AL LARGUERO

Por: Alejandro Tovar Medina

La historia y la vida misma nos muestran a los curiosos, que hay personajes que parecen de ficción y pertenecen a lo real, como Arnold Rothstein (1882-1928) a quien sus amigos le apodaban “El Cerebro”, porque era un estafador ejemplar, especializado en carreras de caballos, juegos de azar, prostitución, un hombre de endiablada sabiduría que de todo creaba negocio. Un maestro.

Se cumplen cien años de que fue el artífice y financiador del arreglo para la Serie Mundial de 1919, entre los Black Sox de Chicago y los Cincinnati Reds, contando con el apoyo de varios colegas y sobre todo del primera base Chuck Tandil, junto con el pitcher estelar Ed Cicotte, que molesto por no recibir un bono por sus 29 victorias, convencieron a otros seis compañeros para amañar la serie y ganarse diez mil dólares cada uno, en una audaz visión imaginativa contra todo lo común.

La historia siempre lamenta a su manera, poco sensible y persuasiva aunque es creíble porque aparenta ser real, que sigue persistiendo la duda respecto de Joe Jackson, jardinero maravilla a quien apodaban “Descalzo”. Estelar de su posición que bateaba como nadie y corría las bases como endemoniado. Todos fueron castigados de por vida por el Comisionado Landis, a pesar de ser absueltos en el largo y apasionado juicio, incluyendo al célebre Rothstein.

Fuera del beisbol, cada cual se ganó la vida como pudo. Jackson era analfabeta y siempre fue menospreciado por ello. Sobrevivió con un pequeño expendio de licores hasta el final de su existencia. En su lecho de muerte, decía a sus familiares que Dios y él siempre supieron que era inocente, quizá el gran “Descalzo” estaba previendo desde temprano el terror de lo que vendría.

Los escritores siempre tienen la costumbre de crear historias con la imaginación y la palabra pero no deja de provocar envidia con aquellos reporteros que vivieron ese mundo, porque Rothestein fue maestro de jóvenes que luego fueron figuras en el hampa, como Mayer Lansky, Bugsy Siegel y Lucky Luciano, pues ante la prohibición, creó un imperio con el tráfico de bebidas alcohólicas, derivando luego hacia los narcóticos, los casinos de apuestas y la “protección” forzada.

El maestro Arnold tenía su oficina en “Lindy’s” en Broadway y 49th en Manhattan. Comentan que atendía a sus clientes en la calle, a la vista de todos, vestido como un dandy. Jugador de póker, se hizo de una deuda de 350 mil dólares que se negaba a pagar, argumentando trampa en el proceso, por lo que procedieron a balearlo y dejarlo como coladera con solo 46 años encima.

La relación de semejante personaje se da por la proximidad de la Serie Mundial, que ojalá sea para los Yanquis, que bien nos merecemos sus fieles una gran alegría, como igual para ver diferencias en cien años de distancia con aquellos tenebrosos hombres que a todo buen reportero le habría gustado conocer, tratar y entrevistar, porque los malos tienen un atractivo especial. Se puede decir, que sin ellos no habría literatura. Ellos le encontraron sentido a la vida pequeña.

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