Por: Rafael Cué*

Articulista invitado

 

Me dirijo a ustedes con el respeto y admiración de ser aficionado a los toros desde hace más de 40 años; hace 30 descubrí el campo bravo, en Zacatecas, tierra de toros por excelencia. Fue un descubrir de pasión por el toro, de tradición generacional, de respeto a un estilo de vida abrazado con vocación y amor hacia el toro bravo, por eso agradezco a la familia Alatorre Rivero por haberme cambiado la vida con esa invitación.

A partir de ahí he tenido la oportunidad de disfrutar el campo en distintas casas ganaderas. Tlaxcala, Jalisco, Aguascalientes, Querétaro, Hidalgo y Guanajuato han hecho que mi respeto y admiración por los ganaderos sea cada vez mayor. No quiero mencionar ni hierros ni propietarios, ustedes saben bien quiénes son; fuente de sabiduría, grandeza y abolengo, ejemplo de vocación, estudio y creación del ingrediente maravilloso de la fiesta de los toros: la bravura.

Estas líneas no sólo van dirigidas a ustedes, amigos, van dirigidas a todos y cada uno de los ganaderos de bravo en México y en el mundo. Un universo especial, lleno de ensordecedor silencio, mañanas frescas y noches llenas de estrellas donde sólo se escucha el mugir de los toros en el campo, pudiéndose apreciar la inmensidad del planeta y lo pequeños que somos.

Las estampas que nos regala el campo bravo no tienen igual, son paraísos ecológicos de natural balance entre las especies, donde el toro es rey y domina con su mirada, con su arrogancia y su temple al andar, al dormir y al estar contenida su esencia, madurando callada la bravura y el inmenso poder que a veces se desata en alguna pelea entre ellos mismos, algo impresionante, salvaje, pero fascinante a la vez.

Caporales, hombres recios de a caballo, amantes del toro, fieles conocedores de aquel instinto que nos maravilla. Cabales vaqueros que montan horas al paso para visitar las puntas de vacas, contarlas a todas, aretar a los becerros y con miradas de admiración y cariño hablarle al semental en turno. Gente que llena los comederos en los potreros y corrales con el mismo orgullo que lleva la comida a su mesa. Almuerzos inaccesibles para cualquiera, a la leña; sentados en alguna piedra degustan los más sencillos y exquisitos manjares de nuestra gastronomía, con la sencillez de saber valorar las pequeñas grandes cosas de la vida. Estos hombres que presencian los tentaderos, atentos, en silencio, que apuntan quizá en sus pequeñas libretas datos o actitudes de sus becerras, para luego compartirlas con el ganadero, quien de “tú a tú” escucha la sabiduría autodidacta y compartida de forma oral de generación en generación.

Este es un mundo aparte y por eso les agradezco desde lo más profundo de mi ser aficionado su dedicación, sus interminables horas de análisis genealógico, nutricional y genético.

Interminables tertulias y sobremesas, con el sol metiéndose en el horizonte, los cafés y digestivos al olor de un buen habano. Ideas y sensaciones entre los toreros de casa, los ganaderos y los que de vez en vez tenemos la oportunidad de ocupar un lugar en esas mesas.

Privilegio de pocos. Por los años en esto actualmente valoro más que nunca esas platicas de los grandes taurinos que hoy ya no están con nosotros. Cómo olvidar escuchar a don Paco Madrazo, don Valentín y a Chemel. Hoy en día es un privilegio escuchar a los Ramiros, Ana María, Germán, Eduardo, Arturo, Pepe, Beni, Manuel, Checo y tantos y tantos otros, departir con los toreros en ese laboratorio de bravura y tauromaquia, íntimo y mágico del tentadero. Escuchar hablar de las raíces del toreo a Fabián, Payo, Juan Pablo y Arturo, sin olvidar a toreros de mi generación, como Lalo, Mario, Fede, Zapata y Angelino, toreros de campo, maestros en la plaza.

A todos ustedes y en nombre de los buenos aficionados a los toros: gracias por no sucumbir ante los fracasos, gracias por hacernos brotar lágrimas ante el juego de un toro bravo o una becerra que se gana la vida para seguir dando vida a la fiesta.

A ustedes, hombres y mujeres de la ganadería, mi más profunda enhorabuena, admiración y respeto. Las estampas que nos regala el campo bravo no tienen igual, son paraísos ecológicos de natural balance entre las especies, donde el toro es rey y domina con su mirada, con su arrogancia y su temple al andar, al dormir y al estar contenida su esencia, madurando callada la bravura y el inmenso poder que a veces se desata en alguna pelea entre ellos mismos, algo impresionante, salvaje, pero fascinante a la vez.

Twitter: @rafaelcue

 

*Artículo escrito para el diario El Financiero, reproducido por voluntad del autor en Intelisport.

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