Por: Rafael Cué*

Articulista invitado

Existen tantas y tantas historias detrás de cada corrida de toros, detrás de cada uno de los animales a ser lidiados, desde antes de su concepción, cuando los ganaderos deciden a qué lote de vacas le asignarán un semental específico de la ganadería, un toro estrella; esto es alrededor de cinco años antes de que el toro salte al ruedo en alguna plaza.

Una vez hecho el empadre, un promedio de 25 vacas por toro viven en la majestuosidad del campo bravo, en paz y en perfecto equilibrio ecológico con distintas especies. La naturaleza toma el mando, el semental con su harem pasta sin ser molestado. En algún punto del día o de la noche, una vaca específica entra en celo, el toro la identifica y corteja hasta que ella acepta ser montada y comienza el maravilloso ciclo de la gestación de la bravura.

A los nueve meses nace el producto, macho o hembra. Si es el primero, será estudiada su ascendencia, y conforme a su tipo y características físicas se podrá pensar que será lidiado en una plaza de toros; si resulta corpulento y se va desarrollando año con año sin vicisitudes, una plaza de primera (México, Guadalajara, Aguascalientes, Zacatecas), si es que se dan las circunstancias de que la ganadería pase por buen momento, los toreros digan “sí” y exista un arreglo con la empresa. Si es hembra, será probada a los dos o tres años en el laboratorio máximo de la bravura: el tentadero; si honra su estirpe y cumple con el comportamiento que el ganadero espera y persigue, formará parte del hato que vivirá en santa paz el resto de sus días, procreando bravura.

De forma paralela al toro viven los toreros, los consagrados obsesionados con mantenerse arriba, estudiando cada vez más al toro, su comportamiento y reacciones; lo mismo hacen con los momentos por los que pasan las ganaderías, para cuando se presente la oportunidad de decir que sí o que no cuando les sean ofrecidas. Para los diestros que empiezan y van en camino de la consagración, su relación con el toro se enfoca en el deseo de que salga ese toro que les permitirá mostrar sus condiciones como toreros, soñar y hacer soñar al público, triunfar y de esa forma obtener más contratos y alcanzar la gloria.

Todo para que un día en una plaza se encuentren toro y torero para juntos definir su destino. El domingo en Guadalajara se dio el caso; se lidiaron siete toros del hierro zacatecano de Pozo Hondo, con cuajo, cuatro años cumplidos, más de 1,460 días de cuidados plenos, de pensar, de soñar, de planear por parte de los ganaderos; 560 kilos de promedio para la plaza más exigente de México: la Nuevo Progreso. La suerte puso juntos en el sorteo, en el tradicional papel de cigarro, a dos toros que el destino dejó entre los sombreros del juez de plaza para que le tocaran al hidrocálido Leo Valadez, joven matador de toros mexicano cuya formación se llevó a cabo en España y que el domingo alcanzó el mayor triunfo de su incipiente carrera.

Se entrelazaron bravura, codicia, clase y transmisión en las embestidas, con la ilusión, formas y expresión de un hombre que aprovechó lo que el destino puso frente a él: dos toros bravos en una plaza de primera, donde los triunfos cuentan de verdad y el aval no es otro que “el señor”, “el de los rizos”, “Chon lagañas”, “el toro-toro”.

¿Qué estaría haciendo Leo Valadez cuando nacieron sus toros? Seguramente entrenando, soñando con esas embestidas por abajo, con poder, de las que hacen gozar y que dan miedo, ya que son las que ponen a prueba a los toreros, con las que hay que dar el paso, echar la moneda y jugarse la vida con inteligencia y absoluta entrega. Tres orejas para el torero, ovación al tercer toro y vuelta al ruedo al sexto, tras petición de indulto.

Historias enlazadas, historias consumadas y el inicio de un vínculo que el destino ha creado entre la familia Alatorre Rivero y Leo Valadez. Son cinco generaciones que aman al toro y dedican su vida, tiempo y sueños a embestidas como las del domingo; del otro lado, un torero joven, de la tierra más taurina de México, que desde que decidió hacerse torero ha soñado con embestidas como las de los toros de Pozo Hondo.

Así de grande es el toreo, historias de vida, valores en común, sueños y pasiones compartidas, de las que el público es receptor privilegiado. Tanto en 20 minutos, tanto que dura toda la vida.

¡Enhorabuena!

 

Twitter: @rafaelcue 

 

*Artículo escrito para el diario El Financiero, reproducido por voluntad del autor en Intelisport.