Cada persona, dependiendo de la ubicación de su hogar y los medios con los que disponía, tenía su manera de llegar al antiguo estadio Corona.

En mi caso, como en el de la gran mayoría de quienes solíamos asistir en aquel entonces, el medio de transporte era el camión de ruta. Una vez que se confirmó la vuelta del futbol profesional a la Comarca Lagunera sentí una renovada ilusión. Lo primero que se me ocurrió hacer fue intentar sonsacar a mi padre. Añorando aquellos felices domingos de futbol en mi infancia cuando él me llevaba a ver al Laguna, me apersoné ante él y le dije:

—Papá: va a volver a haber futbol en el estadio. ¿Vamos?

Su respuesta fue un seco “NO”.

Mi ilusión era mayor que la decepción que me causó su negativa. Así que le repliqué:

—OK. Si tú no quieres ir, ¿me das permiso de ir solo?

Afortunadamente, mi padre accedió diciendo:

—Si, pero con la condición de que no vayas a sol… para estar tranquilo.

Accedí. Y esa es la razón con la que respondo a señalamientos de muchas personas, quienes han intentado minimizar mi afición por el hecho de no ser asiduo de la tribuna cálida. Y es que mi padre tenía fundados temores acerca de lo que podría ocurrirle a un niño de once años, quien acudiría en solo en la mayoría de las ocasiones –a mis vecinos y demás amigos no les convencía tanto, en aquel entonces, acompañarme– a una selva, en las que la tribuna cálida era tierra sin ley, en la que resultaba inimaginable la asistencia de damas, en la que pandillas y porros seudoestudiantes se adueñaban de los lugares de alta masificación para hacer valer su fuerza y su ley. Confieso que, a partir de la edad en la que cursaba la preparatoria, en ocasiones sí llegué a ir a la tribuna popular, en algunos casos como éste, en el que invitaba a algún miembro de la palomilla:

—Eh, güey: vámonos al fut.

—¿Cuánto cuesta?

—Dos mil quinientos pesos*.

—No, ni madre: no completo.

—¿Cuánto traes?

—Apenas junto mil.

—Con eso: vámonos. Nomás que a sol.

—Ya vas. Aviso en mi casa y nos lanzamos.

De esta manera, con los dos mil quinientos pesos que tenía destinados para el boleto de sombra, compraba en taquilla dos boletos para la localidad de sol, y hasta sobraban cien. Con los mil pesos de mi camarada, más lo que yo traía destinado para chuchulucos y esos cien pesos restantes, comprábamos cerveza, a fin de prevenir eventuales deshidrataciones.

Lo anterior viene a colación debido a que, como explicaba al inicio de este relato, el medio de transporte que más utilicé durante los primeros años de vida del Santos Laguna para acudir al estadio era el camión de ruta. Tuve la fortuna de vivir relativamente cerca de las Clínicas 16 y 71 del Instituto Mexicano del Seguro Social. No lo suficientemente cerca como para padecer el que trabajadores y pacientes de dichos nosocomios invadan diariamente las banquetas cercanas a la casa con sus vehículos, ni tan lejos como para tener que realizar largas caminatas para llegar a ese lugar, en cuyas afueras confluye una gran cantidad de rutas urbanas de autotransporte. De esta manera, para trasladarme hacia cualquier punto de la ciudad, o incluso hacia Matamoros, Gómez Palacio o Lerdo, me bastaba caminar menos de un kilómetro rumbo al Boulevard Revolución y tomar la ruta deseada. Para trasladarme al centro de la ciudad, casi todas las rutas me llevaban; y de la misma manera, trasladarme desde la gran mayoría de puntos de la ciudad rumbo a mi casa era relativamente sencillo pues casi todas las rutas tenían como parte de su recorrido las clínicas del Seguro, para después seguir con sus respectivos recorridos. Para el traslado hacia el coso de la colonia Las Carolinas, debía tomar el autobús de la ruta “Campo Alianza”, procedente del centro de la ciudad de Torreón. No todos los “Campo Alianza” me llevaban hacia allá, no. El camión debía traer marcada la sub-ruta “San Marcos”, porque los que marcaban “División del Norte” o “Rastro”, tomaban otros caminos. Esta sub-ruta “San Marcos” pasaba por las afueras de los hospitales con rumbo al oriente para dar vuelta a la izquierda en la calle Magdalena Mondragón, mejor conocida por la mayoría de los habitantes de esta ciudad como “Calle 27”; por dicha rúa avanzaba hasta la avenida Ocampo, en donde daba vuelta a la derecha para incorporarse a la Calzada Águila Nacional y después tomar la Calzada Antonio de Juambelz; cruzaba la Diagonal Reforma y tomaba una callecita que ahora es la lateral de una afamada tienda club de precios, hasta tomar la avenida Bravo rumbo al oriente; pasaba a las afueras de la cervecería Modelo hasta llegar a la calzada Saltillo 400, la cual tomaba rumbo al norte, hasta tomar la avenida Ramón Méndez para, unos doscientos metros después, en la glorieta de la confluencia con Emilio Carranza, doblar a la derecha. Era en esta glorieta en la que, quienes nos dirigíamos rumbo al estadio, bajábamos del autobús, para continuar a pie otros doscientos metros hasta donde se encontraba el predio del estadio Moctezuma que, desde 1986, cambió su nombre a “Estadio Corona”.

