Mauricio Kuri, gobernador de Querétaro, se dio tiempo para jugar con las palabras luego de la tragedia. Dijo que algunos fanáticos no son fanáticos, sino “frenéticos”. En la rueda de prensa del domingo 6 de marzo en la mañana precisó además que no había muertos, pero sí varios heridos, dos o tres de gravedad, lo que contradijo la información extraoficial que horas antes circuló en las redes sociales y en algunos medios establecidos cuyas cifras oscilaban entre los 10 y 20 muertos. Al final, contra la percepción producida por los escalofriantes videos de la trifulca en el estadio Corregidora, las autoridades señalaron que sólo hubo lesionados.

A partir de la evidencia es imposible no sospechar que comenzó la operación cobija para salvar el negociazo del futbol profesional. A la hora de la hora, no sólo de él viven los jugadores y los directivos, sino también son una fuente permanente de ingresos para los medios de comunicación. Muchos, pues, saldrían perdiendo si aflorara la verdad con toda su crudeza. Si a esto sumamos el quemón de las autoridades municipales y estatales queretanas, hay sobradas razones para malpensar en una política de control de daños basada en el ocultamiento de las verdaderas consecuencias.

Pero sean verdades o mentiras (en ambos casos expresadas a medias), lo importante es el hecho en sí, la bestialidad de muchos sujetos que simulan ser aficionados y en realidad son delincuentes, tipos que en lugar de cerebro tienen un pedazo de cagada embutido en el cráneo. Viene de hace tiempo, décadas ya, el problema de las porras, hinchadas o barras en el futbol. En países como Inglaterra y Argentina han provocado medidas radicales, como no vender cerveza, impedir que las hinchadas salgan de los estadios al mismo tiempo o evitar, en casos extremos, que los seguidores del equipo visitante asistan al estadio del local.

Las barras no se han disuelto, pero ciertamente en algunos países fue mitigado el número de las batallas campales que durante algunos años eran el pan de cada partido en muchos estadios. No es fácil disolverlas, pues en algunos casos se han convertido en grupos mafiosos que usan el futbol como máscara para embozar las deformaciones de su alma. Se justifican afirmando que asisten a los estadios para alentar al equipo de sus amores, pero suelen no ver los partidos por el enardecimiento bobo que los lleva a creer, como tarados, que su equipo es “el mejor”, “el único”, “el más grande”, exactamente lo que no aceptan miles de fanáticos más en todo el mundo. Una estupidez, sin duda.

Acabar con la plaga de la afición enfermiza, manifiesta sobre todo en las hinchadas que operan como hordas, no es tan difícil. Basta con impedir su ingreso a los estadios, espacios en los que entran en trance violento a la menor provocación de un carrujo de mota. También le vendría bien a los partidos de nuestra liga que no se vendiera cerveza y, claro, operativos de protección civil menos laxos que el que vimos el sábado 5 de marzo en Querétaro, donde incluso se sospecha que la policía facilitó el accionar de los trogloditas.

Otra medida oportuna es la de solicitar a los “periodistas” que no le hagan al vivo en las redes y en los programas radiofónicos o televisivos de panel. Cuando hay violencia en los estadios, en muchos comunicadores aflora la doble moral de pedir mesura. Hipócritas. Afirman que el futbol “es solo un juego”, “un espectáculo familiar”, pero a la hora de informar y comentar, por el rating o los likes, se mofan, denigran, insultan a ciertos jugadores y a ciertos equipos, lo que a la postre exacerba ánimos en el aficionado generalmente primario de este deporte, quien suele vivir obsesionado con la venganza vicaria del meme o, en el caso de los barrabravas, con la acción directa contra el enemigo cada vez que se presenta la ocasión.

En 2011, Querétaro fue considerada la palabra más bella de nuestro idioma. Diez años después esta misma palabra da la vuelta al mundo como teatro de la barbarie.