Diálogos con Tadeo – Capítulo IV

 

Tras algunos meses de no verlo, recibí llamada de mi buen amigo Tadeo, el seguidor incansable de programas deportivos y redes sociales, citándome a la botana sabatina.

—Ya que no habrá futbol esta semana, hay que vernos cuando menos para platicar – fue su invitación.

Lo noté molesto. Quedamos en vernos en el bar de costumbre a las 2 PM, tras finalizar el programa radiofónico en el que participo cada sábado.

Al arribar al bar, pensé en un principio que Tadeo aun no llegaba, ya que encontré vacías las mesas pegadas a la puerta, en las que mi amigo suele instalarse. Cuando me disponía a preguntar por Tadeo a Amarildo, el barman – realmente se llama Fulgencio, fue bautizado como Amarildo por el camello Murra, uno de los asiduos parroquianos, tras su regreso a la barra luego de convalecer de una hepatitis que lo atacó hará cosa de unos seis años –, lo vi sentado, sorpresivamente, en una escondida mesa junto a un rincón. Su semblante era una mezcla de tristeza y enojo, por lo que lo saludé diciéndole:

—¿Y tú qué chingados traes ahora, Tadeo?

—¿Por qué, o qué? — fue su retadora respuesta.

—Pues traes cara de perro regañado, cabrón. Hasta al rincón te mandaron.

—Ando encabronado. ¿Cómo quieres que ande?

—Cada quien anda como puede, güey – fue mi respuesta –.

Me senté a la vez que avisté a “Arturín”, un simpático mesero a quién grité en tono enérgico.

—Mijo, tienes seco a este cabrón – refiriéndome a Tadeo –. ¿Ya no lo quieres, o qué?

—Llegó mentando madres – respondió –, que lo atienda su mamá. Me le acerco y capaz que me suelta una mordida.

—Tráele un tanque – ordené –, y otro para mí. Si te quiere morder, de aquí le jalo el bozal.

Tadeo quería reir, mas su semblante no dejaba de reflejar molestia. Continué cuestionándolo:

—Y a todo esto. ¿Qué fue lo que te hizo encabronar?

—Ya sabes lo que sucedió ayer. Pinches árbitros nos dejaron sin futbol este fin de semana. Eso me tiene encabronado… Y tú también deberías estarlo, en lugar de defender al aire a esos cabrones. Te escuché, en el programa.

—¡Bájele de güevos y no ande manoteando, muchacho! – lo corté en seco –. De entrada, no nos dejaron sin futbol. Mira – señalé el televisor que se encuentra montado en una de las paredes del bar – : en la tele hay liga española. Mañana habrá futbol español, italiano, holandés, alemán…

—Me interesa el nuestro, mi chavo… el mexicano. Anoche ni mi caguama me pude tomar porque no pasaron el partido.

—Me hubieras invitado – respondí –, y nos la hubiéramos tomado platicando de otras cosas. Pero dime: ¿Tú crees que los árbitros son los culpables de que esta jornada no haya futbol?

—¡A HUEVO! – gritó – Ahora resulta que ellos son quienes quieren ordenar qué sanción merece cada jugador. ¡Que no jodan!

Arturín, quien en ese preciso instante nos servía nuestros tanques de cerveza bien helada y la botana correspondientes, interrumpió:

—¡Éytale! No ladre. Llévalo a vacunar, compa… – me dijo, al tiempo que, esbozando una socarrona sonrisa, anotaba el importe de lo que nos había despachado en el cartoncillo ubicado en el servilletero del centro de la mesa.

—Ya ves. No te encabrones, que asustas a Arturín – quien en ese momento se retiraba –. Pero bueno, volviendo a los árbitros. Ellos no están pidiendo sanción a su antojo. Sólo quieren que se aplique el reglamento. A dos de ellos los golpearon, y la sanción correspondiente, la que indica el reglamento, es de un año. ¿Es mucho pedir?

—Pero si no les pasó nada…

—Ah. ¿Tiene que correr sangre, o sacar chipote, para que se dicte una sanción así? Si alguien te dispara y no atina el balazo, ¿es atenuante?

—Pero ellos se lo ganan, por ser tan prepotentes, además de malos y tendenciosos.

