Meter a Cuauhtémoc Blanco (Ciudad de México, 1973) a esta serie puede ser cuestionable, pero quiero ser justo con un jugador que sin duda fue importante en nuestro futbol, tanto que durante varios años su nombre fue sinónimo de talismán así en la selección como en los clubes donde alineó. Fue un caso extraño si nos atenemos a su pinta: grandote, de piernas largas, medio jorobado y con apariencia de lento, el Cuau era sumamente técnico, de una habilidad endiablada para resolver acciones sobre la marcha. Tengo la impresión de que siempre pensaba medio segundo antes que sus rivales, lo que en futbol es una ventaja tremenda, pues permite tomar decisiones cuando los otros apenas se están acomodando. Además de buen futbolista, Blanco era irritante, entrón, hablador, odioso y eficaz. Anotó más de 200 goles de todos los sabores, asistía, la mataba de nalgas, daba pases de lomo, inventó la “cuauthemiña”, era un descarado. Recuerdo que Valdano comentó el Mundial 98 y al hablar sobre el mexicano dijo algo así: “Es raro este Cuauthémoc, la toma y parece que se va a caer, que se le enredará la pelota, pero todo lo hace bien”. Es la mejor descripción del tepiteño.

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