AL LARGUERO

Por: Alejandro Tovar Medina

Articulista invitado

CP Luis Abel Tovar: En estos tiempos, cuando hay más escritores que lectores, cuando el estrés y la ansiedad conspiran contra la motivación, cuando los defectos de los hombres que antes se enmascaraban, ahora se camuflan, uno descubre tal vez tardíamente que la verdadera impresión de las cosas inolvidables no suceda la primera vez que las encontramos, sino la segunda, cuando dejamos de conversar y te vas al lugar que pertenece a los muertos, esos fantasmas nostálgicos.

Te gustaba leer a Freud, que quizá arrastraba cansancio y depresión y aunque era despistado, siempre conducía al lector por atajos de ilusión. Eso te indujo, como de niño mirando de reojo a Lenin a no pasar indiferente ante nadie y a dar pasos adelante, que te ahorraban quebrantos. Y no fuiste líder por nombramiento, sino por el poder del conocimiento y el alma de tu discurso. Perdiste la ecuanimidad un día como hoy, hace 24 años.

Era domingo por la tarde y a eso de las cinco saliste de pronto de la sala, en casa, tomaste la manguera del jardín y derramaste el agua, igual de nerviosa que tú. Incómodo porque un tal Ratón Zárate, junto con socios como Peláez y el más mentado, un tal Matador, amenazaban a tu equipo, Eran demonios vestidos de rojo y blanco.

Ya te había pasado dos fechas antes con Atlas y Neza, jornadas de sufrimiento, pensando en los tiempos de niños en San Isidro, primero con los Fernández, Borrego, Méndez, Castro, Saucedo y luego con los Lupercio, Coyota, Rudy, Villalpando, Salinas y demás. Ya habías tocado el corazón con los años de mediocridad. Pero ahora, de pronto, había un método que desplaza la imaginación.

Te preguntaste diez veces, ¿qué provoca nuestros sueños? Era todo un esfuerzo intelectual. Esas camisetas blancas con rayas horizontales en verde, eran la pureza del espíritu lagunero, su esencia de esfuerzo y las líneas sobre pecho y estómago, los niveles de la esperanza de su pueblo. Por ello, Pedro y Gabriel, encontraron grilletes para sujetar a los sublevados, Benjamín recibió la pelota y la metió al corazón del área para Caballero, que marcó encima de Becerril. Era griterío.

Te acercaste al grupo de eufóricos. Supiste que la transformación de la vida toda cambiaba. Ya se despedían los años de incertidumbre. Ratificaste que para ser felices había que desterrar dos cosas. Una, el temor de un mal futuro y otra, el recuerdo de un mal pasado.

Fue cuando Adomaitis cedió a Nicolás y éste puso a todos en el cielo, cuando Borgetti hizo el mejor remate de su vida.

Decían que fue gol en fuera de lugar. Eso es para discusión. Lo real es para la historia. Fue la hora y el mejor momento. Regresaste a la sala para gritar con los tuyos. La felicidad aterrizaba. Y ahora te vas de pronto, dejando tu sonrisa y tu obra. Solo irás a la vuelta de la vida, para esperarnos. Saluda a Doña Esther y Don Santos, nuestros queridos padres. Serán felices al verte.

Nadie, nadie, nadie, que enfrente no hay nadie

que es nadie la muerte, si va en tu montura

galopa caballo cuatralbo, jinete del pueblo, que la tierra es tuya.

Rafael Alberti, A galopar

Correo electrónico: arcadiotm@hotmail.com