Desde su fundación y hasta 1989, el estadio contaba con tres localidades: “Numerados”, después conocida como “plateas”, era la sección más cara: se ingresaba por un solo túnel  y ocupaba las tribunas centrales de la tribuna ubicada al poniente, o “sombra”: “Sombra General”, que ocupaba las secciones laterales de la tribuna poniente; al comprar boleto de sombra general se podía ingresar indistintamente a la tribuna norte o a la tribuna sur, ambas a los lados de la tribuna de “numerados; y, por último, “Sol General”, que ocupaba las zonas sur, norte y oriente de la tribuna, contaba con cuatro accesos, dos en la parte lateral, que eran los dos únicos habilitados para el ingreso de público, y dos más, detrás de ambas porterías, que eran abiertos únicamente para la evacuación al final de los cotejos. Dado que había prometido a mi padre no acudir a la tribuna de sol, y a que el costo de los numerados era muy caro, la opción que me quedaba era la tribuna de sombra general. Ingresaba por la puerta sur, ya que era la que me quedaba más cercana desde el sitio donde descendía del camión. En el trayecto realizaba escala en una taquilla ubicada junto a la puerta de acceso, en donde compraba mi boleto y, posteriormente, una última escala con una de tantas señoras que traían su canastita con chuchulucos a quienes solía comprar una bolsa de semillas y una paleta “Tutsi-Pop”. En la tribuna, consumía las semillas durante el primer tiempo, acompañadas por un refresco que compraba ahí dentro; esto para evitar accidentes traqueofaríngeos. Durante el segundo tiempo, tocaba su turno a la paleta.

Al finalizar los encuentros, sobre la avenida Ramón Méndez nos esperaba una fila de autobuses de varias rutas, mayoritariamente la ya mencionada “Campo Alianza” las cuales mostraban el cartel anunciando que se dirigían al centro. Quienes íbamos abandonando las tribunas procedíamos a abordar el autobús situado adelante de la fila. Una vez que se llenaba éste, arrancaba tomando el trayecto Ramón Méndez – Saltillo 400 – Boulevard Revolución con rumbo al poniente. Solía bajar cerca del punto en el que había abordado para la ida.

Realmente, los trayectos no eran tan largos como parecen serlos en la presente narración. Cuando se trataba de partidos comunes –en los que no se producían llenos– en Segunda o Primera División, que comenzaban a las 4 en punto de la tarde, salía de casa a las 3 en punto para estar a las afueras de las clínicas del Seguro Social entre ocho y diez minutos más tarde, a las 3:45 estaba afuera de la taquilla y, a más tardar, diez minutos antes del inicio del encuentro ya me encontraba instalado en la tribuna. Con el tiempo, poco a poco los trayectos se fueron agilizando. Algunos choferes que, durante el trayecto de ida, veían que una buena parte del pasaje tenía como destino el estadio Corona, al llegar a la glorieta anterior al inmueble, en lugar de doblar a la derecha en la avenida Emilio Carranza como lo establecía su ruta, seguían por la misma Ramón Méndez para rodear el monumento a la Adelita y permitir que los aficionados descendiéramos junto al estacionamiento que rodeaba a la antigua casa de los Guerreros. El hecho anterior nos resultaba muy cómodo, ya que nos ahorraba trayecto a pie, reduciendo las dosis de sol recibidas, aunque no todo mundo quedaba contento con lo anterior. En una ocasión, una pasajera que se percató de que el chofer se siguió derecho, saliéndose de su ruta para acercarnos al estadio, procedió a reclamar al conductor, quien no tuvo que responder, pues un pasajero se anticipó a responder: “Pérese, señora… ¿cuál es su prisa, si los domingos no pasan la novela?” Otro, secundó: “Si, señora: hoy es domingo y no le van a pasar en la tele a ‘Rosa la maje’”**. La señora permaneció en el autobús junto son su mohína, mientras que los futboleros bajamos rumbo al estadio con hartas ilusiones futboleras y completamente quitados de la pena.

A partir del siguiente partido de Santos Laguna como local, los camiones de la ruta Campo Alianza que cubrían la sub-ruta San Marcos traían rotulada en el parabrisas no solamente el letrero con el “San Marcos” de siempre, sino que, además, portaban un rótulo adicional que decía “Fut-Bol”. De esa manera, seguramente, la novelera señora de la ocasión anterior no tendría argumento para reclamar a los acomedidos choferes campoalianceros.

*Pesos antiguos, equivalentes a la milésima parte del valor actual de la moneda.

**Rosa la maje: gracioso mote en el que el pópulo degeneró a “Rosa Salvaje”, telenovela protagonizada por Guillermo Capetillo y Verónica Castro, que se transmitía por la pantalla chica en esa época.

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