AL LARGUERO

Por: Alejandro Tovar Medina

Articulista invitado

Los artistas de sensibilidad son callados y austeros, porque viven pensando en el arte, en el apego a sus ideales éticos pero sobre todo a sus ilusiones dominantes. Adolfo siempre quiso ser de los que hacen un periódico, pero no en las máquinas impresoras, sino quien recoge las historias en las calles, descubriendo mundos ajenos, tocando puertas cerradas, sabiendo que el arte, la verdad y la belleza se dirigen a nuestra parte secreta: el pensamiento.

Al reportear, intenta ser diferente y darle un giro al oficio, dejar de ser como todos, no ofrecer notas como dan muchos, que son verdaderos consejos para el aburrimiento, sino que su labor reporteril sea como un libro cerrado, como un amigo que espera. Titubea con su imagen, porque en su guardarropa solo hay dos pantalones, tres camisas, una playera y un suéter. El sueñecito y los jeans son de todos los días, el otro es para el domingo. Son como su uniforme.

Ser pobre es un verdadero problema. Te obliga a bañarte a botazos, pues en tu colonia si no te bañas a las cinco am, debes improvisar, se carece del líquido en el día. Te aguantas los fríos porque no hay boiler. Te tomas un cafecito y ahí vas por la calle, pensando en lo que dijo don Gerardo, el director: «Jóvenes, nunca pidan pero si al cabo de una nota les dan, tómenlo» Y lo malo es que no hay mucha gente de esa que saca billetes y te endulza la vida, si acaso un desayunito a la semana y con él, sabes bien que la pretensión es que los promuevas y que te olvides de todos sus pecados. 

Uno debe viajar en autobús y pedirle favores a los compañeros con coche para llevarte y no siempre hay esa voluntad o uno termina por cansarlos y hasta se molestan, porque los humanos rara vez hacemos el esfuerzo de entender las razones del otro, aunque al caminar uno encuentra que el silencio tiene sentido, porque te vas tirando penales por las calles, viendo muchachas, quizá envidiando autos y casas de lujo, porque en el fondo es indudable que nos seduce todo bienestar.

Por eso uno termina haciéndose compañero de la lectura, que te hace viajar a donde gustes, que te narra sobre lugares, hombres, héroes, mujeres, montañas, adjetivos, ríos, ciudades y porque no hay otra manera de escribir sin antes leer mucho, leer y leer, como el estudiante tesonero, como eterno explorador en la selva de la vida, porque se te afinan el oído y la vista pero sobre todo porque es un afán libertario, te das cuenta que la lectura es una forma de felicidad.

Adolfo se afina en su trabajo, sabiendo que el estilo es el hombre y la estética es la ética, que sus palabras impresas son un poder que causa cien impresiones diferentes, porque su idea es salir de lo que todos hoy hacen, un periodismo de insulto y sarcasmo. Su trabajo y talento son cada día más valiosos porque están puestos al servicio de la verdad y se desligan de la metódico y previsible. Se sabe Adolfo en una lucha desgastante. Primero con los protagonistas sin autocrítica, que sienten que su labor es como balas del enemigo. Segundo por la indiferencia y hasta resistencia de sus directivos, que se codean con el poder y le tejen redes y barricadas a su camino. Tercero, por su pobreza, solo gana para lo básico, sin una moneda para el gusto. Tienen prohibido él y su familia el enfermarse, se obligan a limitantes que de conocerlos, sorprenderían a sus amistades.

Está bien, todos somos seres vulnerables del mismo planeta y nadie, solo tú, va a resolver su problema social, se dice. Pero la pobreza es como una alarma con bocinazos de alerta y la lucha es no ceder espacios al desánimo porque cuando se teme a alguien, es porque a ese alguien le hemos concedido poder sobre nosotros. El periodista pobre y con hambre, sabe que la tristeza lo inspira.

Correo electrónico: arcadiotm@hotmail.com