlo era una gozada y siem­pre un apren­di­zaje.

Que­rido y res­pe­tado por todos. Su fami­lia era su orgu­llo: sus dos hijas, sus nie­tos y, sobre todo, tuvo la for­tuna de ver en sus dos hijos el sueño de ser Mata­do­res de Toros. Mario y Mariano le lle­na­ron el alma tau­rina, ves­ti­dos de luces y ahora, como des­ta­cado gana­dero y apo­de­rado el pri­mero, e impor­tante empre­sa­rio el segundo.

Hasta pronto, mi que­rido Arqui­tecto. Dios lo tiene en su glo­ria y desde aquí le envío mis res­pe­tos de parte del “último de sus ami­gos”. Des­canse en paz, Maes­tro.

X (antes Twitter): @rafaelcue

*Artículo escrito para el diario El Financiero, reproducido por voluntad del autor en Intelisport.