Hoy les voy a trovar una historia que de seguro, la mayoría ignora.

Domingo 26 de mayo de 1991. Se jugaba el partido correspondiente a la jornada 37 del campeonato de liga 1990-91 del futbol mexicano. El en aquel entonces sotanero general Santos Laguna enfrentaba al conjunto del América. Partido de gran tensión para los aficionados santistas y de harto morbo para la prensa capitalina quienes, como buitres, esperaban el descenso del club lagunero: seis equipos norteños en Primera División eran demasiados según su óptica.

Estadio Corona lleno a reventar para presenciar el que tal vez sería el último partido en Primera División que disputarían los Guerreros ante su afición. La venta de boletos comenzó dos días antes de lo esperado. Gracias a mi sana costumbre de leer – cuando menos hojear – el periódico temprano por la mañana, me enteré de que ya se encontraban los boletos para el partido a la venta, así que, antes de que otra cosa sucediera, me dirigí a comprar los tan codiciados tickets. Afortunadamente no había gente en busca de ellos en la tienda a la que acudí. Algo así como salir a las calles de la ciudad diez minutos antes de que ésta sea invadida por los apresurados padres que reparten niños a la entrada de las escuelas.

El día del partido tuve a bien salir de casa tres horas antes del inicio del encuentro. Mi lugar de siempre, en la parte alta de “Sombra Norte” se encontraba aún solo. Poco a poco las tribunas se fueron poblando de seguidores albiverdes que, así como yo, denotaban preocupación. Nuestro amado equipo se jugaba su permanencia en la máxima categoría. Aunque venía en racha positiva de cinco encuentros sin derrota, aún se encontraba dos unidades debajo de Irapuato, con cuatro por disputar – recordemos que en aquellos tiempos cada encuentro ganado significaba dos puntos, no tres como ahora -. La trinca fresera jugaría a la misma hora en su casa ante Monterrey. A mi lado se sentó mi compañero de toda la temporada. No lo conocía por su nombre, pero nos decíamos compadre: expresión laguneramente respetuosa con la que solemos dirigirnos a un desconocido con quien coincidimos y congeniamos. El compadre y yo “nos hicimos anchos” esperando dar cabida a otro compadre que solía asistir a cada uno de los encuentros en aquel coso.

A medida que se acercaba el inicio del encuentro, la tensión crecía. El ambiente no era tan festivo como otros domingos. Para acabarla de amolar, faltando unos minutos para que saltaran ambas oncenas a la cancha, emergió del túnel un arrogante sujeto que portaba una descomunal bandera del América. Mientras avanzaba por el pasillo principal del estadio parecía no preocuparle la lluvia de mentadas de madre que recibía; miraba al resto de los espectadores por encima del hombro. Mi compadre me dijo:

– Oye, compadre: se me hace que este otro compadre ya no vino; así que vamos a sentar a alguien aquí, porque este cabrón que viene ahí, es del barrio, y va a querer que le hagamos lugar.

– Ni madre – respondí-, se sienta ese infeliz al lado de nosotros y nos va a salpicar toda la meadiza que le va a llover (si: eran las épocas en las que todavía se lanzaba n los vasos con “agua de riñón”).

A mi izquierda divisé a un señor, en apariencia septuagenario, recargado en el muro en el cual iban rematando una a una las gradas superiores del estadio. Rápidamente lo llamé con un grito:

– SEŃOR… DON… AQUÍ HAY LUGAR.

El señor se acercó buscando confirmar el hecho.

– Al que estábamos esperando, no llegó. Y si llega, ya se chingó – sentenció el compadre.

Efectivamente, el sujeto de la bandera azulcrema sé acercó y preguntó por algún lugar disponible. Así lo hubiera, toda la gente se lo negó. El sujeto se subió a la hielera cercana, ubicada en todo lo alto, mientras agitaba soberbiamente su bandera. “Se van a quedar sin su pinche equipo rascuache. Se van a ir a la división a donde pertenecen”. Con esas frases provocaba a una afición en ese momento más preocupada por la suerte de su amado equipo que por ir a reventarle el hocico a aquel imprudente sujeto.

Cuando emergieron los Once Guerreros al rectángulo verde, se estrenó el tema “Ya es hora de ganar”. Años más tarde, algunos definían a dicha melodía como un himno a la mediocridad; sin embargo en ese momento, cuando estaba la vida en juego, cualquier hoyo era salvavidas. Teniendo como fondo los acordes de la melodía mencionada, se escuchó la voz de don Armando Navarro Gascón, quien con su bien modulada voz mencionaba por el sonido local: “Esta es…. La mejor afición de México”. La tribuna se pintó de verde y blanco cuando miles de Banderas comenzaron a ondear en una desordenada armonía que hacía encender el optimismo entre la fanaticada.

