La fiesta está viva

Por: Rafael Cué *

Articulista invitado

 

Sabemos de sus orígenes, aquellas manifestaciones de valentía hechas por la realeza a caballo ante toros bravos, criados de forma silvestre y utilizados por la milicia para desarrollar sus habilidades ecuestres ante las poderosas embestidas de aquellos bellos animales que cautivaron por su bravura y estampa.

Llevaron del campo a las plazas de las ciudades estas emocionantes manifestaciones del hombre a caballo ante un toro, teniendo como ayuda a sus lacayos, cuyas capas a la espalda les servían para socorrer a su amo en momentos de apuro, dando lugar al toreo a pie, que con el tiempo se convertiría en lo más gustado por el pueblo. Para diferenciar a la gente común de los valientes, se les empezó a bordar en sus trajes distintivos áureos, hasta que llegó el momento de reglamentar el espectáculo, dividirlo en tres tercios y crear lugares específicos para que se llevara a cabo, dando vida a lo que hoy conocemos como plazas de toros.

Al mismo tiempo el toro se convirtió en obsesión para la gente del campo, para los ganaderos. La crianza y selección de las puntas de vacas y toros dio inicio a las ganaderías de toros bravos, escrupulosos laboratorios naturales de genética enclavados en oasis ecológicos donde el toro es el rey.

Mucho ha evolucionado el toreo, los trajes, hoy verdaderas obras de arte que abrazan el cuerpo del torero, dándole una singular estética; la violencia en la acometividad silvestre del toro se ha convertido en la increíble combinación de poder y nobleza, ritmo y fijeza que hoy concebimos como bravura.

A la par, la evolución en la medicina ha permitido que aquellos hombres dotados con la sabiduría y vocación de salvar vidas, eviten que más diestros mueran ante las poderosas y tremendas cornadas que los toros han propiciado y seguirán propiciando a los valientes de seda y oro.

La muerte como consecuencia de la vida, sin una no existe la otra, todo ser viviente en la faz de la Tierra tiene marcada su hora, es lo único que tenemos seguro. Con más de cinco siglos de tauromaquia, ¿por qué nos sigue fascinando —para bien o para mal, según se vea—?

A menudo me cuestiono quién está bien, si los que no reprimen la emoción provocada por una expresión de valentía que causa la admiración y respeto de quienes no se atreven a torear, o bien los que reprimen esa emoción en aras de una modernidad y humanismo convertido en animalismo, y que no respetan a sus semejantes, los cuales gustan de sentirse vivos a través de la exaltación que genera la lucha entre la vida y la muerte por medio de la creación del arte y la belleza estética del toreo. ¿Serán ellos? ¿Seremos nosotros?

Lo que me queda muy claro es que no respetar el derecho de los semejantes al acceso a la cultura en la forma que sea, es un retroceso monumental en la búsqueda de una supuesta modernidad.

Quizá el toreo sigue vivo porque es una expresión natural de valor y admiración ante la veneración al toro, un animal que pese a darle muerte se le respeta su esencia de bravura, su instinto. Lejos está el toro de padecer la crueldad de esos pobres perros que son paseados en carriola, vestidos con prendas tipo “humano”, a los que se les elimina su esencia canina.

No nos pondremos de acuerdo nunca, la gran diferencia es que los que amamos la tauromaquia respetamos a quienes no les gusta, ahí la gran diferencia.

Mientras exista un valiente que se pare ante un astado, esté dispuesto a morir en la búsqueda de la creación artística, hayan ganaderos dedicados a la veneración y crianza del toro, y un público dispuesto a sentirse vivo emocionándose durante una corrida, la cultura de la tauromaquia tendrá futuro y estará lejos de quedar sometida a caprichos políticos y modas de una sociedad no satisfecha con lo que es, perdiendo de esa forma su mayor valor, que es el orgullo por sus tradiciones.

Twitter: @rafaelcue

*Artículo escrito para el diario El Financiero, reproducido por voluntad del autor en Intelisport.

Anuncios