AL LARGUERO

Por: Alejandro Tovar Medina

Articulista invitado

Es tiempo de preguntas y reflexiones, porque el confinamiento nos transforma. Quedamos desconectados de aspiraciones íntimas, profesionales, sociales y hasta naturales. Somos presos, que chocamos con una gran desinformación y debemos explorar entra el pajar de la tecnología y los medios, para encontrar análisis, selección, filtros de realidades entre el tsunami de mensajes.

Pandemia (enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región) le llama Hugo López-Gatell, por ahora más popular que AMLO y cualquier figura de la élite del poder, esos que desearían manipular todo, hasta los recuerdos. Esos que tiene complicidad activa y a veces pasiva con los altos intereses persuasivos.

Es una etapa ideal para el observador profundo de los caracteres humanos y del comportamiento ciudadano, porque las nuevas reglas nos sorprenden en fuera de lugar y no todo mundo lo reconoce, hay quienes se integran y muchos que no.

Son decisiones propias y respetables. Ahora la prioridad es sobrevivir y no ocupar un espacio relevante en el mundo.

Hoy mismo el arte, la cultura, la belleza, el deporte, ocupan un lugar secundario, pues ahora sabemos que hay vigilancia de todos los fantasmas del averno, que vinieron para alterar una vida diaria aburrida, repetitiva y predecible, por un estado de alerta con el miedo de infectarse y con la especulación de una catástrofe económica que viene, con la sombra del desempleo masivo, la carestía, e incluso llegar a una economía de trueque.

Hay tiempo, siempre lo hubo, solo que uno desprecia esos momentos por la celeridad con que vive y respira, sin darse espacio para la admiración de muchos semejantes que viven y dan ejemplo. Ahora mismo, enfrente de casa, hay una construcción y los chicos albañiles están desde que llegaron (8 a.m.) con música de banda. Desayunaron a las 10, entre risas, bromas y gaseosas. Cargan los botes de cemento a fuerza bruta y dan la impresión de que para ellos, el sol no existe. Cualquiera mira que malviven con tan pesado y humillante trabajo y para ellos está negado el placer. Uno intuye que por vivir al día, les está prohibido enfermarse, que no se imponen el derecho de todos para sentir miedo y rabia, sino que son corazones abiertos a su relación con la vida, el tiempo y la actividad.

Está visto y ahora más que nunca que el pensamiento libre, como el de esos muchachos, disuelven las ideologías. Para ellos y se agradece el ejemplo, no hay tiempos de memorias y olvidos. Ellos son gente que debiera dedicarse a vender fé en sobrecitos.

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