AL LARGUERO

Por: Alejandro Tovar Medina

Articulista invitado

Cuando uno mira al austriaco Alaba del Madrid iniciar desde el fondo una contra dinámica y definitoria, luego ya en carrera recibe el cambio de frente y entrando al área, antes de que llegue Mingueza suelta un remate de izquierda como un misil para batir la estirada super de Ter Stegen y marcar un golazo, sepultando al Barcelona querido, que no puede despertar de su pesadilla, uno se reencuentra con el futbol, con una sola muestra de alguien que tiene una mirada que envuelve.

Cuando al mundo lo superaban la ficción y la imaginación obligada ante los héroes del deporte que solo conocíamos por crónicas, historias y fotografías, se desarrollaban aficiones de maravillas sin ver y se iba creando un ambiente de simpatía y amor a la distancia. Éramos esclavos de un periodismo que idealizaba personajes y que encumbraba figuras y ellos mismos, esos narradores de radio y escritores de diarios también tenían sus voces de creatividad como herramienta ideal.

Hoy, somos espectadores que recibimos mensajes inductivos y que leemos notas mínimas que no explican realidad, solo muestran cantidades sin referencia. Nos hacen creer que se nos vienen encima grandes partidos que luego no lo son. A veces el hombre quisiera saber de esa voz que le diga lo que está mirando y lo que espera de ella, no de gritos por un espectáculo que no existe. Y luego el ego nos reanima al decirnos que somos de esos inteligentes que están llenos de dudas.

Ya no hay nada fantástico, solo existe lo real. Vemos la mediocridad del campeonato mexicano, donde pocos se explican las razones, sin considerar que sobran los jugadores extranjeros (muchos de ellos de bajo nivel y rendimiento). También pesa el haber suprimido el descenso y ascenso. Igual cuenta el que doce de 18 puedan aspirar a “calificar” en repechaje para un torneo reducido que solo es sacadinero, por lo que el futbol mexicano es tan adorado como igual de condenado.

El futbol tristemente en ocasiones, no existe y solo es un negocio. Antes se jugaba por un equipo, por una camiseta, por un país y hoy los jugadores son mercenarios del mejor postor y en los clubes existe un ambiente desigual. ¿Cómo mirarán en Santos Laguna los Acevedo, Campos, Aguirre, Jordan que ganarán mil dólares al mes a los becados extranjeros Preciado, Ibargüen, Jeraldino tan fuera de forma y rendimiento mínimo pero que cobran cincuenta veces más? 

El futbol mexicano es un negocio que se llenó de intrusos y su maquinaria a veces tiene movimientos que lo alejan de la naturaleza del juego que debiera ser prioritario, como la defensa del jugador nacional. Cuando Cruz Azul era la verdadera máquina tenía a Marín, Quintano, Vera, Hijitus Gómez. Hoy le sobran los foráneos y lo que rinde está lejos de lo apetecido y obligado.

Lo mejor para reconfortarnos es meternos al beisbol con Atlanta y Houston porque esos hombres son nuestros juguetes vivos y aquí sí, la tv nos muestra a través de las pantallas a los héroes de la nueva historia. Solo debemos estar pendientes de que no salgan del televisor e invadan la sala de casa o una pelota escape y vaya a terminar con toda la cristalería.

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