Por: Rafael Cué*

Articulista invitado

La corrida inaugural de la Temporada Grande 2018-2019 en La Plaza México, tiene varias lecturas de gran importancia para la fiesta de los toros en el país, y es una llamada de atención real y contundente para todos aquellos políticos que abrazan la absurda e irracional bandera del animalismo, por encima de los derechos civiles y constitucionales de los mexicanos.

Más de 30 mil personas pagaron su boleto para asistir a un espectáculo único, legal y profundamente arraigado en nuestro país; se comportaron civilizadamente durante tres horas y media, y al salir no hubo pintas, basura o peleas descerebradas, como sucede en el futbol. Este es el primer gran éxito de la Temporada, la gran entrada como manifestación de que la tauromaquia interesa, gusta y es aceptada por un número importante de mexicanos. Gente de San Luis Potosí, Tijuana, Guadalajara, Monterrey, Puebla, Tlaxcala, Querétaro, Veracruz, incluso de Houston, El Salvador, España y Francia, asistieron el domingo a los toros.

Afuera de la plaza, cinco desubicados antitaurinos, pagados, de lamentable aspecto y dudosa condición, insultaron, agredieron e hicieron el intento —con bastante éxito— de demostrar el tipo de personas que son. 30 mil a 5.

El regreso de Diego Ventura, tras seis años de ausencia en nuestro país, fue uno de los atractivos con los que contó el cartel inaugural, donde a pie partieron plaza el valenciano Enrique Ponce, el queretano Octavio García El Payo y el hidrocálido Luis David Adame. Toros de Enrique Fraga, a caballo, y de Barralva para los de a pie; fallaron estos últimos y sólo Enrique Ponce cortó una oreja, dividiendo opiniones en su primero. El Payo ante su primero expuso con verdad, sin que el toro aportara nada; en su segundo, al comenzar a torear bien y por abajo a un toro con genio, éste se coló y le pegó una cornada grande en el muslo derecho —de la cual se recupera favorablemente—. Luis David, sin opciones con sus toros, en el octavo demostró ser una realidad: cuajado, maduro, inteligente y toreando muy de verdad; de no ser por la espada, hubiese cortado una oreja de peso.

Abrió plaza Diego Ventura, ante un toro muy serio de Enrique Fraga, bravo, pero no fácil, al que había que llegarle muy cerca para que se arrancara, haciéndolo con poder a las cabalgaduras del rejoneador; faena muy técnica, de mucha exposición, que no fue redondeada con la espada.

“Fantasma” salió en quinto lugar, un precioso toro jabonero del hierro de Enrique Fraga, al que Ventura recibió en la puerta de toriles con la garrocha al hombro, a lomos de “Bombón”. Suerte campera andaluza en la que el toro embistió a la cabalgadura y el jinete templó la embestida, llamando la atención del astado con la parte inferior de la garrocha, que iba arrastrándose en la arena. Desde ese preciso momento la unión de toro, torero y caballo, fue un compendio de bravura, doma y torería.

Las 30 mil almas fueron testigos y cómplices de una obra de arte llena de emotividad, ritmo, emoción y exposición del binomio torero ante la bravura plena del astado de origen Domecq. Milimétricas ejecuciones del toreo a caballo; la nobleza del toro y la torería de cada caballo nos regalaron momentos eternos, grabados en el alma por vía de la retina. Un coro monumental al ritmo del toreo: 30 mil gargantas al unísono vibrando ante la inigualable emoción del arte. El éxtasis de la tarde, cuando a lomos de “Sueño”, Ventura le quitó la cabezada y lo dejó sin riendas, tomando dos banderillas y yéndose hacia la cara de “Fantasma”, consumando un par en todo lo alto.

No existe otro espectáculo capaz de generar esta emoción. Aficionados de toda la vida y gente que quizá fue por primera vez a la plaza, como coordinados por un hilo conductor, rugieron al momento exacto de la reunión.

El toro a embestir y embestir, con codicia, ritmo y nobleza. Caballos y caballero creciéndose ante la magia de la atmósfera creada por la emoción y verdad en el ruedo. Equitación para el toreo y toreo para la equitación. Bravura como ingrediente fundamental para alcanzar vida plena a “Fantasma”. La gente pidió el indulto y Ventura con el rejón en mano supo que el toro merecía regresar al campo para transmitir el maravilloso misterio de la bravura. Una vez concedido, Ventura derramó lo que le quedaba dentro, tomó la muleta y se llevó al toro a toriles, con muletazos desgarrados de torería, alma y corazón. La bravura manifestada también en el toreo a pie. Entrega plena de dos artistas. Vida al toro y gloria al torero.

Para la segunda de la Temporada, el galo Sebastian Castella, Diego Silveti y el adiós de Ignacio Garibay, ante 6 de La Estancia.

Sigamos defendiendo la fiesta, llenando las plazas de toros.

Twitter: @rafaelcue

*Artículo escrito para el diario El Financiero, reproducido por voluntad del autor en Intelisport.

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