AL LARGUERO
Por: Alejandro Tovar Medina
Articulista invitado
A veces, copados por alternativas de los medios y la diosa TV, invadidos por deseos y nostalgias, recuerdos y palpitaciones nuevas, llega la NFL, que trastoca la ansiedad en alegría y nos sacude a todos los que sufrimos de una larga depresión y buscamos huir de ese marasmo, porque militamos desde siempre en la legión de los sobrevivientes y ofrecemos sonrisas a cuentagotas.
Creíamos en Josh Allen y sus Bills, pero Broncos, experto ya en fabricar historias de impacto, estaba enfrente, y llegaron al final 30-30. Allen falló en su intento, Denver mostró su respuesta en los momentos críticos y vinieron dos castigos por interferencia de pase. El telón se abrió para conocer mejor que nunca a un tal William Lutz (31), un pateador serrano de los bosques de Georgia, que se fue quitando el atuendo de esperanza y se vistió con un traje que solo suelen utilizar los héroes. Su patada de 24 yardas atravesó la frontera como un cuchillo en el pastel.
Este juego impactante, es también edificante. Nos muestra artistas que se separan de sus personajes, cansados de vivir entre las sombras y los reflejos. Los fans en TV vivimos como hipnotizados por el sistema de Freud (fijación de la atención en un punto visual), poseídos por la fibra nerviosa de la pasión, buscamos felicidad con el único propósito de sobrevivir.
La NFL nos ratifica que su forma y belleza no están sobrevalorados, porque es un libro de aventuras inagotable que sigue escribiendo páginas nuevas, aun cuando creíamos que todas las cosas y personajes parecen disfrazados, en realidad son modernos titanes revividos como parte de una mitología propia. Dentro de ella, uno puede ver las lágrimas de Allen en la conferencia y el mazazo de la dirigencia de Bills, botando a su coach Sean Mc Dermott luego de nueve años. Denver se entumece también con la fractura de tobillo de su líder Bo Nix y ahora enfila ilusiones, sueños y futuro inmediato al QB suplente Jarret Stidham, que mira firme al frente y no es nada ingenuo.
Total que se nos viene encima un domingo de colosos rivalizando, que buscan transformar la ansiedad de su gente por alegrías. Será Rams con Seahawks y Pats con Broncos, y ninguno da la sensación, ahora mismo, de ser un equipo menor, aunque los fans somos adictos a negar la realidad y crear otra, esa muy propia que le dictan su estado de ánimo y su rica y vital imaginación.
En casa, mientras tanto, nuestro soccer nos muestra que hay heridas que en vez de abrirnos la piel, nos abren los ojos, porque los gritos y hasta el llanto aparecen cuando los llamados grandes se meten al túnel de la incertidumbre, ese donde nadie quisiera transitar. Como América, sin gol en 300 minutos y quejándose de arbitrajes. Como Cruz Azul, que gana con el rosario en la mano. Como Tigres, que no termina por convencer, mientras que Chivas se enfila y se puede creer en Milito.
Como que varios equipos saben que es tiempo para expresar todo lo que se guardaba en silencio, y algo de ello es la baja calidad del volumen de juego que se exhibe en general. La vida es una continua sucesión de oportunidades de sobrevivir pero, cuando hay espectáculo, la soledad es más llevadera y ésta acusa ausencia. Antes mirábamos el futbol con el protagonismo de figuras y grandes duelos. Hoy, solamente encontramos detalles que invocan por la melancolía y de nada sirve el entusiasmo de los narradores, que parecen mirar partidos distintos al que sintonizamos.
X (Antes Twitter): @Tovar1TV
