Sábado 16 de junio de 2018. Víspera del primer encuentro de la selección mexicana en la Copa del Mundo Rusia 2018 enfrentando a Alemania, con todos los pronósticos en contra. A mediodía se percibía un ambiente con un denso tufo a pesimismo. En una charla de café previa a “Invictos”, programa sabatino de radio en el que participo, me sinceré y comenté que, a pesar de los recientes antecedentes, tenía buenas sensaciones; el consenso del resto de la parroquia fue de desaprobación. “Ese pinche equipo no va a ganarle nunca a Alemania, y menos con ese entrenador tan payaso, mamón y vendehumo que tenemos”, fueron los argumentos más elegantes que recibí. Por la noche, en uno de los programas previos de la cadena ESPN, el periodista David Faitelson preguntó a Jared Borgetti si creía que México tendría alguna oportunidad ante Alemania; el flaco de Culiacancito respondió que la victoria era posible, provocando en David una rabieta más exagerada que la de todos mis contertulios matutinos juntos: “quiero que me expliques cómo podrá México con Alemania, ¿CON QUÉ, JARED… CON QUÉ?”, berreaba cual prefecto de disciplina sin desayunar increpando a un pequeño de primer grado. “Realizando un partido perfecto, y aprovechando los errores que el rival pueda llegar a cometer”, fue la concisa respuesta del otrora romperredes mexicano.

Año 1991. Tras la ridícula eliminación de la selección mexicana de la Copa del Mundo Italia 1990 debido al escándalo de los cachirules, Televisa perdió el control de la Federación Mexicana de Fútbol. Los nuevos federativos, Francisco Ibarra y Emilio Maurer, decidieron dar un salto de calidad para el bocabajeado futbol nacional; a la par del inicio del cabildeo que le permitiera participar a los clubes y selección mexicanos en competencias sudamericanas —Copa Libertadores y Copa América—, decidieron contratar como director técnico del conjunto tricolor nada menos que a César Luis Menotti, quien apenas pisó suelo mexicano declaró: “vengo a ser campeón del mundo”, frase que caló hondo en el acomodaticio ambiente futbolero nacional, cuyas emblemáticas cabezas de ratón: Nacho Trelles, Carlos Miloc, Fernando Marcos y más, tácitamente realizaron un frente común ante ese extraño enemigo que osare profanar con sus plantas “su suelo”, su futbol. Nunca les cayó el veinte que, si Menotti afirmaba venir a ser campeón del mundo, era, simple y sencillamente, porque podía hacerlo. Es más, ya lo había logrado. Dos años más tarde, el golpe federativo de Televisa. Emilio Maurer terminó encarcelado; Francisco Ibarra, obligado a ceder las transmisiones de su club, Atlas, a Televisa; y el Flaco Menotti, por dignidad, renunció. No obstante con la inercia menottista se logró llegar a octavos de final en la Copa del Mundo Estados Unidos 1994, la mediocridad triunfó. El tibio Miguel Mejía Barón regresó al conjunto mexica al entorno de vicios y comodidades anterior. Todo cambió para quedar igual. El imaginar ser campeón del mundo volvió a ser una utopía, y las cabezas de ratón conservaron su mediocre status quo, acrecentado desde 1970 tras la adopción del sistema de grupos en la liga.

Domingo 17 de junio de 2018. Cae la noche. Las celebraciones por el triunfo ante die mannschaft aún continúan en todo el mundo en el que se encuentre algún mexicano. El entorno del jugador nacional ha cambiado: las competiciones en categorías inferiores son la norma, ya no la excepción; el jugador crece sabiendo que se puede ser el mejor del mundo: dos campeonatos mundiales sub-17 lo comprueban, el subcampeonato obtenido hace una semana en Toulón reconfirma la posición; en la liga se abrogó el sistema de grupos: no es lo ideal, pero ya no se premia a un suertudo décimosegundo lugar con el pase a una postemporada que no merece; el número de jugadores que emigran a las mejores ligas del mundo crece cada vez más, casos como el de Hirving Lozano o el juvenil Uriel Antuna quien, con muy pocos minutos jugados con el primer equipo de su escuadra, Santos Laguna, fue reclutado para ir al futbol holandés; quienes emigran al sueño europeo para nada extrañan la comodidad de la liga doméstica, no sufren el síndrome del jamaicón, igual y ni siquiera han escuchado hablar de él. Ahora escucho a Luis García parodiar, en su cara, a David Faitelson cuando pregunta: “¿está México para campeón?” Faitelson se molesta y plantea que México no tiene con qué ser campeón del mundo, con la misma seguridad con la que, apenas un día antes, reducía a cero las posibilidades tricolores de obtener al menos un empate ante el once teutón.

¿Está nuestra selección para campeonar? Es difícil. Mucho. Lo que sí es un hecho es que, con el triunfo ayer conseguido, el pesimismo y las evocaciones de nuestro mediocre pasado han quedado, cuando menos momentáneamente, olvidadas. Ahora se habla de segunda ronda y, ¿por qué no? del título. Campeón o no, la actuación brindada ayer por la oncena mexicana nos demuestra que, dar ese salto de calidad soñado hace poco menos de treinta años por los señores Maurer e Ibarra, es posible. De darse, sería, como en aquel entonces, de la mano de un extranjero incomprendido y vilipendiado por los sectores más mediocres y retardatarios del entorno futbolero mexicano.

Agradezco sus opiniones y comentarios.

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