AL LARGUERO

Por: Alejandro Tovar Medina

Articulista invitado

Este miedo colectivo que ahora nos atrapa, esta peste que abre los ojos a los ciegos y nos muestra que la sombra de la muerte está siempre con nosotros, es una forma de ver también que la suprema facultad del hombre no es la razón, sino la imaginación, esa que siempre nos acompaña y que ahora mismo fabrica vidas alternas que nos separen de la terrible y cruel realidad.

Está visto que hasta las estadísticas son incapaces para detener el pánico generalizado, pues la gente vacía las tiendas y se llena de productos. Cierran las escuelas, las universidades, los espectáculos deportivos y musicales se dan sin público.

Todo mundo sabe ya que el COVID-19 por igual ataca a héroes que a villanos, a ricos que a pobres, a políticos que a campesinos. A todos. Entonces, ¿qué tal si damos una mirada al pasado, al no sentirnos atraídos por el presente?, porque los recuerdos tiran de otros, van y vienen, se encargan de abatir a los demonios particulares y aunque las sombras lúgubres y oscuras no se pueden ocultar en cajones, debemos continuar dándole al panorama de vida, nuestra mejor versión, aunque sea de vida alternativa.

Eso mismo sucedió viendo por tv el triste panorama del Estadio Azteca, que atesora las voces y las pisadas de los viejos héroes, que con esas mismas casacas llenaron una época, diferencia total, porque ese poder tienen los recuerdos, de hacerlos tan gratos, que los creemos superiores a los protagonistas actuales, quizá porque para entonces éramos jóvenes y nuestra afición era mayor, uno podía ver el futbol con ojos de fotógrafo estelar, de esos que tienen una mirada muy lejana.

Aunque también hay joyas. Corona no es José Miguel Marín pero le detuvo un penal a Aguilera. Cabecita no es Muciño pero dobló a Ochoa. Y uno mismo, deja que la imaginación meta en la sala de casa las imágenes de Bustos enganchando por derecha y haciendo fintas para meter centros con la punta, como acariciando la pelota en su rol de maestro, llevando pánico al área donde Pajarito Cortés era la víctima, mientras abajo Kalimán y Quintano ponían trampas sobre Enrique Borja, con Sánchez Galindo y Alejándrez que aprisionaban a Monito y Borbolla, por las buenas y por las malas.

Hasta Guerrero parecía lejos de ser como Mendoza Guillén, Yamasaki o R. Márquez. Digamos que es la melancolía la que nos proporciona un mejor aprecio de los momentos vividos, en ese extraño poder curvo del tiempo, porque no es soportable el ver los estadios vacíos y encima la suspensión que la esperanza impone, como solo momentánea. Todo se reduce a mirar en tv, con el deseo que todos esos héroes se desborden tanto que salgan del aparato y rompan la cristalería, pues de alguna forma tenemos qué despertar y meternos en la realidad absoluta. En ella, se deberá apreciar que Santos avanza a remolque, con Torres como un peligro a marcar y con Almada, que debe temer más al infarto que al COVID-19. Menos mal que el talento de Lozano sigue vigente y como el domingo apenas, bastó para ser un trampolín de la nueva felicidad.

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