AL LARGUERO

Por: Alejandro Tovar Medina

Articulista invitado

Vivimos en un país de muy distintas realidades y no siempre la gente, en su natural impaciencia, logra satisfacer las necesidades de su imaginación, porque ésta es superior al espacio donde se cuentan las ganancias y muchos quisieran emular a Antonio Brown y huir quitándose todo y mandar al diablo a muchos e irse por el mundo. Porque no todos los que vagan están perdidos.

Un año nuevo resulta aparatoso en la recepción pero al otro día, con todo y resaca, la vida es igual, solamente atenuada por ilusiones y esperanzas. Así, el hombre débil se vuelve fuerte cuando no tiene nada, porque solo entonces puede sentir la locura de la desesperación. Como los muchachos que desafían el frío y van al TSM a mirar interescuadras sin novedades en la tropa. Y tal vez se divierten un poco pues les queda alegría de la noche anterior y suelen repartir sonrisas.

Si el futbol mexicano tuviera voz, diría que está en una pobreza tipo mundo latino, porque es como el país, pocos ricos y muchos pobres. En los medios, que han pasado de la presentación de noticias al revuelo de la especulación, el desfile de nombres se vuelve reducido y solo es materia de los equipos regios, capitalinos y quizá Toluca pero el resto es solamente parte del auditorio.

Todos sabemos que el futbol es un mundo en sí mismo y que sus melodías de trompetas finas, de pronto queda solo en bocinazos y en parte se debe al inquietante paisaje social que nos rodea, en lo económico y en la pandemia cuyo pariente odioso, Ómicron, nos está tirando penales todo el día. Los equipos por mucho tiempo padecieron sin ingresos y las nóminas tienen que pagarse.

Este complejo destino, inventor de pesadillas, nos ha cambiado la vida a todos, así que la gente cuando sueña despierta, lo cual es muy legítimo, se aferra a que el futbol les brinde las alegrías que sus vidas necesitan, porque después de todo, nuestro pueblo acostumbrado a la batalla de sobrevivencia endulza su existencia con el arte, la verdad y la belleza del juego, sabiendo que nada es premeditado y siempre la aventura aparece, así que las esperanzas se crean un espacio.

Decían los viejos que cualquier pasado fue mejor y se apoyaban en que los jugadores de su tiempo eran callados y austeros pero la evolución de la industria creó monstruos enriquecidos y otros se graduaron de soldados sin galones, lo que trajo una división natural, sin discriminaciones pero acentuado el hecho de las diferencias en todo aspecto. Por lo tanto ¿militar o competir?

Es la historia de siempre, en todo deporte y gracias al boom que trajo José Miguel Muguerza (f) y la empresa cervecera que nos cambió el semblante, aprendimos a vivir en la élite. Alex Irarragorri hizo el estadio nuevo y creó una infraestructura, que cambió por la preferencia del Atlas, protegidos los dueños porque la FMF ve la multipropiedad con disimulo. Vendió y se llevó jugadores clave y nos dejó con muchachos de cristal y otros que no pueden salir del purgatorio.

Ser pobre no es un pecado. Santos Laguna si comenta que hace lo que se puede, estará comprendido. Lo cierto es que su gente prefiere el silencio absoluto y cuando comunica algo, no le llama a las cosas por su nombre. Falta autocrítica clara y detallada, así que sus seguidores inquietos, saben que la esperanza es el peor de sus males, pues prolonga el tormento del hombre.

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