En el festejo por los damnificados del sismo del 19-s los matadores lucieron temple, arrojo y hombría. La ‘Corrida Pro Damnificados’ en La Plaza México pasará a la historia como una experiencia fuera de lo común.

Por: Rafael Cué *

Articulista invitado

 

El 12 de diciembre de 2017 quedará marcado como una fecha trascendental en la historia de este país, su capital y su cultura. Los terribles acontecimientos sísmicos del pasado mes de septiembre estremecieron a la gente, le hicieron darle valor a aquello que realmente lo tiene: la vida, los seres queridos y las pequeñas cosas que le dan sentido a la existencia.

¿Cómo plasmar todo eso en un evento cultural? Ahí está la tauromaquia, manifestación artística, histórica, tradicional y profundamente arraigada en el país; cúmulo de valores del mestizaje, la forma de sentir y entender la vida, con valor y nobleza, con respeto hacia los semejantes.

Darle forma a una idea requiere talento, visión y sensibilidad. Enhorabuena al equipo humano de Tauroplaza México, desde los policías encargados de la puerta, torileros, vendedores, taquilleros, equipo administrativo y de comunicación, hasta los altos mandos operativos, el matador Mario Zulaica, y más arriba aún, los empresarios: el licenciado Alberto Baillères y el arquitecto Javier Sordo.

Todos trabajaron con ahínco y humildad para lograr un objetivo: que la ‘Corrida Pro Damnificados’ pasara a la historia como una experiencia fuera de lo común. Una tarde de toros es de suyo algo inigualable, la emoción que surge de la belleza ante el peligro rebasa las posibles explicaciones verbales o escritas de dicha emoción.

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Se intentarán recrear con este texto los cientos de emociones que 44 mil almas experimentaron antier en La Plaza México.

Los asistentes fueron recibidos con flores, sí, con flores en la barrera del ruedo, cientos de claveles rojos, interpretación de Javier Marín, uno de los mejores artistas plásticos que hay en México, quizá sin producción taurina previa, pero con la sensibilidad para crear arte con el arte de la tauromaquia. Claveles rojos calados en oro. Elegante, sobrio, con clase, soberbia y riqueza visual. Los burladeros, cubiertos con miles de claveles rojos naturales, donde seis de los toros nunca remataron, parecían olfatear con la nobleza del toro bravo el aroma de las flores, y respetar la creación de Marín, hasta que llegó el séptimo, un bello cárdeno de Xajay que se enceló con las flores y desató su furia ante el arreglo hasta no dejar una sola colgada, recordándole así a los aficionados, que el toro es bravura, peligro, y que ahí, por muy bello que fuera el escenario, se estaba ante la puesta en escena más verdadera que hay en la tierra: una corrida de toros, donde la vida y la muerte danzan creando belleza.

Ocho toreros formaron el paseíllo ante una inmensa abstracción de la Virgen de Guadalupe, hecha también por Marín, y que en su día veló y protegió a los toreros, siendo invitada de lujo a su fiesta en honor, recuerdo y beneficio de sus hijos caídos en septiembre.

La solemnidad y respeto se hizo presente en un intenso minuto de silencio, con los toreros alineados en el paseíllo, formados como lo hicieran los brigadistas dispuestos a dejar su vida por sus semejantes. A continuación, 44 mil almas entonando el Himno Nacional Mexicano, con presencia en el ruedo, de seis gallardas mujeres vestidas de adelitas, las cuales bien montadas a la usanza charra, portaron el estandarte de la Virgen de Guadalupe.

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El tenor mexicano Fernando de la Mora llenó el embudo de Insurgentes con su voz, al entonar el Ave María, mientras las adelitas realizaban maniobras con sus jacas en lo que resultó una danza de respeto y devoción por lo mexicano.

La cantidad de emociones ya era intensa y no había salido el primer toro.

De pronto, salió, un precioso astado con toda la barba del hierro de La Joya, para el gran rejoneador Pablo Hermoso de Mendoza, quien dio cátedra al montar sus majestuosos caballos y lidiar con maestría un toro que no se lo puso fácil, que le medía mucho y que le cambiaba la velocidad e intensidad en las embestidas cuando sentía que lo podía alcanzar. Temple y suavidad, elegancia y clase del navarro, que de no haber fallado con el rejón final, hubiese cortado la primera oreja de la tarde.

Joselito Adame, a quien el público que lo encumbró había tratado mal, bastó un buen toro de Santa María de Xalpa, para volver al ánimo de aquél, con sensibilidad de captar la verdad de un hombre que debe ser admirado por su historia y trayectoria, gusten sus formas o no; eso se vale, así es el toreo. Puso el alma y su vida en la línea ante el toro, con la faena cuajada se fue tras la espada sin muleta; mayor verdad, imposible. Una fuerte petición de oreja, concedida, y seguía la petición para que el juez, el Maestro Jesús Morales, otorgara la segunda.

José Tomás, en su única corrida del año, con un toro tuvo para demostrar, callar bocas y ratificar su tauromaquia. Un bravo y bello toro de Jaral de Peñas fue el cómplice. Crearon magia, belleza, emoción, y llevaron la verdad del toreo al nivel más extremo; más cerca, imposible, y más despacio, difícil. La espada le privó de cortar dos orejas de ley.

Octavio García El Payo, no tuvo suerte, su toro en turno, de Fernando de la Mora, no tuvo la presencia digna de esta plaza ni de la cita con la historia, por lo que fue devuelto. Salió el de reserva, un guapo toro de Jaral de Peñas, que pese a su trapío y arrogancia, no tuvo la bravura para permitir al queretano deleitar con su arte.

El Juli, ante un bellísimo toro de Montecristo, tuvo materia sólo durante la mitad de la lidia. El capote fue sublime con un toro embistiendo por abajo y muy de verdad; lances y chicuelinas que presagiaban obra grande. En la muleta se apagó el toro y la obra no hubo de consumarse.

Sergio Flores, Xajay y La México, tienen un pacto secreto. Combinación que no falla en los momentos clave. Esta vez el toro fue de Villar del Águila, hierro también del arquitecto Sordo. El toro fue bravo, no fácil, exigente y emotivo, y de esa misma forma estuvo Sergio, valiente, entregado y expresivo. Faena de emoción, emotividad y recompensa a un hombre al que hace apenas cuatro meses un toro de Xajay hirió dramáticamente en San Luis Potosí. Dos orejas de ley.

José María Manzanares tiene el don de Dios de ser y parecer torero. Impactante personalidad, clase desbordante en su toreo y capacidad lidiadora. El de Xajay, bravo y exigente también, pero sucumbió a la sutileza de muñecas del alicantino, que lo toreó a placer, con empaque, profundidad y torería, demasiada torería, embriagante torería. Una oreja que sabe a poco, dado el nivel de la obra.

A Luis David Adame, el arrojo, capacidad y deseos, por momentos lo desbordaron ante un toro cambiante de Villa Carmela. No se dio el cierre con broche de oro de una noche inolvidable, pero sí la certeza de que en ese diestro hay presente. Existe un futuro prometedor.

El 12 de diciembre de 2017, en la Monumental Plaza de Toros México, triunfó el toreo.

 

Twitter: @rafaelcue

 

*Artículo escrito para el diario El Financiero, reproducido por voluntad del autor en Intelisport.

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