—Mira, Tadeo. Son como los profesores de la escuela. Hay de todo. Algunos lo son por vocación; otros, porque fue de lo que encontraron trabajo; otros más, para desahogar sus complejos. Sin embargo, nos guste o no, son la autoridad dentro del terreno de juego. El hacerlos ver como simples instrumentos, simples patiños, cuyas decisiones pueden ser revocadas en la mesa, los hace a un lado. Si no les van a respetar la autoridad con la que los reglamentos los facultan, vayamos jugando sin árbitros, como en el barrio. ¿Son prepotentes? Algunos sí lo son. ¿Son malos? Desgraciadamente, lo son en su mayoría. ¿Por qué, si son tan malitos, siguen actuando? Tengo mi teoría. En un momento te la diré. Y de que son tendenciosos: no creo que lo sean por iniciativa propia, sino que son víctimas de las circunstancias.

—A ver, explícate. Si con tan malos los árbitros mexicanos, ¿por qué son ellos los que pitan?, ¿no hay otros mejores?

—No dudo ni tantito que haya otros árbitros mejores…

—Entonces, ¿por qué no los contratan a ellos?

—Es un tema muy interesante, Tadeo. En este momento, nos damos cuenta de que la tan cacareada “profesionalización” del arbitraje mexicano es un intento completamente fallido…

—¿Eso qué tiene que ver?

—Vámonos hacia atrás, Tadeo. ¿Recuerdas a los árbitros de antaño?

—Si. La mayoría unos ruquitos pelones y bofos…

—Pues esos ruquitos pelones y bofos, de los que hablas, imponían respeto a los jugadores. Algo que estos cuates no saben hacer… Hablo de que el respeto no se adquiere así porque sí, sino que se gana.

—Entonces, ¿por qué ya no hay árbitros como ellos?

—Regreso a lo mismo. Vamos uniendo las piezas mientras le damos en su madre al chamorro que viene llegando – comenté mientras Arturín colocaba al centro de la mesa el rico manjar, acompañado de tortillas, salsa y limones.

—Y tráete otros dos tanques más – complementó Tadeo, ya un poco menos crispado.

—¡Ándele! ¿Qué le cuesta hablar como la gente decente? – reviró Arturín mientras se alejaba, divertido.

Tras una pausa, en la que procedimos a separar la carne del hueso de aquel delicioso chamorro adobado, para posteriormente colocarla en nuestra respectiva tortilla, agregarle una cucharada de salsa y exprimirle encima una mitad de limón, Tadeo retomó el hilo de la charla:

—Une las piezas, pues…

—Fíjate bien. Regresemos a los árbitros de aquellas épocas. Efectivamente, su aspecto físico no era el de los actuales. Eran silbantes que no imponían por su complexión, sino por su personalidad. Aquí, antes de que repliques, quiero que te vayas al contexto de aquellos días. Aquellos árbitros no vivían del arbitraje. Cobraban por ejercer con el silbato, es cierto, pero el arbitraje no era su principal actividad. Ejemplos te voy a dar unos cuantos, por si no lo sabes o no lo recuerdas. Mario Rubio, Teniente Coronel en el Ejército Mexicano; Arturo Brizio, Abogado; Eduardo Brizio, Veterinario; Bonifacio Núñez, Vendedor de vehículos; Armando Archundia, Abogado y Economista; el mismo Edgardo Codesal, tan cuestionado, Médico. Y otros más que no recuerdo su profesión principal, pero eran personas a las que los jugadores veían con sumo respeto: Marcel Pérez Guevara, Marco Antonio Dorantes, Antonio R. Márquez…

—¿Y los actuales?

—Los silbantes actuales, para poder actuar, deben dedicarse única y exclusivamente al arbitraje.

—Pues eso está bien. Si se dedican a una sola cosa, no se distraen.

—Tu apreciación sería correcta, si en los hechos, los nazarenos tuvieran un contrato fijo, que por dedicarse al arbitraje se les resolviera la situación económica. Pero sabemos que no es así. Un árbitro actual cobra a destajo. Es decir, si es programado para actuar, esa semana recibe dinero. Si no es programado, no gana. Y encima de todo, no le es permitido tener una actividad adicional para asegurar su sustento. ¿Te parece correcto?

—Claro que si – manoteó Tadeo muy convencido –, que piten los mejores. A los otros, si no les parece, que dejen de arbitrear y se dediquen a otra cosa.

