No sé si hay muchos casos como el mío, pero supongo que son raros. Me refiero a la afición pareja por dos equipos del mismo torneo, una especie de amor siamés. He explicado ya en otro momento el origen de esta duplicidad de afectos, un sentimiento que maduró lenta e inexorablemente en mi corazón hasta dar con mi actual condición de aficionado doble, como si ahora sí, aunque no creo en horóscopos, se validara el hecho de que me tocó ser géminis. Sé que muchos jóvenes y no tan jóvenes son hoy aficionados a dos equipos, uno local y otro por lo general europeo. Así, hay ahora muchos santistas y al mismo tiempo hinchas fervientes del Barcelona o Real Madrid, y cada vez más, también, de equipos italianos, ingleses, alemanes y franceses. Pero (esto es lo raro) que alguien tenga equitativo cariño a dos equipos del torneo mexicano casi no se ve, y es mi caso. Soy, a la par, azul y verde, o verde y azul, da igual.

Por tal razón, toda esta semana me voy a sentir con el corazón partío, por citar la letra de un cantante que detesto. Sé, como he respondido a todos los que me bulean, que tras el pase de Santos Laguna contra Puebla el domingo pasado aseguré al unísono la tristeza y la alegría. Entiendo que este cruce de sentimientos culminará el domingo en la noche, cuando sepamos quién quedó campeón. En ese momento me sentiré muy bien por el ganador, y muy mal por el que se quede sin el título. Lo mismo sentí hace algunos años, cuando ambos equipos llegaron a la final que concluyó con un triunfo para los de La Laguna.

Ambos clubes llegan, si no me engaño, en su mejor circunstancia, sin lesionados, con todas las baterías cargadas. Pese a tener un torneo desigual, con altas y bajas, Santos se colocó en quinto de la general y mejoró en la fase de repechaje y de liguilla. El motivo del repunte se debió a la recuperación, por fin, de jugadores como Preciado y Valdés, quienes padecieron lesiones, y a la veloz adaptación de muchos novatos como Campos, Aguirre, Ocejo y Muñoz, que a estas alturas ya agarraron confianza para jugar sin timidez ante cualquier rival. Pese, pues, a tener una campaña con turbulencias, la nave de Guillermo Almada no hizo agua y ha respondido, como se dice en el beisbol, a la hora buena, cuando más se ha necesitado de futbol ambicioso y eficaz.

Cruz Azul, en cambio, tuvo un torneo casi perfecto. Todavía con la sombra del fracaso contra Pumas en la semifinal de diciembre, comenzó el Clausura 2021 con cambio de entrenador, con dos derrotas y un panorama que parecía encaminado a la catástrofe. Luego vino el racimo de triunfos consecutivos que lo encaramó en el primer lugar de la tabla, después la liguilla en la que se vio bien en general, aunque sacando el jale con algo de zozobra frente a Toluca y Pachuca. También llega a la final con el equipo entero, sin bajas “por el tema” (así dicen muchos periodistas deportivos) de lesiones, y al parecer muy motivado por Juan Reynoso y la certeza de que ahora sí, por fin, luego de 24 años, tras muchos intentos fallidos, después de varios fracasos sonoros, definitivamente, esta oportunidad es la buena.

Me preguntan, reitero, de qué lado me canteo en este dilema. Respondo que prefiero no responder, suspender el juicio y dejar que la historia eche un volado, como llamamos en México a la moneda puesta en el aire. Ahora bien, alguien me planteó la disyuntiva de otro modo: si fueras indiferente a estos dos equipos, ¿a cuál sientes más viable ganador en este momento? Respondo: por el torneo, por los jugadores, por cerrar en el Azteca y sobre todo por la urgencia, creo que Cruz Azul tiene una leve ventaja. Lo pongo así: 45% contra 55%.

Pero bueno, mejor cierro el pico y me resigno desde ya a ser feliz e infeliz al mismo tiempo.