Vi los seis juegos de la selección mexicana en las olimpiadas, todos en horario de menudero. El de ayer, por ejemplo, comenzó a las cuatro de la madrugada y terminó exactamente a las seis con la victoria por 3 a 1 de México contra Japón. Escribo esto, pues, en modo zombie, más lejos de la cordura que en días de sueño normal. Para despertar no fue necesario programar el ruido del teléfono dizque inteligente, pues poco antes de su aviso se desató en La Laguna una tormenta de extraordinario ritmo en términos de volumen y duración. En el desierto donde vivo no estamos acostumbrados a tanta agua, así que me levanté para revisar posibles estragos. No había goteras ni nada semejante, de manera que me apoltroné frente al televisor con la esperanza de que nuestro equipo se agenciara la de bronce.

De inmediato noté que México jugaba muy distinto al primer choque contra los mismos nipones. Como compartieron grupo, en el segundo partido los aztecas se toparon con los anfitriones y fueron exhibidos sobre todo durante el primer tiempo. Ese día los nuestros perdieron 2-1, pero como habían arrasado a Francia (4-1), a Sudáfrica (3-0) y a Corea del Sur (6-3), llegaron a la semifinal contra Brasil, en la que cayeron por la fatídica —para México— vía de los penales. Perder contra los sudamericanos esfumó la esperanza de medalla de oro/plata para nuestro país, y abrió la puerta a la posibilidad de obtener bronce contra, otra vez, los japoneses. Por suerte, los orientales recién habían jugado dos agotadores partidos hasta los tiempos extras, de modo que, predijo el periodismo, llegarían cansados al segundo encuentro contra los descendientes de Cuauhtémoc, mexicanos por fortuna.

Los especialistas no se equivocaron: el equipo japonés fue otro en el nuevo desafío. Conservaba la técnica y el ánimo que lo caracteriza, pero las piernas de sus samuráis acusaban una merma notable en velocidad. Takefusa Kubo, su mejor hombre, un atacante con la complexión física del actor y cantante Joselito, ya no fue decisivo. Todavía no habían pasado ni quince minutos de partido cuando los mexicanos, con penal cobrado por Córdova, ya iban 1-0. El 2-0 no tardó en llegar, esta vez mediante un certero cabezazo de Vásquez. Así se fueron al segundo tiempo, y ahora Alexis Vega, con otro remate de testa, puso los cartones 3 a 0. Faltaba media hora para terminar el juego y México tenía casi asegurada la medalla en disputa, pero todavía los japoneses hicieron algunos intentos que sólo redituaron un tanto. Entre las limitaciones físicas de los nipones y el buen desempeño de los mexicanos, cayó otra medallita para nuestro país, nada mal.

Me dio gusto en general el trabajo de los dirigidos por Jaime Lozano. Sólo en el primer partido contra Japón tuvieron un bache censurable, así que es una presea alcanzada a punta de esfuerzo y buen futbol. Ahora bien, el gusto general aumenta si lo particularizo: tres de los once jugadores mexicanos que terminaron el partido ayer son laguneros: uno de Torreón, uno de Gómez Palacio y uno de San Pedro de las Colonias, es decir, respectivamente, Jorge Sánchez, Uriel Antuna y Eduardo Aguirre, todos con pasado santista, además.

Luego del papelón de los mexicanos en la Copa Oro, es cierto que la selección grande podría asimilar refacciones de la que asistió a Tokio. Si así será, ojalá que puedan figurar allí los tres alegres laguneros de cuyos pescuezos penden hoy tres flamantes medallas.