La primera vez que vi a Zlatan Ibrahimović (Malmö, Suecia, 1981) fue en la repetición de un gol anotado al Breda cuando militaba para el Ajax. Esa jugada bastó para no dejar de seguir su carrera como delantero de los mejores equipos del mundo. He visto varias veces aquella acción y me asombra cada vez que la recorro: pese a su carrocería de camión materialista, Ibrahimović esquiva rivales con la fluidez de un motociclista en la ciudad, recortes a derecha e izquierda con sorpresa y precisión. En la jugada que menciono burló tres veces al mismo jugador y a varios más, como si fuera brasileño y no sueco. Clavó más de 500 goles y rozó el 0.60 de productividad, más de medio tanto por partido. Era aguerrido, fue un ejemplo de fuerza y voluntad, nunca se arrugó ante nadie. Sobran las repeticiones en las que muestra poquísimas pulgas cuando los defensores lo acosaban. El total de sus goles permite imaginar que iba a todas las pelotas y aprovechaba cuantas podía. La más recordada evidencia de su voracidad es aquel balón que rescató con una especie de chilena descompuesta que, pese a la distancia y el ángulo, logró convertir en gol.

Correo electrónico: rutanortelaguna@yahoo.com.mx