Un amigo disfrutaba y a la vez sufría en los festejos taurinos, a los que acudía al lado de su padre. Me contaba que su ya fallecido progenitor fue un asiduo aficionado de “los de sol”: de esos aficionados que se ufanaban de nunca haber pisado el tendido de sombra, ya que “la verdadera afición se ubica en la tribuna cálida”. El padre de mi amigo llegaba al coso de la colonia Moderna al filo de mediodía para presenciar el sorteo y posterior encierro de los bureles a lidiarse en cada festejo. Después, la plática previa a la corrida. Mi amigo, en sus años mozos, arribaba a la plaza cuando los protagonistas estaban listos para partir plaza; le causaba felicidad llegar sobre la hora y que su barrera de sol lo estuviera esperando. Gozaba la convivencia con su padre y los amigos de éste. Sin embargo, la felicidad se disipaba abruptamente cuando, en uno que otro festejo, escuchaba ese grito que le aterrorizaba:

—¡Ese toro es el que me gusta! – Gritaba el padre de mi amigo.

—¡No, papá… Por favor! – Era la temerosa réplica de mi amigo.

—¡Ese toro es mío: ahí voy! – Insistía el ansioso señor mientras comenzaba a brincar de la barrera hacia el callejón, mientras mi amigo trataba de detenerlo infructuosamente.

—¡No, papá, nooooo…..!!!! Terminaba sollozando al ver a su padre primero frente al burel, y después siendo desalojado del ruedo por la fuerza.

Alrededor del año 2000 me encontré a mi amigo a las afueras de la misma Plaza de Toros Torreón, acompañado de su padre. Para mi sorpresa, al igual que yo, ese día ingresó a la tribuna de sombra. La edad del padre de mi amigo ya era en ese momento algo avanzada, por lo que ya no era conveniente exponerlo a la radiación solar, así que, a pesar de sus insistentes protestas, ingresó al tendido techado. Ya en las gradas comenzaron las quejas del señor:

—Yo no soy de sombra, aquí estoy aburrido. ¿por qué me traes aquí, hijo?

—Papá: es malo que se asolee. Además, se ve igual la corrida desde aquí.

—Pero aquí no está la afición, ¡aquí estoy entre puros villamelones!

—Papá: quienes aquí están, son también aficionados, pero, así como usted, no se quisieron exponer al sol. Disfrute la corrida y no haga corajes.

Minutos después, la concurrencia que se ubicaba en la tribuna cálida lanzó al unísono y a todo pulmón el ya conocido grito:

—SOMBRA: ¡CHINGUEN A SU MADRE!

Indignado, el padre de mi amigo le reclamó fuertemente:

—¿Ya ves? ¿A eso me traes aquí? Mira nada más: MI GENTE me está mentando la madre.

Mi amigo le respondió:

—Tranquilo, papá: usted sabe que esos gritos son de puro cotorreo. Además, aquí estamos entre pura gente educada…

Mal acababa de decir lo anterior, surgió a todo volumen la respuesta de la afición ubicada en sombra:

—¡JO – DI – DOS… JO – DI – DOS… JO – DI – DOS!

Al escuchar dicho coro, el padre de mi amigo, aun más molesto, expresó:

¡¡¡Ai’stá tu pinche gente educada!!!

De repente así sucede….

 

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