AL LARGUERO

Por: Alejandro Tovar Medina

Articulista invitado

Mientras Sergio Michel Pérez Mendoza (32) volaba por las calles de Mónaco el domingo, iba vigilando de cerca a la jauría que le perseguía, donde asomaba la nariz roja de Ferrari con el corcel madrileño Carlos Sainz (27), el fino francés Charles Leclerc (24) y el campeón Max Verstappen (24).

Todos ellos caballos desbocados, sin tropezar en la niebla, corceles de acero con motor vibrante que parecen gritar «nada es definitivo, todo puede cambiarse». Se puede brillar en lo oscuro.

Para Checo, nada cambió. Quería ganarles a todos y enloqueció de velocidad a su poderoso RB18 que tiene un costo de 200 millones de pesos mexicanos. Parecía que su combustible era la bebida famosa que los patrocina, ese coche era como un alma desatada, como un feroz vampiro del asfalto, sabiendo que la esencia de la vida es ser libre y feliz. En las últimas vueltas luchó más porque millares de mexicanos delirantes subimos a correr con Sergio vestidos de rojo corazón e incluso, varios de esos atrevidos lloraron con él al sonido vibrante del himno de México.

Hasta Pedro y Ricardo Rodríguez le aplaudieron desde el cielo y se desató, como siempre, la histeria de comunicación especulativa en torno al piloto tapatío, donde además, el aparato oficial del gobierno se incluyó pero tal vez con gente inexperta, ignorante e incapaz, que lo felicitan en redes y ponen una foto de Verstappen. Uno de esos yerros que convoca a que se hagan burlas.

Quedaba el receso de tarde, con miradas recelosas a los desvelos de Severino que no se pone al tono de la exigencia de Yankees e igual que el astro Cole son sacados a punta de batazos. Quizá quede la opción para envidiar al Atlas, viendo que Elizalde tendrá que resignarse a traer de regreso a Correa, que ni de rojinegro, ni antes de verdiblanco pudo vestirse como para enamorar al gentío y completar con otro argentino del Parma B. O sea que el pasado sucio sigue volviendo siempre.

Es claro que debemos estar siempre preparados para aprender algo nuevo, porque se debe aceptar que somos escépticos con Atlas y Pachuca porque no están los nuestros en la tv y jamás agrada vivir como ahora, en un clima de desesperanza, mientras la gente de Santos Laguna sigue perdiendo tiempo precioso, por más que haya aniversarios de títulos, festivales de una nostalgia.

A la noche, de pie por admiración a 22 leones en la cancha, con espacios para disfrutar de espacios vigorosos de energía y arte futbolero, con la zancada vibrante de Quiñones, la zurda de Hueso Reyes, el vuelo de Camilo, el espíritu de Aldo Rocha y enfrente la tarea recuperadora del Niño Sánchez, la entereza del chico Kevin Álvarez, dos joyas. La zurda de Chávez, el cabezazo de Nicolás Ibáñez y la destreza de Cocca y Almada. Un duelo atenuado por narraciones rudimentarias. O tal vez, ¿será que nosotros somos los que cambiamos y frente a lo mismo, somos diferentes?

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