El futbol mexicano atraviesa una crisis de identidad nacida de una contradicción sistémica. Mientras la industria del entretenimiento escala a niveles de facturación y espectáculo de primer mundo, la calidad deportiva se estanca en una medianía alarmante. El problema no es la falta de talento, sino la sustitución del conocimiento técnico real por una gestión administrativa que prioriza el “Excel” sobre la cancha y el “padrinazgo” sobre el perfil profesional.
Competitividad o irregularidad
En este breve espacio analizaremos cómo la transformación del deporte en un producto de consumo ha desplazado a los expertos, entregando las llaves del club a cuadros directivos que, aunque brillantes en las finanzas, son analfabetos en la esencia del juego. Esta desconexión es la que explica por qué, tras décadas de inversión, el nivel de competencia no logra emparejarse con las exigencias de una industria globalizada. Qué un equipo chico le gané al grande no es por competitividad, se explica por irregularidad.
Venden espejitos
Uno de los síntomas más visibles es la “españolización” metodológica. Se han importado conceptos y vocablos europeos que se venden como vanguardia, “rondos”, «basculaciones”, etc., pero que a menudo no son más que etiquetas nuevas para verdades viejas del futbol. Estos “vendedores de espejitos” encantan a los dueños del balón con presentaciones impecables, desplazando a la gente de experiencia bajo el estigma de obsoleto. Se considera lo “viejo” como pasado de moda, ignorando que la sabiduría táctica y el manejo del vestidor no se descargan en una aplicación móvil. Los contratan por baratos, no por buenos.
A esto se suma una generación de relevo en los mandos medios que carece de la formación integral necesaria. Jóvenes directivos que llegan por recomendación y se refugian en los datos porque no saben “leer” el juego con el ojo humano. El resultado es un futbol de probeta, sin raíces ni identidad, donde el negocio florece mientras el espectáculo languidece. Otro ejemplo es el nombre de los torneos, La Liga Mx bautizó ridiculamente al torneo que incia en enero como Clausura, copiando el modelo argentino.
Si el balón pudiera hablar
Nos pediría que dejemos de medirlo solo por su rentabilidad y volvamos a valorarlo por su vuelo. Porque al final, cuando las luces del estadio se apagan y los balances financieros se archivan, lo único que queda es el romance eterno entre el hombre y la pelota. Ese baile épico donde el corazón siempre sabrá más que cualquier algoritmo, y donde la gloria, con su gracia divina, solo se entrega a quienes la cortejan con la verdad de la cancha.
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