La fiesta está viva

Por: Rafael Cué *

Articulista invitado

 

Hombres tocados por la mano de Dios, artistas que viven bajo reglas no escritas establecidas hace cientos de años, seres capaces de vivir en este mundo moderno, pero con sus propios lineamientos, adaptándose, pero abstrayéndose para poder crear y expresar el volcán de sentimientos que es el toreo y que fluye por la sangre de los hombres en seda y oro ante un toro, jugándose la vida.

Los vemos actuar y los admiramos, sus tardes de gloria son momentos de éxtasis donde, según dicen, parece que se llega al cielo, y que en tardes puntuales al llegar al cielo se habla con Dios, y en las tardes de locura, Dios contesta. Pero, ¿cómo estos hombres son capaces de lograrlo? Podría parecer incluso un ejercicio de mentalización o meditación de muy alto nivel.

La naturaleza del encuentro entre un hombre y un toro da miedo; este animal imponente por su fuerza, certeza y belleza, lo primero que causa es respeto, miedo. ¿Cómo entonces los toreros son capaces de abandonar su cuerpo, situarse cerca del toro y terminar entablando un diálogo silencioso con la vida y la muerte, que ambos comprenden? Mi teoría es que viven en torero. Intentaré explicar a qué me refiero con esta frase que en el mundo del toro se escucha mucho y se practica poco.

En sus inicios, a los maletillas —como se les llama a los toreros antes de ser novilleros— les animan los sueños de gloria, de fama, de dinero, sin ser conscientes de lo que significa perseguir el objetivo, ni siquiera alcanzarlo, tan sólo intentarlo. Aquí es donde entra en juego la vocación por esta manera de vivir.

La vocación es el motor real que mueve a los sueños, al sacrificio, a forjar el carácter a base de frustraciones, injusticias y no perder el cometido de seguir adelante con una fe ciega en ellos mismos y, al mismo tiempo, conociendo al toro.

Cuando el toro se te mete en la sangre ya no hay forma de hacerlo a un lado, incluso como aficionado, siempre está presente, lo traes en la cabeza, utilizas lenguaje taurino para la vida diaria y cualquier pretexto es bueno para hablar de toros.

Los toreros lo llevan al extremo, ellos literalmente llevan 24 horas del día al toro en la cabeza y en el alma. Cuando el insomnio les abraza, ellos se zafan de sus brazos, toman una muleta y sueñan practicando el toreo de salón, las yemas de los dedos al sentir la muleta comunican una especie de tranquilizante al cuerpo, como el abrazo de una madre a un niño inquieto.

Pasan las horas y el torero permanece ahí, midiendo las velocidades de cada muletazo, la altura con la que lleva la muleta, la forma de girar la muñeca al término del pase con la finalidad de que ese suave giro haga que los vuelos de la tela fluyan con suavidad para seguir enamorando la bravura del toro y que éste siga embistiendo por debajo, ambos con la existencia en la fina línea del toreo, del juego entre la vida y la muerte.

Vivir en torero es soñar, imaginar el color de un terno nuevo en alguna plaza de toros bajo el reflejo del sol radiante, disminuir la velocidad de un toro con el suave bamboleo de los vuelos de la muleta para enganchar la embestida, y una vez que el toro obedece, fundirse con él con el cuerpo olvidado, entregado totalmente y asentado en la arena, acompañando el movimiento del poderoso animal con la suavidad de un vals. Toda esa potencia del toro unida a la reciedumbre del espíritu de un hombre dispuesto morir en busca de poder vivir en torero.

La fama, el dinero y la gloria vienen por añadidura, sin este sentimiento el toreo no sería un ejercicio espiritual aterrizado a lo terrenal, sería una simple lucha de fuerzas donde por lo general gana la inteligencia, aunque la bravura cobra de vez en cuando tributo a los hombres de seda y oro.

Fundirse en la soledad del campo, en aquellos atardeceres eternos donde la luz dorada marca la silueta de la bravura y el torero piensa si su vida terminará en alguna de ellas, o si será una de esas siluetas la que lo elevará a lo más alto de la tauromaquia. El morir intentándolo o el vivir buscándolo.

Twitter: @rafaelcue

 

*Artículo escrito para el diario El Financieroreproducido por voluntad del autor en Intelisport.

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