AL LARGUERO

Por: Alejandro Tovar Medina

Articulista invitado

Debemos aprender a mirar de nuevo aquello que creemos saber cómo es, porque mirar es central, mirar donde aparentemente no pasa nada. Observarnos a nosotros en reacciones cotidianas, para evitar ser parte del ejército de hombres con Alexitimia, que poseen los adultos incapaces para dar respuestas emocionales, cuando la vida ofrece ira, miedo, pasión y afectos.

El tiempo convulso, el estrés y la ansiedad, llevan a muchos a la incapacidad para identificar y describir sentimientos, cuando basta mirar hacia el interior de nosotros mismos cuando vemos que se marchan los que vimos en plenitud, los que fueron parte de una formación y de los que nos indujeron, a la generación nuestra, al mundo del futbol y todo lo que éste nos obliga a vivir.

El último de irse de aquel viejo Laguna, ha sido su goleador, Agustín Fernández. Moreno de pelo acicalado, capitalino que se quedó entre nosotros, delantero de velocidad, de habilidad, pícaro y ventajoso (solía acomodarse la pelota con el antebrazo) en 1960 se enfrascó en lucha goleadora con Dumbo Rodríguez del Nacional que venía ya campeón y Laguna los batió 3- l. Siempre se dijo que ese título de goleo había sido de Agustín y le fue robado. Los medios locales algo dijeron de ello pero en ese tiempo la información era mínima y demasiado rudimentaria.

Ese grupo de valientes muchachos, casi todos locales, le encontraron sentido a la vida pequeña del pueblo, que se supo parte del futbol mexicano y aprendió a descubrir el universo del juego y a exigir mejores planteles, lo que se hizo hasta llegar al ascenso. Y las anécdotas merecen un libro pero aquellos chicos que corríamos por los pasillos de San Isidro, los veíamos a través del alambrado entre la cancha y el rústico vestuario. Todos jóvenes y atléticos, sonrientes siempre.

El 25 de diciembre de 1960 fue de impacto. Laguna y Jabatos empataron 2-2. Partido violento que culminó con un patadón de Arredondo al Zarco Gallaga que cayó desmayado. Se hizo una bronca de lucha libre. Todos fueron detenidos por la policía. La gente estaba enardecida como en la Roma antigua. Después uno se pregunta, ¿y si el público hubiera entrado a la cancha? Por Dios.

Sin pensarlo, esa generación nos enseñó a sentir, expresar y comunicar emociones, a identificar los afectos, a sentirnos imantados por el poder de una pasión.

Ese futbol rudimentario, hizo comprender a aquellos niños que la imaginación no solo busca un nuevo mundo, sino que podíamos crearlo a base de corazón y un nuevo lenguaje y estructura, el bello lenguaje del futbol.

Con Agustín se completó el equipo allá arriba donde están Esteban Méndez, Gato Gómez, Lalo Castro, Perico Borrego, Macho Cordero, Simón Gómez, Ramón Romero, Gilberto Vega, Luis Vázquez, Crí-Crí Fernández y Jaime Yassín. Al menos son los titulares, porque hay más difuntos.

Al pasar por San Isidro, esa imaginación que los viejos héroes despertaron, se enciende. Y de pronto nos vemos todos ahí. Los jugadores queridos y todos nosotros, otra vez niños.

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