LA FIESTA ESTÁ VIVA

Por: Rafael Cué*

Articulista invitado

La cultura de la tauromaquia, arraigada hace cinco siglos tanto en Europa como en América, vive —como el mundo en general— tiempos complicados. La sociedad en todo el mundo se encuentra al límite de los nervios; la pandemia, la economía, la injusticia, la ecología y la salud, son algunos de los temas que nos quitan el sueño.

El mundo está polarizado: buenos o malos, de derecha o de izquierda, veganos o carnívoros, taurinos o antitaurinos. Mientras tanto se nos va la vida a la velocidad de un tweet, un like, o una cantidad de seguidores en redes que nos confirmen que estamos haciéndolo bien.

Me parece simplemente patético. Hemos perdido autenticidad y la humanidad se está deshumanizando. Vivimos a través de un teléfono, en el que intentamos ser quienes soñamos ser de acuerdo a los estándares que una sociedad impone a través de la manipulación de información.

Ya ni hablar de los políticos (de todo el mundo, pocos se salvan), cada vez con menos vocación, menos capacidad y menos sentido común para actuar en beneficio de la gente en su mayoría, sin agredir a las minorías. Un desastre.

En este complejo mundo de la tauromaquia, existe un dicho que es una verdad como una catedral: “el toro pone a todo el mundo en su sitio”. El sábado 24 de octubre en la plaza de toros de Badajoz —región bendecida por Dios, bañada por el Guadiana, que nace en Albacete y desemboca en el Atlántico en el suroeste de Portugal; 67 kilómetros de vida, donde reina el toro bravo, se cría el cerdo ibérico y pasta el caballo español y lusitano—, se pudo apreciar de manera emocionante la más pura gesta en defensa y promoción de la tauromaquia.

Antonio Ferrera, hijo adoptivo de Extremadura, se encerró ante seis toros de la ganadería de Zalduendo, creación de Fernando Domecq, hoy propiedad de la familia Baillères, que en esta cita fungieron como empresarios, apoderados y ganaderos. Lejos de pensar que buscarían arropar a su torero, llevaron seis pedazos de toros, varios cinqueños que fueron una prueba cruda para un maestro como Ferrera, que rebasa los 20 años de alternativa.

Los taurinos somos complicados de satisfacer, si hubiesen llevado una corrida más a modo, les hubieran caído críticas, si llevaron un corridón de toros digno para Madrid y muy por encima del toro de Badajoz, también les llovieron críticas.

Hagamos una lectura del mensaje final de la tarde: pandemia, la gente quiere toros pero no hay flujo en los bolsillos y el aforo es limitado, la televisión fue el medio para que los interesados viviéramos la gesta; sobran toros en el campo; se monta una corrida para mostrar lo que es el toreo, sin ventajas, sin manipulaciones, la esencia misma del espectáculo, un hombre ante un toro ofreciendo su vida a cambio de la creación artística y ratificación de valores; respeto, sufrimiento, gozo, éxtasis, angustia, felicidad, orgullo, emociones, en resumen, la representación más real y auténtica de la vida misma.

Lejos del resultado numérico —cinco orejas, que no es poca cosa—, Ferrera ofreció un espectáculo completo, mostrando la inmensa variedad de su tauromaquia, hizo cosas excéntricas como cambiar los terrenos al toro y al caballo durante el tercio de varas, lo que a los puristas arrancó el sueño; si bien no es algo que llegó para quedarse, ¿por qué no hacerlo en un toro, en un día especial? Armó su muleta con la mano izquierda (foto), e hizo lo mismo por naturales con la diestra, ejecutó las estocadas desde lejos, andando al toro, ofreciendo el pecho.

En el sexto dio oportunidad a los sobresalientes, gesto de categoría torera; evocando tiempos de Goya se saltó con garrocha al toro, tomó los palos alternado con su cuadrilla y cuando todo era lucimiento y felicidad, en un abuso de confianza del torero, le dio ventajas al toro y éste nos detuvo el corazón; lo prendió del pecho, lo sacudió como un guiñapo y lo aventó a la arena; por la dinámica de la voltereta, se pensó que el pitón había entrado al pecho y que como fin de fiesta le podría haber arrancado la vida, así, en un segundo, como a veces la vida nos sacude. Épica faena y la mejor defensa que puede tener la tauromaquia: la entrega de la vida misma para engrandecerla.

¡Chapó, maestro Ferrera! El toreo es lo que es, gracias a héroes como usted.

Foto: @Firma_ Arjona

Twitter: @rafaelcue

*Artículo escrito para el diario El Financiero, reproducido por voluntad del autor en Intelisport.