Comenzó el partido. Los once guerreros de casaca en franjas horizontales se batían en cerrado duelo con el visitante que a la postre resultaría subcampeón del certamen. El partido era joven cuando los emplumados aprovecharon un error de la zaga lagunera, abriendo el marcador por conducto de Antonio Teodoro Dos Santos, mejor conocido como “El Bíblico”, por su costumbre de regalar  Biblias a sus rivales y a cuanta persona se cruzase en su camino. En ese momento el ánimo en la tribuna pareció decaer, pero oportuno como siempre, don Armando tomó el micrófono para informar: “Marcador en el estadio Sergio León Chávez; Irapuato CERO, Monterrey, UNO”. Ante lo anterior surgió una expresión de júbilo. El aliento surgido de la tribuna emergió con mayor fuerza, y no se apagó durante el resto del partido. En varias ocasiones, el grito de gol fue contenido, como en aquel remate del Choque Galindo que reventó el travesaño cuando el arquero Adrian Chávez ya se encontraba vencido. La fiel afición lagunera permaneció concentrada apoyando a sus Guerreros. Los gritos desde la tribuna eran cada vez mayores no obstante los intentos verdiblancos por lograr el empate se veían ahogados por la bien organizada zaga americanista; los gritos de aliento de la afición seguían aumentando de tono y volumen cada vez que don Armando Navarro anunciaba cómo se incrementaba la ventaja de la Pandilla regiomontana sobre Irapuato. Tan metida en el partido estaba la afición que nadie parecía hacer caso a las constantes burlas que el sujeto de la bandera amarilla profería.

Por momentos pasaba la idea del descenso por mi cabeza. Ir a ganar a Morelia, que requería puntos para clasificarse a la siguiente ronda parecía una misión titánica. Esos pensamientos desaparecían cuando los valientes de verde y blanco recuperaban el balón e insistían en ir al ataque. Nadie recriminaba los fallos en recepción o control de balón. Minuto 92 y nadie se movía de su lugar. La afición estaba con su equipo. El Jugador número 12 también estuvo sudando la camiseta hasta el final.

Postrimerías del encuentro. Falta en favor de Santos Laguna por el costado derecho en relación a su ataque. Ocho laguneros y diez americanistas esperaban por el balón en el área del cuadro capitalino. Ramón Ramírez envió centro templado al corazón del área, que fue despejado por la defensa. Parecía que Gonzalo Farfán recibiría el esférico para lanzarse en contragolpe, teniendo solamente al arquero Panduro entre él y la portería; sin embargo, apareció un zaguero lagunero – quisiera conseguir el video para identificarlo y organizarle un homenaje – quien haciendo un segundo esfuerzo, de espaldas a la portería contraria jaló el balón nuevamente al área rival; en la media luna el balón fue prolongado por Guillermo Galindo para la llegada de Eugenio Dolmo, quien anticipó a la salida del arquero Adrián Chávez para enviar el esférico al fondo de la cabaña. En la tribuna, júbilo total. Gritos y abrazos de alegría pero, sobre todo, de desahogo. El gol de Dolmo volvía a la vida a Santos Laguna, lo sacaba del coma, le devolvía los signos vitales a niveles aceptables. El grito contenido en la tribuna estalló en una hermosa catarsis. Abrazos y lágrimas de alegría por doquier. En mi euforia me di cuenta que me estaba excediendo en la efusividad del abrazo al septuagenario compadre sustituto. Me disculpé. “Mañana el sobandero me arregla”, respondió el señor con una sonrisa de oreja a oreja.

América reanudó las acciones desde el centro de la cancha, Santos Laguna mantuvo el balón lejos de su cabaña hasta que sonó el silbatazo final. La catarsis terminó de aflorar: unos con abrazos, otros pidiendo cerveza para rehidratar las gargantas secas de tanto gritar, otros ajustando cuentas y propinándole una madriza colectiva al repugnante sujeto burlón de la banderota.

El resto es historia: una semana después, Irapuato fue goleado en Toluca y Santos Laguna empató en Morelia. El conjunto guerrero igualó en 26 puntos a Irapuato, superándolo por diferencia de goles. El desahuciado volvió a la vida, ha triunfado y a la fecha goza de cabal salud.

Santos Laguna tiene 32 años de vida, pero hoy puede festejar el XXV Aniversario de cuando volvió a la vida, gracias a aquella terapia colectiva, en aquella tarde inolvidable para quienes tuvimos el honor de haber estado en la CASA DEL DOLOR AJENO.

Agradezco sus opiniones y comentarios

enrique@maciasweb.com

@emaciasm

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