He contado ya, en esta columna y en algún foro público, que la práctica del futbol fue en mi caso un contagio infantil algo tardío. Salía de la niñez, como a los 9 o 10 años, cuando el virus de jugar a la pelota me invadió el cuerpo y, a su manera, también la mente, pues me convertí en adicto comprador y lector de cinco revistas semanales sobre la materia. Eso ya lo he expuesto, y aunque se trate de mí, aunque en la autorreferencialidad pueda sospecharse un dejo de pedantería, aseguro que no busco nada más que describir el buen efecto de la práctica deportiva como extraña propiciadora del hábito de leer. No tiene pues nada de malo si un niño no lee. Lo terrible es que no descubra pronto una pasión como yo descubrí la del futbol en los albores de mi adolescencia.

Pero ahora no hablaré de eso, sino de otro asunto, aunque vinculado al futbol que me atrapó como vicio y, sin querer, alteró hasta mis horas de estudio. Este recuerdo es también, de paso, un desagravio a mi padre. He tardado más de cincuenta años para convertir aquel recuerdo en el ofrecimiento de una disculpa. La idea de escribir este mea culpa surgió al leer Cerrado por mundial (Siglo XXI, México, 2017, 232 pp.), de Eduardo Galeano (Montevideo, 1941-2015). Y no fue por una de sus vistosas estampas ni por una de sus frases citables, sino por una viñeta dispuesta para el texto “La garra charrúa”, la de un balón con apariencia antigua (imagen que encabeza este comentario).

Aunque se trata del mero trazo de un dibujo, la forma de sus gajos es la que conocemos por fotografías. Todavía en los sesenta, los balones de futbol tenían tal apariencia. Todos eran marrones, aún no les añadían color, y tengo la impresión de que botaban con mayor viveza. A diferencia de los actuales, no eran impermeables. Si llovía o cruzaban un charco, adquirían una tonalidad oscura y pesaban más porque absorbían agua. La transición de aquel tipo de pelota a la de polígonos blancos y negros se dio en el arranque de los setenta, y a partir de allí se abandonó todo diseño con apariencia de cuero sin esmalte colorido.

Al llegar al 74 o 75 pedí a mi padre un balón “profesional” y unos guantes de portero. Me dijo que sí, pero, como siempre, el sábado anhelado para ir a la tienda tardó varias semanas en llegar. Sábado tras sábado se daban las cinco o seis de la tarde, y yo preguntaba a mi padre si podíamos ir a Deportes América, en la avenida Victoria de Gómez Palacio, para hacer la compra. Hoy entiendo que mi padre posponía no por capricho, sino por una razón más bien relacionada con el bolsillo. Tenía siete hijos, era empleado de una empresa y supongo que cualquier erogación extra le significaba un sacrificio incomunicable. El caso es que luego de muchos sábados llegó el sábado esperado, el sábado en el que me dijo “vamos”. No olvidaré nunca mi emoción al ver los arreos deportivos en el aparador, los atuendos, el surtido de la mejor tienda de deportes de la ciudad. Luego de mucho revisar precios, mi padre me compró un balón de cuero ya pasado de moda y los guantes de portero más económicos y mal cosidos. No me sentí totalmente bien, pero algo era algo y salimos de la tienda con mis cosas.

Los guantes fueron guardados herméticamente para que no se destruyeran. Yo prefería verlos que usarlos, así que me los ponía en casa sólo para admirarlos puestos, pues sabía que quedarían hechos pedazos a la primera cascarita. En cuanto al balón, dudé algunos días en sacarlo. Temía que se burlaran de mí, pues a kilómetros se veía que no era el más moderno. Un día me animé y dije a mis amigos de la primaria que tenía un balón (aunque ahora no se crea, no todos podían acceder a ese privilegio). Mis amigos celebraron la noticia y me pidieron que lo llevara.

Al día siguiente aparecí con el vejestorio casi proveniente del Mundial de 1930. Temí las risas, pues seguramente todos tenían en la cabeza el de secciones poligonales negras y blancas. Lo que resultó fue muy distinto: nadie dijo nada, armamos los equipos y comenzamos el partido como profesionales. Jugar con mis compañeros y ser el dueño del balón me generó una alegría indescriptible, y no fue sino hasta mil años después que comprendí por qué: lo que interesaba a mis amigos era jugar, no medir la calidad de la pelota.

Esto jamás se lo compartí a mi padre, quien mereció en su momento una disculpa de mi parte y no la recibió. Me había comprado el balón que pudo alcanzar su presupuesto, no uno de lujo. Fue el primer balón de muchos que llegaron después. A él, a mi padre, debo pues el orgullo inaugural de cooperar con el balón para organizar partidos, es decir, para organizar felicidad.

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