El periodista Manuel Serrato me preguntó en un programa de radio qué pincelada de Maradona retenía mi memoria. Le dije que, al margen de los hitos llamados “gol del siglo” (a los ingleses) y “gol imposible” (a la Juve), hay dos jugadas del 10 que siempre recuerdo con agradecido pasmo. Una de ellas la comenté en el texto “De los centros”, y ahora paso a describir la segunda: en mi fuero íntimo la he denominado “Tres eternos segundos”, y es la siguiente.

En un partido del Barcelona contra el Real Madrid celebrado en el Santiago Bernabéu, Maradona y Lobo Carrasco contragolpean y desde la media cancha sólo tienen por delante a un defensa y al portero. El zaguero sale a frenar a Lobo Carrasco, quien apenas alcanza a dar el pase lateral hacia Maradona, quien viene solo casi por el centro del terreno. El argentino tiene ahora el balón y ve al portero que, como ordena el librito, se adelanta para cerrar el ángulo. Con el pecho levantado, Maradona flota hacia adelante, vertiginoso, hasta llegar a la raya del área grande. A cuatro metros de Agustín, el portero, Diego ejecuta un leve y brevísimo movimiento de cuerpo/piernas que condensa un engaño múltiple: el arquero no sabe allí si el atacante tirará cruzado, bombeará el balón, pasará por derecha o por izquierda o intentará un tiro por debajo de las piernas. Cualquiera de estas cinco acciones se abre como posibilidad. Maradona elige adelantar el balón por la izquierda del portero, quien se estira sin poder cortar la jugada. Hasta aquí sentimos que se trata de una buena acción, pero nada extraordinaria. Lo asombroso viene dos segundos después.

Eludido el portero, la pelota y Maradona aparecen solos frente al arco. Aunque no queda en su perfil, el 10 puede tocar ya la pelota con el pie derecho, con el izquierdo, como sea, pues la puerta está abierta a cinco o seis metros y ni Maradona ni nadie podrían fallar en tal circunstancia. Supongo que de reojo mira a Juan José, el defensa que, ilusionado con una barridón heroico, viene a cerrar en diagonal hacia el primer palo. El tiempo que tuvo Diego para tirar puede ser considerado una eternidad en los parámetros del futbol, pero no lo hace, sino que elige el extraño camino del arte y la genialidad. Mientras el defensa arroja los tacos por delante y termina incrustado como horqueta en la base del poste, Maradona frena de golpe, engancha hacia adentro, da un toquecito más al balón y antes de que el portero vuelva, sin ver al arco cachetea tersamente con la zurda y hace el desmesurado gol.

Si pensamos que en el alambique de la memoria futbolera quedan para siempre sólo instantes, el instante en el que Maradona corta hacia adentro en aquel tanto vivirá para siempre. De alguna forma fue una gambeta a la lógica del futbol más que a un defensor. Cualquiera, creo, hubiera tirado de inmediato frente al arco abierto, tal y como le quedó a Maradona tras el regate al portero, pero mientras los ojos de todos esperan ese toque obvio, el 10 alargó la escena tres eternos segundos en un metro cuadrado del Bernabéu que al final de la jugada revoleó pañuelos blancos.

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