LA FIESTA ESTÁ VIVA

Por: Rafael Cué*

Articulista invitado

El sábado en la plaza de toros Jorge “El Ranchero” Aguilar, de la ciudad de Tlaxcala, vivimos una tarde llena de torería, pundonor y arte durante el festival celebrado a beneficio de una casa de ancianos. La grandeza del toreo se manifiesta en muchos aspectos durante las distintas puestas en escena de la tauromaquia, desde una tienta en la más estricta soledad del campo bravo, un festival (como es el caso), una novillada, o la corrida de toros de máxima categoría del calendario nacional.

La calidad en el montaje de esta tarde pudo apreciarse desde el medio día, cuando fueron desembarcados uno a uno los novillos a lidiarse por cuatro matadores de toros: uno a caballo y tres de a pie. Cada uno de los novillos tuvo la presencia digna de un evento importante, todos con más de 400 kg, de los hierros de Rancho Seco para rejones, San Pablo, Marrón, García Méndez y Fernando de la Mora.

El cartel, de categoría absoluta: Giovanni Aloi a caballo, matador de toros, líder del escalafón del rejoneo en otros tiempos no muy lejanos; el maestro Eulalio López “Zotoluco”, de quien sobra dar explicaciones de su trayectoria y capacidad de sostenerse como Figura nacional por dos décadas; su rival en extremo de su época activa, el maestro Rafael Ortega, con quien dio la vuelta a la República con intensos “mano a mano”, llenando plazas y llegando incluso a las manos por la intensa rivalidad profesional de aquella época (hoy esa rivalidad es competencia en el ruedo, reconocimiento por ambas partes de sus capacidades y ejemplo para los que en esto comienzan y sueñan hacer algo); y el remate del cartel fue el matador Mario del Olmo, torero de toreros, una joya de nuestra tauromaquia y maestro en el arte y pureza de un concepto atemporal del toreo, del toreo bueno.

Como sucede en las ferias y festejos taurinos de ciudades más pequeñas, existe siempre un hotel donde se centra la actividad taurina del día, se visten los toreros, conversan los aficionados, y los profesionales van y vienen con celo de tener siempre la mejor información de lo que pasará horas más adelante.

Los rostros de los actuantes comienzan a tornarse serios, parabienes van y vienen hasta que los toreros desaparecen en sus habitaciones para comenzar el rito de vestir de torero.

Tlaxcala, capital de uno de los estados más taurinos del país, tiene en una cuadra concentrada toda la actividad; plaza de toros, hotel y restaurante a menos de 200 metros uno del otro. El sábado era un ambiente especial, estábamos ahí para disfrutar del toreo, para ver de nuevo a cuatro hombres que han ofrendado su vida al toro, que han abrazado la vocación y que aunque no estén en activo siempre serán toreros.

Giovanni Aloi abrió plaza con un buen novillo de Rancho Seco, al que muy pronto le tomó el ritmo y templó con gusto, clavando con ortodoxia y ejecutando la suerte con el rejón de muerte de manera formidable para cortar la primera oreja y calentar aún más el ambiente en el callejón.

“El Zotoluco” salió como si tuviera 15 años y fuese una novillada de selección; qué raza, qué pundonor y un par de lecciones de tauromaquia dignas de tenerse en video y estudiarse frecuentemente para lograr entender la grandeza de la lidia y el misterio de la bravura. Dos novillos no fáciles, con los que estuvo largo tiempo hasta conseguir que se entregaran a su poderosa muleta, para luego dar rienda suelta al recio sentimiento torero de este hombre que con su trayectoria ha demostrado qué se necesita para ser Figura del toreo. Enhorabuena, maestro, sigue y seguirá siendo un placer verle oficiar. Dos orejas en su segundo novillo, premio justo a una lección torera.

Rafael Ortega ante su gente dio otra lección de pundonor; con el santo de espaldas en el sorteo, incluso con el de regalo, no tuvo opción, pero sí como suele suceder, dejó muy en claro por qué es un torero a cuya trayectoria la respalda una gran capacidad, una tauromaquia clásica, entrega total en los tres tercios y conexión con el público. Emocionó su entrega y solvencia ante las complicaciones en distintas vertientes de sus tres enemigos.

Mario del Olmo, artista pleno, hombre maduro que sigue sintiendo el toreo fluir por las venas y las yemas de los dedos, ante dos novillos promedio, sin que ninguno embistiera por derecho y por abajo, nos recordó por qué de jovencito llenaba la Plaza de Toros México; su toreo parte del corazón, se expresa en la cintura y se dibuja con las muñecas. Momentos sublimes, empaque y torería, dos espadazos perfectos y una oreja en cada novillo.

Tarde para el recuerdo, lección torera, grandeza total y ambiente de toros. ¿Se puede pedir algo más para un sábado cualquiera?

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El remate del cartel fue el matador Mario del Olmo, torero de toreros, una joya de nuestra tauromaquia y Maestro en el arte y pureza de un concepto atemporal del toreo, del toreo bueno. Foto de Ángel Sainos

 

Twitter: @rafaelcue

*Artículo escrito para el diario El Financiero, reproducido por voluntad del autor en Intelisport.