La Fiesta está viva

Por: Rafael Cué

Articulista invitado*

 

En tiempos revueltos como los que vivimos, donde los valores como la honestidad, la verdad y el bien común parecen estar caducos, por lo general buscamos refugios espirituales para replantear el camino, para no dejarnos llevar por esta ola de barbaridades, saqueos y manifestaciones de enojo y malestar, que para colmo son entendibles —mas nunca justificables— por el mal gobierno que vivimos. Si gobernadores como los Duarte, los Moreira y otros tantos roban con descaro, con odio a México y están libres como muestra de la terrible impunidad que se vive en este país, ¿qué esperar de compatriotas que sin ética ni valores hacen lo mismo, pero a menor escala?

El cambio está en las manos de cada uno de nosotros, no esperemos que alguien más lo haga, así no funcionan las cosas. Nuestro compromiso con México debe empezar en casa. Me dan ganas de abrazar a mis hijos y decirles que el mundo puede cambiar, que está en nosotros mismos que nos duela más un niño sin comida o escuela, que un fuetazo a un caballo.

Mi refugio es la tauromaquia, sus valores, su arte y su verdad; refugiarme en ella no significa evadir la dura realidad de este complejo y solitario siglo XXI, donde la gente es “alguien” en el mundo virtual de las redes sociales, donde las personas ya no conversan, ahora chatean, donde 140 caracteres limitan las ideas y donde mirar a los ojos es casi un atrevimiento.

Yo me refugio en la ilusión durante la semana, de pensar en quién torea el domingo, si asistirá la gente a la plaza, si embestirán los toros, si están bien presentados, y si podremos soñar con la magia única e irrepetible de la faena idealizada. En conectar mi sentir y forma de entender la vida con las maneras y la expresión de un torero ante un toro, esa mágica unión del intérprete y el receptor de las emociones. En admirar al toro, estudiar su bravura, valorar la absoluta entrega a la convicción de embestir como principal instinto, disfrutar cuando un toro mete los riñones antes de comenzar una poderosa acometida con el morro abajo, con los belfos entre sus patas y la mirada enganchada en la templada muleta del torero que le reduce la velocidad, uniéndose cintura y barbilla en pecho al ritmo de la embestida, formando esa escultura efímera de dolorosa belleza que cala en el vientre y se desahoga en la garganta con un “olé” no pensado, sí sentido.

Me refugio en los valores del respeto a las jerarquías del toreo, donde el matador de mayor antigüedad entra primero al burladero, donde el orden tiene un porqué y las reglas no escritas prevalecen a través de cientos de años, donde un apretón de manos significa un acuerdo cabal, donde un matador va a la cabeza del caballo para resguardar al picador, donde al toro se le ama, se le respeta y venera.

Me refugio en admirar al hombre que vestido de seda y oro es capaz de ponerse frente al animal más bello y poderoso del mundo, para unir sus vidas durante unos minutos y luego separarlas ante la muerte de alguno de ellos con el objetivo de crear arte, de hacernos sentir vivos por las emociones que el cuerpo padece durante una faena soñada.

Cada toro tatúa en el corazón del torero un sentimiento, muchas veces incomprendido, o lo que es peor, ignorado por el público, como el sentimiento de poder expresar su alma a través del toreo, o la impotencia de no poder comprender y descifrar en fracciones de segundo las intenciones del toro, su forma de embestir y la frustración de saber que no se fue capaz. La dureza absoluta del toreo es muchas veces como la vida misma.

La vida y el toreo son muy parecidos; el trabajo, el sacrificio y la pasión por lo que se hace a través de una vocación, tarde o temprano traen frutos y satisfacciones.

2017 parece que será un toro complicado, hagámosle una faena con arte, con valor y con verdad. Si queremos un México mejor, seamos mejores mexicanos, y la vida (como el toreo) nos recompensará.

Twitter: @rafaelcue

*Columna escrita para el diario El Financiero, reproducida por voluntad del autor en Intelisport.

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