El pasado martes 15 de mayo, aún con la euforia de ver al Santos Laguna llegar por undécima ocasión a una final de la máxima categoría del balompié mexicano, asistí a la primera sesión de un evento que me pareció sumamente interesante, se trata de un círculo de lectura que lleva como título “La importancia del futbol”. En él, se pretende indagar acerca del por qué este deporte levanta tantas pasiones y es capaz de tener al mundo en ocasiones paralizado alrededor de lo que sucede en algunos de los partidos definitorios, llámese final de la UEFA Champions League o de la Copa del Mundo que se celebra cada cuatro años en diferentes países, cual circo itinerante. Cada semana, a partir de la lectura de un texto que tiene como tema central el futbol, se analiza y discierne acerca de lo que es este deporte en sí, y cómo permea hacia el individuo y las sociedades en su conjunto.

El título a analizar esta semana fue “La celeste, una camiseta sagrada”, escrito por Jorge Valdano hace 16 años y que forma parte de su magistral libro El miedo escénico y otras hierbas[i], el cual es, para mí, considerado de cabecera, y sobre el cuál he publicado algunos extractos. Resumo el texto: primeramente, cuenta como un paisito llamado Uruguay, hasta inicios del siglo pasado desconocido, señalado en los mapas como un ombliguito situado entre Argentina y Brasil, logró llegar a posicionarse en el mundo gracias al futbol: primeramente, gracias a las medallas de oro conseguidas en los Juegos Olímpicos de París, en 1924, y Amsterdam, en 1928. Lo anterior le valió ser tomado en cuenta como candidato y, más tarde, ser nombrado país sede de la primera Copa del Mundo del futbol en 1930, de la cual sería campeón. Después, sus ausencias de las siguientes dos copas del mundo, seguidas de la obligada pausa provocada por la segunda guerra mundial, lo hicieron perder esa vigencia y protagonismo conseguidos a pulso dos décadas atrás.

Posteriormente, Valdano se sitúa en el día 16 de julio de 1950, fecha en la que se jugó el partido final de la Copa del Mundo Brasil 1950. Cuenta cómo un país de en aquel entonces 52 millones de habitantes se paralizó aquel día a la espera de la tan ansiada coronación de su selección nacional como campeona del orbe. En un marco inmejorable, y ante una asistencia estimada en poco más de 200 mil espectadores, aquella puesta en escena se vino abajo. La fiesta se volvió funeral. Aquel día que Brasil amaneció con un sol radiante, atardeció llorando. Aquellos 200 mil espectadores que presenciaron en vivo aquel encuentro, más los 51 millones 800 mil restantes que se encontraban pendientes de la radio, tornaron la ansiada alegría total en una tragedia de proporciones mayúsculas, tan es así que provocó hasta suicidios.

Jorge no analiza el porqué de la derrota brasileira –tema abordado en otros foros hasta la saciedad– sino el contexto del equipo que le arrebató aquel día la gloria a los amazónicos. Narra de manera resumida el encuentro con lo que ahora sería una cámara que sigue desde antes de la salida del vestidor, y hasta el pitazo final, al mayor artífice de aquel cataclismo: un mulato llamado Obdulio Varela. Si bien no anotó ese día, Varela, como capitán de su escuadra, fue quien invitó a sus compañeros a dejar atrás el complejo, a no creer la afirmación generalizada que rondaba Río de Janeiro ese día de que Brasil era ya, por aclamación popular, campeón del mundo; fue quien supo poner la calma ante los embates de aquel poderoso Scratch: “intentaba aplacar a esas fieras hambrientas de gol haciendo sonar lentos violines” narra deliciosamente; fue quien arengó a sus compañeros tras el gol con el que Brasil se adelantó en el marcador; fue también quien supo llevar la calma en los momentos necesarios.

Una vez finalizada la lectura, la disertación de Adriana fue en el sentido de buscar similitudes entre la camiseta nacional y la patria, ese sentido de pertenencia que nos provoca el ver a once jugadores portando la camiseta nacional que, en ese momento, se convierte para nosotros en algo así como la bandera que, dicen, envolvió el cuerpo de Juan Escutia dándole el valor suficiente para dar, incluso, la vida por ella.

En lo personal, la narración del Maestro Valdano me trasladó al plano doméstico. Recordé que durante los días viernes a domingo de la semana anterior, los medios de comunicación capitalinos hablaban, tras la contundente victoria de Santos Laguna sobre el mediático América el jueves diez de mayo, acerca de la remontada que, seguramente, darían los azulcremas en el partido de vuelta a celebrarse en el estadio Azteca. Los medios masivos de comunicación inoculaban a la gran turba de televizombies el hipotético guión de una gran hazaña a realizar por el equipo consentido de la televisión. Que porque “la grandeza juega”, que porque es un equipo “grande” contra un equipo “pequeño” y mil clichés más. Tras finalizar el encuentro, silencio de la numerosa fanaticada americanista, mientras que, en la prensa, la mayoría se volcaba a analizar la caída del equipo por ellos engrandecido. Unos ya especulaban acerca de los refuerzos de cara al siguiente torneo, otros ponían en tela de juicio la continuidad de Miguel Herrera. En fin, todo el universo mediático giró en torno a la tragedia del gran equipo que, según ellos, cuando no es campeón, fracasa.

De la misma manera en la que se sigue hablando de aquel maracanazo de 1950 y de la tragedia que aquel suceso provocó hace casi setenta años, los comentaristas promedio lamentaron el fracaso de su hipotético grande. Pero pocos son los valdanos que se abocaron a analizar los porqués de la clasificación santista. Pocos se han tomado la molestia de indagar el secreto de esa garra charrúa –ahora representada por Siboldi, Alcoba, “Cabecita” Rodríguez y Brian Lozano– que, vistiendo la sagrada camiseta verdiblanca, ha provocado en esta liguilla dos maracanazos domésticos ante los clubes de mayor poderío económico del país.

Al igual que aquel Uruguay de 1950, que apeló la sagrada camiseta celeste y a esa tradición de equipo talentoso, y a la vez luchón, que los puso en el mapa mundial para realizar aquella gesta, Santos Laguna apeló al talento y a la mística guerrera que los ha llevado a conseguir cinco campeonatos, y que ahora los tiene en la antesala del sexto título.

Mientras que para las mentes promedio Santos Laguna es el villano que echó a perder el capítulo dominical de La rosa de Guadalupe, para el buen conocedor de futbol sobresale la historia de un equipo sin grandes expectativas que, reconectándose con la mística que lo identifica históricamente con su camiseta, con su región y con su gente, ha vuelto al lugar al que nos había tenido acostumbrados.

¿Qué sucederá en la final ante Toluca? En este momento no lo sabemos. De lo que sí estamos seguros es de que, se gane o se pierda, jugando de la misma manera en la que se ha venido jugando esta postemporada, podremos sentirnos satisfechos y orgullosos de este grupo de esforzados y talentosos guerreros.

[i] VALDANO, Jorge. El miedo escénico y otras hierbas. Editorial Punto de Lectura. España, 2012. Págs. 59 – 74.

Twitter: @emaciasm

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