LA FIESTA ESTÁ VIVA

Por: Rafael Cué*

Articulista invitado

La dureza de Madrid dentro de la plaza de toros de Las Ventas este año no radica en los caprichos del 7, ni en la intransigencia disfrazada de exigencia ante las Figuras del toreo, ni en el toro descomunal sacado de tipo para complacer báscula y a un grupo de asistentes que confunden trapío con volumen y romana con seriedad.

Hoy la dureza de Madrid no estriba en la ansiedad que asfixia a los toreros días antes de que llegue la fecha para hacer el paseíllo, cuando las dudas inundan la mente de los artistas, que vacilan dentro de su tauromaquia para complacer posturas y colocaciones ante la cara del toro, que exige un sector que poco, muy poco entiende del toreo.

Tampoco estriba en la odiosa postura de los “presidentes” al medir y otorgar orejas, parece que de su bolsillo les cuesta otorgar un premio que siempre será menester del público solicitar y nunca de estos personajes regatear, a menos que sean buenos aficionados, como en otras plazas, pero en Madrid los presidentes están lejos de serlo.

Hoy la tremenda dureza de este San Isidro radica en la fría piedra que descansa en los tendidos y que no será ocupada por esos buenos aficionados, la gran mayoría, que parecen ser minoría porque respetan y no tienen un afán protagónico, les guste o no lo que en el ruedo sucede.

20 mil personas en promedio durante más de 30 días seguidos de toros en la plaza más importante del mundo. Esto implica una derrama económica seria para la ciudad de Madrid; hoteles, restaurantes, bares, taxis, por esta pandemia sufren la dureza de un San Isidro sin toros.

La majestuosidad de esta bella ciudad no es la misma con Las Ventas vacía. Su arquitectura, que ya de suyo es una joya, estoica mira hacia la calle de Alcalá, que este año no verá a ningún torero alcanzar la gloria a hombros tras cortar dos orejas en el inmenso ruedo venteño.

La punta de bueyes de Florito estará en la finca soñando con Madrid. Lloran en silencio parches y metales, luto callado de la banda a la que es un lujo escuchar entre toro y toro.

Cientos de toros preparados con años de antelación siguen gestando su bravura en la paz de las dehesas españolas. Cuajados, algunos cinqueños, ellos no lo saben pero quizá no podrán mostrar su esencia en un ruedo con público, por estar cerca de las seis primaveras.

Sedas bordadas en oro y plata yacen en las sastrerías a la espera de engalanar un cuerpo torero dispuesto a dejar la vida a cambio de la gloria madrileña.

El trabajo de cientos de personas ha quedado en la incertidumbre del no saber ni cómo ni cuándo. La empresa, administrativos, taquilleros, areneros, periodistas, el talentoso equipo humano que hace posible las transmisiones de televisión —que son un verdadero lujo para los ojos del aficionado a distancia—, sufren el no poder ser parte de San Isidro.

Este año la dureza de Madrid llegó por el vacío, por el no poder ser, por la frialdad de la piedra que conforma el círculo de la vida y de la muerte, que es el ruedo. No habrá gestas heroicas visibles en oro y plata.

Los actos heroicos en Madrid esta primavera se viven en los hospitales, con héroes incansables vestidos en tela, goggles y cubrebocas, que salvan vidas sin esperar un solo aplauso.

Hoy Madrid y el mundo viven una dureza mayor al toreo. Esta es la razón por la que la cultura de la tauromaquia saldrá fortalecida tras esta pandemia. Habrá que adaptarse, habrá que asumir pérdidas y aprovechar oportunidades.

Hoy San Isidro en Madrid es más duro que nunca.

Twitter: @rafaelcue

*Artículo escrito para el diario El Financiero, reproducido por voluntad del autor en Intelisport.