Por: Rafael Cué*

Articulista invitado

La tauromaquia es un claro reflejo de la vida: sus momentos buenos y sus momentos malos. Esto forma parte de su rotundidad, la vida y la muerte, el triunfo y el fracaso. En cualquier ámbito de la vida, tanto personal como profesional, nos enfrentamos a momentos cruciales que de su devenir dependen muchas cosas: el trabajo, el noviazgo o el matrimonio, la amistad o el ver capitalizado o truncado un sueño.

La pasión por esta cultura es difícil de explicar. Su dimensión, lo que significa vivir el toro, amarlo, venerarlo hasta llegar al grado casi de obsesión por entender su misterio: la bravura. De esta bravura emana el toreo, ejercicio espiritual que lleva a un hombre a jugarse la vida, lo cual para nosotros los mortales es heroico, pero para los toreros está asumido. Para ellos, este ejercicio espiritual es una necesidad del alma. Su forma de expresión, de sentirse vivos, de desarrollar una relación de amor profundo al toro, parece ilógica y muchos no la entienden, les parece un disparate, algo salvaje y cruel. Es complicado exponer un sentimiento cuando al que se le explica no le da la mente para intentar comprender al otro; la cerrazón, el egoísmo de no respetar y escuchar despierta encono y desánimo social. Ojo, no sólo en lo taurino: lo estamos viviendo como país; estamos divididos y esto no nos llevará a nada positivo.

En esta bendita locura del toreo, entran ganaderos, toreros, artistas, escritores, fotógrafos y público; buscamos ese momento efímero que se mantiene toda la vida en el alma y el corazón, la embestida perfecta, la faena, la foto, la pintura, los párrafos y el sentimiento de estar en una plaza y converger todos en una fracción de segundo con el momento de éxtasis emocional que se graba en el alma y que sólo puede dar el toreo.

Intento poner en contexto la profundidad de este sentimiento para poder comprender la intensidad de eventos que suceden taurinamente hablando este verano. En México, es tiempo de novilladas. Tijuana ha apostado por la grandeza y han surgido tres triunfadores con corte de orejas, pero han dado de qué hablar también otros novilleros. Se buscaba un triunfador para alternar con los matadores; hoy, después de tres festejos, hay tres triunfadores con dos orejas cortadas. Veremos cómo el matador Alejandro Amaya resuelve este bendito problema; seguro estoy de que con su modo de entender la grandeza de la Fiesta, lo hará de forma espléndida y con gran taurinismo.

La plaza de Arroyo, al sur de la Ciudad de México, comienza a dar frutos; Eduardo Neyra, joven torero duranguense que ha toreado muy poco, ha dejado con cada actuación un grato sabor, al mostrar la actitud que tiene que tener un novillero: ganas desmedidas de luchar por su sueño, engrandeciendo el ser torero, el entregarse sin medida a triunfar con la experiencia limitada por su poco rodaje, pero supliendo el oficio que sólo se adquiere con el tiempo, con valor y entrega, ese es el camino. Las temporadas en Arroyo son realmente importantes, es semillero de toreros, oportunidad para que las ganaderías ofrezcan posibilidades a los más jóvenes.

En España, la Temporada está a tambor batiente. Toreros y ganaderos están siendo protagonistas de una Temporada excitante. Triunfos rotundos, faenas históricas, indultos y cornadas: la Fiesta en todo su esplendor. Toreros consagrados luchan a brazo partido por mantener su estatus ante los embates de los jóvenes prodigio, como es el caso de Pablo Aguado, que si todo mantiene el rumbo de la lógica, ha llegado a revitalizar el ánimo de los taurinos, que no es poca cosa. Ha reaparecido Román, joven torero valenciano que en San Isidro le vio la cara a la muerte y que, gracias a Dios, ha vestido de nuevo en seda y oro en su tierra. A Rafaelillo, experimentado torero en las llamadas corridas duras, que muchos confunden con bravas pero que realmente son malas, un traicionero Miura se le fue al pecho en Pamplona y no lo mató de milagro. La bravura es una lucha de frente con nobleza, no artera embestida. Gracias a Dios el madrileño lo cuenta, y aunque la convalecencia será lenta y dolorosa, el toro le tiene su recompensa guardada.

Por sorpresa, Varea, un joven matador de toros con estupendas cualidades, se ha cortado la coleta. Él sabe sus motivos, y desde aquí le doy mis más sinceros respetos y le deseo suerte en lo que emprenda. La tendrá.

Twitter: @rafaelcue

*Artículo escrito para el diario El Financiero, reproducido por voluntad del autor en Intelisport.

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