Alto y espigado, Enzo Francescoli (Montevideo, 1961) es a mi juicio el delantero más fino que ha dado la República Oriental del Uruguay, país fecundo en futbolistas. Numerosos goles llenos de elegancia son evidencia de que el cuerpo no le estorbó para, además de alcanzar gran eficacia frente al arco, transmitir belleza. El apodo de Príncipe le calzó, pues, con total justicia. En su carrera marcó 250 tantos, la mitad con River Plate, donde ganó todo y se convirtió en una de sus figuras más salientes. Con la selección grande jugó dos mundiales, ambos sin mucha fortuna, pero ganó tres copas América. El estilo de su ataque combinaba todos los recursos que puede apetecer un delantero: tenía gambeta, disparo fuerte o delicado, anticipo, resolución de primera, rapidez, cabeceo, encare e incluso se dio el lujo de exhibir firuletes como la célebre chilena contra la selección de Polonia: Ruggeri baja de cabeza una pelota casi perdida, en segunda jugada Francescoli la mata de pecho pero queda de espalda a la portería y de repente se eleva para anidarla en el rincón del segundo poste. Fue un atacante completo, con todos los atributos para convertirse en jugador respetado hasta por sus rivales.

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