LA FIESTA ESTÁ VIVA

Por: Rafael Cué*

Articulista invitado

Huele ya a tierra mojada en el campo bravo mexicano, los toros andan inquietos entre la entrada del verano, el calor, la mosca y la sensación de lluvia. La semana pasada anduve por Zacatecas, en el campo bravo. Tranquilidad, aire fresco y puro, la posibilidad de observar y pensar al toro, su entorno en pleno equilibrio con otras especies.

Debido a la situación actual, al no haber festejos taurinos, el ciclo de salida de toros se ha detenido, lo que ha provocado que el toro siga en los cebaderos, aumentando la sensación de riesgo entre los animales adultos, territoriales e imponentes.

No pude dejar de comparar las sensaciones que en el encierro hemos sentido las personas que estamos trabajando desde casa, la ansiedad de desconocer el futuro dentro del entorno económico y laboral; si bien la prioridad es la salud, no podemos dejar de ocuparnos y preocuparnos de otros temas.

La cabaña brava, o sea los toros y las vacas, becerros y becerras, demuestran la sabiduría natural del ciclo de la vida y la muerte. Venimos de un año seco, las vacas se mantienen con lo indispensable y demuestran su fortaleza adaptándose a las condiciones más adversas; no entrarán en calor hasta no saber por su instinto natural que cuentan con los nutrientes, primero para sobrevivir ellas, y luego el becerro que pudiera nacer.

Los ganaderos —con base en el conocimiento que otorgan los años y las miles de horas de observación, aunado a la ciencia con el apoyo nutricional guiado por los veterinarios— no completarán los empadres con los sementales escogidos, hasta que no llueva y el campo verdee. Dichos toros llevan ya meses preparándose con una alimentación balanceada, vitaminas y el respeto que da el tiempo al dejarlo seguir su curso y hacer su trabajo. Con los toros listos, las vacas esperan en calma a que llueva para en ese momento iniciar el ciclo de la vida, recibir al semental y dejar de nuevo a la naturaleza tomar su camino y que el toro responsable de regar sus genes bravos en conjunto con cada vaca traigan al mundo ya sea un becerro o una becerra para mantener el equilibrio natural de la ganadería.

Cayeron las primeras lluvias, por la tarde y por la noche. El campo cambia de color y olor. El humano que cree saberlo todo se maravilla cuando se detiene, se hace a un lado, observa y disfruta de los animales, desde las miles y miles de hormigas que no cesan de trabajar, los reptiles que sigilosos rondan los caminos y arbustos, hasta las aves que surcan los cielos llevando y trayendo comida para sus polluelos. Nacen los potros y potrancas de las caballadas y el esplendor del campo asombra al ser humano.

Mientras tanto el toro espera sin prisa pero sin pausa. El animal adulto, arrogante e imponente, demuestra ya la tensión que le provocan las lluvias, bienvenidas siempre pero que sin duda le alertan el temperamento y las peleas se suceden con mayor frecuencia.

Al mismo tiempo los becerros recién nacidos juguetean bajo el amparo de sus madres, vacas adultas que como buenas madres lo saben todo y van enseñando a sus crías los secretos y momentos del campo.

Fascinante contraste, maravilloso pensar que esos becerros ya con actitud de bravo se convertirán en unos años en los toros que veremos en las plazas, y ellas en las futuras madres y ejes de la ganadería.

Twitter: @rafaelcue

*Artículo escrito para el diario El Financiero, reproducido por voluntad del autor en Intelisport.