—A ver, Tadeo. Tú que te la pasas escuchando cuanto programa deportivo sale al aire, seguro en más de una ocasión has escuchado cuando a equis o ye árbitro no lo han programado para pitar después de haber recibido inconformidad contra él de parte de cierto equipo, cierto director técnico o cierto directivo. Nos damos cuenta que la preocupación con la que sale el árbitro al terreno de juego no es principalmente la de procurar justicia, sino la de quedar bien con los dueños del espectáculo, para asegurar seguir recibiendo dinero. Por lo mismo nos parecen tendenciosos. No hay árbitro que no se equivoque. Agrégale que ahora sus equivocaciones son magnificadas por la tecnología, por ex árbitros que los ponen “bajo la lupa” señalando a toro pasado qué debió marcar. Entonces la preocupación de los árbitros ante la duda es que, si se han de equivocar, deben hacerlo a favor del equipo poderoso, del equipo mediático, del equipo que más presiona en la Liga. Porque sabemos que, para rematar, cuando se presiona mediáticamente, quien preside la comisión de arbitraje, muy diplomáticamente, decide suspender al silbante cuestionado hasta que el asunto se enfríe. Y en lo que se enfría, el silbante cuestionado deja de llevar el pan a la mesa de su familia.

—¿Seguro que es así? – preguntó Tadeo mientras el tamaño de sus ojos parecía abarcar una mayor proporción de su rostro.

—Recuerda tanta noticia que escuchas cotidianamente y, como te decía anteriormente, arma el rompecabezas.

—Son chingaderas… con razón.

—Y, para terminar de responder otra pregunta que me formulaste hace unos momentos: seguro que hay elementos con mayores facultades para actuar como árbitros. No lo son porque no aceptan las actuales condiciones de trabajo de quienes así ejercen. Aquellos árbitros ruquitos, pelones y bofos, no vivían del arbitraje. Por eso hacían su chamba. No tenían la presión de quedarse sin dinero si se equivocaban. No quiero decir que les valía madre, pero en este aspecto no tenían el estrés que tienen los nazarenos actuales.

—Son chingaderas, entonces – exclamó Tadeo, mientras yo levantaba la mano para pedir la cuenta.

—Hay otro elemento que lo agrava todo – proseguí –. Te decía que los árbitros son buenos, regulares y malos, como los profesores. De la misma manera que sucede con los profesores, que en muchos casos pasaron de ser una autoridad en muchas ocasiones incuestionable a meras ventanillas que, durante un período, se dedican a desahogar el trámite de “enseñanza/aprendizaje” de los alumnos, para finalmente otorgar calificaciones aprobatorias, independientemente del desempeño; finalmente, el alumno paga… y como “el que paga, manda”, el profesor es ahora subordinado y, en muchas ocasiones, hasta rehén del alumno. Así sucede con muchos jugadores, que vienen de estratos sociales, económicos y culturales muy bajos. Al volverse profesionales y ganar cantidades de dinero que en su vida imaginaron, se sienten poderosos, intocables… y no van a permitir que un pobre muerto de hambre con un silbato les imponga autoridad alguna. De ahí deriva que estos divos lleguen ahora al extremo de no sólo insultar de palabra, sino de gesticular, encarar y, como vimos hace unos días, golpear a los árbitros. Total: el jugador se siente protegido por sus directivos, mientras que el árbitro no lo está.

—¡Mmmmtamadre! Y yo que pensé en algún momento probar suerte como árbitro – dijo tristemente Tadeo.

—Pues anímate, cabrón. Seguramente pronto estarán contratando.

—¡NEL! ¡Ni madre! – respondió Tadeo mientras entregamos a Arturín el importe de la cuenta, así como su bien merecida propina.

Dimos el último sorbo a nuestro respectivo tanque, prometimos no dejar pasar tanto tiempo para volver a reunirnos, y enfilamos rumbo a la puerta. A medio camino escuché la voz de Arturín, quien me gritó:

—Hasta luego, Macías. Y qué bueno que pudiste domesticar al perro ese…

—¡Chinga tu madre! Respondió Tadeo mientras cruzaba la puerta que da a la calle, entre risas de Arturín, Amarildo y una gran proporción de parroquianos…. Incluyéndome.

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Twitter: @emaciasm

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