AL LARGUERO

Por: Alejandro Tovar Medina

Articulista invitado

Se asegura que la única propiedad de un escritor de imaginación, son sus ficciones. Luego, el hombre inmersa sus ideas en el ambiente en que vive, va dejando caer esos pensamientos buscando tener una voz propia y su palabra es la clave en un mundo que como éste, ha cambiado tanto que la gente no puede darse cuenta de lo que ha crecido su sensibilidad, antes olvidada.

Ahora se indignan casi todos porque los laguneros Oribe, Urielito, Jorge Sánchez y Escoboza, que son canteranos santistas, aunque Peralta haya llegado “ya hecho” y el zurdo arribó desde el noreste. Se les agregó Sebas Córdova y el mundo de la comunicación pide su cabeza, comenzando por el pobre Oribe, al que no bajan de sinvergüenza por saludar y bromear con sus amigos. ¿Es que esa gente quiere que unos estén llorando y los otros se comporten como nazis en Polonia?.

Debemos despertar de ese sueño a que nos someten los medios. Anuncian el clásico mexicano como si fuera lo máximo y ya instalados, ese juego solo da para dormir toda la tarde, de tan monótono, repetitivo y mal jugado, donde esos supuestos astros no dan un pase bueno y donde todos celebran a Gio que hace un gol después de dos años de vivir en la enfermería con angustia.

Esa misma gente no reconoce la valentía de Chapo Montes que renuncia a ser convocado por Martino, cansado de tanto manoseo en la selección. Salida de un valiente, de un ser que conoce la dignidad en un mar revuelto donde le es negado un sitio a Fernando Navarro, el mejor lateral derecho del futbol mexicano. Eso nadie lo comenta, Nadie sublima la pasión en un clima de miedo.

Nada es mejor en el domingo que el cine clásico maravilloso y en él, extraña ilusión mental y óptica, hay parecidos con el vedetismo, pasiones y versátiles manejos del futbol mexicano, más parecido a un negocio de manipulación colectiva, donde ya ensayan ahora el América-Cruz Azul como una vuelta del genio que nos devuelva la alegría del juego, para reforzar la voluntad nerviosa.

Y de pronto Rick e Ilsa borran todo lo propuesto. Casablanca se estrenó en 1943 y sigue viva. Esa pareja única es lo que quisieran ser nuestros comunicadores y directivos, porque Humphrey Bogart es ahí el ícono del caballero andante y se encuentra con la hermosa dama (Ingrid Bergman) en un ambiente melodramático, con Sam (Dooley Wilson) al piano con “As time goes by” en otro afán de mentira porque solo actuaba.

Detrás de una cortina, oculto, tocaba Eliot Carpenter. Casablanca es como el medio del futbol, pues se disfraza de aventuras en un marco exótico y si acaso se tiene que envidiar la gabardina beige de Bogart y el sombrero borsalino. A Bergman completa, sobre todo vestida de blanco como un ángel. Igual allá en la imaginaria del Marruecos en tiempo de guerra, aquí mismo solo queda decir que hay dirigentes que muestran diferentes formatos pero como Rick, “debajo de ese caparazón de cínico se esconde un sentimental” así que enfrente de otro clásico incierto, solo hay que decir como Rick “Play it again, Sam”.

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