Por: Rafael Cué*

Articulista invitado

Un torero y un “Abuelo”.

El domingo pasado en la Plaza México, vivimos una obra taurina distinta, por lo tanto una obra de arte. En el toreo, cuando el público se sienta en su lugar, está a punto de presenciar un espectáculo que nunca ha visto y que nunca volverá a ver, porque el toreo es irrepetible, pese a que cada tarde salta al ruedo un toro y hay un torero dispuesto a morir por torearlo. Nunca es igual, es efímero y puede lograr guardarse en el alma para siempre. Esto es uno de los muchos atributos y valores que tiene la tauromaquia, que se queda en el alma, que marca la vida y enriquece a quien la goza.

Una de las mayores bendiciones de la vida es ser abuelo, eso lo dicen quienes tienen esa dicha. La sensibilidad que despierta el tener en brazos a la siguiente generación, debe ser una meta cumplida en la vida; paz en el alma y una forma de entender la vida de manera distinta, donde los valores se reajustan en sus prioridades.

Javier Borrego, ganadero de Santa Bárbara, es abuelo, lleva su vida dedicada y entregada al toro bravo. Desde que se hizo ganadero, hace tres décadas, el trabajo ha sido incesable: triunfos, fracasos y miles de vueltas a los potreros, para un día dar una vuelta al ruedo. Bautizó al cuarto de la tarde con el nombre de “Abuelo”, por algo sería, seguramente a causa del toro cuyas hechuras rindieron homenaje a un encaste que lleva más de 100 años en México, el encaste Llaguno, familia en sus distintas ramas, de las que El Chiruzo —como todos conocemos a Javier— ha bebido el conocimiento y pasión por la crianza del toro bravo.

La suerte en los toros no sólo cae del lado del torero, también los toros necesitan buena fortuna y caer en manos de toreros que los entiendan y que se conjunten con su bravura para crear la belleza incomparable del toreo. Y así fue, Antonio Ferrera es un matador de toros con 21 años de alternativa, tiene taurinamente hablando los conocimientos que tienen los abuelos acerca de la vida, la madurez que muestra al desempeñar su oficio es el resultado de la transformación natural de un artista.

En la mayoría de su carrera, estuvo Antonio encasillado en corridas duras, de pocas garantías; pese a eso su valor y tauromaquia le colocaron siempre como un torero interesante, triunfador en el circuito de la dureza.

Siempre he dicho que el toro es agradecido, refiriéndome a “el toro” como el medio taurino; sea cual sea la posición que se tenga: torero, ganadero, periodista, pintor, escultor, etc., si uno lo ama y lo respeta, un día se presenta la oportunidad, el secreto está en estar listo y preparado, con el cuchillo en los dientes para tomarla, que no pase de largo, y una vez tomada, aferrarse a ella.

A Ferrera, el toro antes de entregarle sus mieles le hizo pasar por una lesión de codo que lo alejó de los ruedos por más de dos años, tiempo en el que el extremeño decidió que si la vida le daba la oportunidad de volver a vestir de luces, lo haría bajo sus términos en tauromaquia. Desde entonces el hombre redescubrió un torero aún más rico en conceptos, cuyas actuaciones nos transportan a distintas épocas del toreo, rescatando suertes y maneras antiguas, amalgamadas al toreo moderno y a la calidad del toro actual.

Ferrera y “Abuelo” se enamoraron, danzaron en el quite rematado con una media verónica belmontina, que todavía no termina, ni lo hará, porque se ha grabado en el alma de los que la pudimos sentir. La faena de muleta tuvo distintas fases, la primera fue encelar al toro con temple prodigioso, para que “Abuelo” entregara su nobleza y desbordara su linaje en embestidas con los belfos prácticamente arrastrando por la arena.

Tiempos y pausas, ritmos y ajustes. Variedad al inicio y al remate de las tandas. Fijeza en el toro y entrega en el alma torera de Ferrera.

El resultado: la comunión con el público de La México, que en su mayoría gozó y soñó con la faena. Quienes no lo hicieron siguen sin entender qué pasó, lo que solamente reafirma la dimensión de la obra. Muerte de bravo, las dos orejas, y el arrastre lento para “Abuelo”, cuyo criador dio triunfal vuelta al ruedo con Ferrera. Para eso vivimos los taurinos, para presenciar en primera persona el arte del toreo, cuyos protagonistas son toro y torero, el resto nos sobra.

Mañana, Corrida Guadalupana, histórica: Morante de la Puebla, Joselito Adame, Sergio Flores y Andrés Roca Rey, ante ocho toros de distintas ganaderías. 16:30. Imperdible.

Twitter: @rafaelcue

*Artículo escrito para el diario El Financiero, reproducido por voluntad del autor en Intelisport.

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