Por: Rafael Cué*

Articulista invitado

Es septiembre uno de los meses más mexicanos en el sentimiento, y más taurinos en cuanto al elevado número de festejos que se dan a lo largo y ancho de la República Mexicana. Precisamente en este mes, uno de los estados más bellos de nuestro país celebra su feria nacional, me refiero a Zacatecas, una de las cunas del toro bravo en México, con más de 100 años de tradición en la crianza de éste, gracias a la visión, talento y afición de los hermanos Llaguno.

En Zacatecas se respira el orgullo de su esencia, su cielo tan azul y su tierra vivamente colorada, tonos que han llegado a todo el mundo gracias a los lienzos y pinceles de grandes artistas aquí nacidos, como el maestro Manuel Felguérez, los hermanos Coronel, y cómo no, el célebre, ameno y muy taurino Alfonso López Monreal, que incluso hace unos años creó una maravillosa tauromaquia bajo los tonos de su tierra, con la belleza de su cielo y el brillo de su plata.

La gestión taurina dentro de la feria la encabezan en sociedad dos zacatecanos, quienes hace más de 10 años, con tres gobernadores distintos, han sabido identificar y trabajar por el público ya aficionado, pero siempre pensando en las futuras generaciones. Decidieron nombrar a la empresa: Zacatecas Tierra de Toros, para no dejar dudas del arraigo que tienen como empresarios.

Para este 2019 han tenido dos aciertos muy importantes, dos gestas que los distinguen como buenos taurinos. Se lidiaría solamente ganado zacatecano, no como una gesta paternalista mal entendida, sino como un reconocimiento a los hierros que pastan en estas tierras.

El domingo 15 y lunes 16 se programaron dos corridas de toros de distinta oferta artística; la de ayer lunes, por cuestión de cierre editorial, no fue posible reseñarla en estas líneas, sin embargo la del domingo me hizo reflexionar en muchos sentidos.

El cartel contaba con dos nombres ya definidos: el tlaxcalteca Uriel Moreno “El Zapata”, y Antonio García “El Chihuahua”, quedando dos puestos abiertos para dos toreros zacatecanos que buscaron esos lugares en un festejo concurso, por cierto torpemente gestionado por ellos mismos; fueron Edgar Badillo —quien dejó ver que puede funcionar si se le brindan más toros— y Jorge Delijorge —quien tuvo una tarde desafortunada—, ante seis toros de Valparaíso y dos de José Julián Llaguno.

“El Zapata” es un torero de larga trayectoria, consolidada tauromaquia y la suficiente personalidad y oficio para torear muy a su manera, con sus formas y sus ritmos, para lo que hay que ser muy buen torero. La corrida tuvo movilidad en los dos primeros tercios, llegando algo parada al tercio de muleta, sin embargo tanto “El Zapata” como “El Chihuahua” tienen el talento de entender que una corrida de toros (además de ser un ritual centenario con sus formas muy establecidas) nunca debe dejar de ser un espectáculo, una fiesta, de ahí su nombre, y que para gozarla no hay que saber de toros, hay que sentarse y disfrutar, emocionarse y gozar.

Estaba en disputa “La banderilla de plata”, bellísimo trofeo que con enorme gusto diseñaron artesanos plateros zacatecanos.

La corrida se fue desarrollando: una oreja del primero, una vuelta en el tercero, oreja del cuarto, y para el quinto pudimos gozar en plenitud al “Zapata”, que cuajó un tercio de banderillas espectacular, jugando (en el sentido taurino) con el toro, entendiendo muy bien los terrenos y distancias del astado de José Julián Llaguno; el tercer par fue la locura, con el toro pegado a tablas le citó para una vez arrancado con tremendo poder, él girar en la cara, cambiarlo y dejar las banderillas en todo lo alto sin un par de centímetros entre el vientre del torero y los pitones del toro. Un estallido de emoción al unísono, taurinos recalcitrantes, aficionados feriantes, niños y hasta los cubeteros saltamos de emoción con el momento. La faena de muleta se la inventó ante un toro ya de pocas embestidas, entregó el pecho en la suerte suprema y dejó entera estocada para cortar dos orejas que exigió el público, que hizo poco menos de media entrada.

A la salida de la plaza me quedó clara la importancia de los festejos denominados “de banderilleros”, donde el tercio de banderillas lo cubren los matadores, y que tienen no sólo cabida, sino gran aceptación por parte del público.

Tanto “El Zapata” como “El Chihuahua”, además del gran valor y concepto propio en tauromaquia, tienen la idea perfectamente concebida del espectáculo y de que la gente que asiste a una plaza de toros tiene que divertirse, lo cual no significa faltar a las normas ni mucho menos; se rescatan muchas suertes antiguas y maneras de lidiar un toro.

La tarde amenizada con la magnífica banda del estado, culminó con alegría en los tenidos, triunfo para los toreros y la siempre positiva sensación de que la Fiesta está viva.

Twitter: @rafaelcue

*Artículo escrito para el diario El Financiero, reproducido por voluntad del autor en Intelisport.