AL LARGUERO

Por: Alejandro Tovar Medina

Articulista invitado

Para todos los veteranos del futbol local (vivos y muertos).

Lo bueno de vivir en la pobreza es poseer la libertad del anonimato, que brinda la oportunidad de la reinvención de uno mismo, de dejar de ir tirando penales por las calles, de apartarse de una existencia nómada y de ejercer con oficio la mirada sonámbula, que observa y descarta al mismo tiempo. Esos hombres todos, hacen un club, ese donde se aspira a ser libre con sus propias reglas.

Al menos los de la generación de los sesenta, tienen prohibido pasar (sobre todo a pié) frente a la pared del viejo San Isidro. Invariablemente ahí se aceleran los corazones, porque no toda distancia es ausencia y no todo silencio es olvido y los viejos héroes que estimularon la visión y afectos de aquellos jóvenes, dicen los vecinos, se reúnen cada semana y se ponen a jugar.

¿Todos están muertos? Pues no lo parece. Esta tarde juegan Esteban Méndez en la puerta. Luego Gato Gómez, Ramón Romero, Lalo Castro, Mario Cordero; Simón Gómez, Roberto Vega, Rudy Álvarez. Adelante Luis Vázquez, Agustín Fernández y Jaime Yassín. Rubén Villalpando, Perico Borrego, Emilio Aldrete, Gerardo Lupercio van al banco, como lo dispone el DT Isaac Plata.

Los jugadores de futbol se mueren dos veces. Primero su cuerpo y luego el recuerdo de su obra. Y no es que vivan aquí solamente a golpes de memoria, sino que fueron una máquina de escribir historia popular y pusieron la simiente, ese Laguna, de la afición y el Santos actual. Claro, enfrentan al Torreón y se miran a la distancia a Raúl Navarro, Capi Lima, Elías Aguilar, José Zamora y Genaro Torres, con Grimaldo González organizando a sus blancos.

Los partidos son sin público, no por la pandemia, sino porque ellos quieren disfrutar del juego, de la amistad, del gusto de hacer futbol de nuevo. Si acaso se pueden escuchar los gritos y las voces, que son como viento del desierto en una tierra que huele a soledad. Hasta la Cuauhtémoc llega intacto el aroma del pasto mojado, borracho de sol en la querida canchita de la niñez feliz.

En el tiempo actual, no hay hechos de un solo sabor. Aquí se mezclan lo grave y ligero, lo cómico y triste. La gente del pueblo se mueve en un mundo cerrado y anclado en territorios de pobreza y para huirle a esa realidad se preocupa por su equipo y especula ¿se va a fortalecer el plantel o venden a los más destacados?. De acuerdo al historial, creen que predominará lo segundo. Por lo pronto ya se fue Lozano chico y hace maletas el arquero Lajud.

El futbol de hoy es populismo y negocio donde los poderosos, los de economía abierta se llevan las mejores cartas a golpe de talonario, así que esos chicos (Campos, Alan, Muñoz, Gorriarán. Doria, Acevedo) tal vez quieran seguir pero la característica dice lo contrario y tomarán el camino que antes Benítez, Darwin, Jorge, Arteaga, Oribe y otros muchachos, mediante sumas millonarias.

Los edificios no se hacen con palabras y en el caso santista, no se puede convocar más que el recuerdo de Marcel Proust (1871-1922) “En busca del tiempo perdido” Esa institución solo podrá solidificarse cuando sus movimientos no miren hacia la ganancia económica, sino a fortalecer al equipo. Hasta da la impresión de que no somos, el pueblo verdiblanco, tema de su “proceso”. Por ahora tal vez se pregunten de nosotros, ¿cómo serán las emociones de la clase media?

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